A Patricio Peñalver lo vi por primera vez en la cafetería “El Sur” en la época en que yo empecé a estudiar Empresariales en la universidad de Murcia. Ya me iba del local, cuando al pasar junto a la barra, un perro pastor alemán que dormitaba tranquilamente en el suelo, se levantó a mi paso y me atacó.
En un acto reflejo agarré al escritor, que en ese momento hablaba en la barra con unos amigos, y me escondí detrás de él. Estaba algo abochornada porque había sido brusca al colocar a aquel hombre delante de mi para que le mordiera a él y no a mí.
Bueno, pues no se molestó lo más mínimo; al contrario, con mucha calma, Patricio Peñalver, me preguntó si tenía gatos, que probablemente el perro había olido a algo de eso.
Y aunque no lo conozco personalmente y nunca he hablado con él, sí que lo he visto en tertulias, presentaciones de libros, o en el cante de las minas... The quiet man con barba revolucionaria en algún bar bebiendo agua de Espinardo y escribiendo en servilletas.
Hay otro Patricio Peñalver en Murcia que es profesor de filosofía en la la universidad. Y aunque el periodista es más alto y el filósofo más bajo, ambos tienen un aspecto parecido. Así que le he mandado un mensaje a mi amiga Mariplatónica que conoce a los dos preguntándole si guardan algún parentesco. Recibo un mensaje de voz de ella que me dice lo siguiente:
— No, no tienen nada que ver. Son parecidos y son así los dos: intelectuales, legendarios, de Murcia, pero no son familia.
El libro que reseño es una autobiografía escrita en tercera persona , por aquello de la omnisciencia y también, según el autor, para distanciarse de aquellos recuerdos, que por otra parte, le son recurrentes. Siempre que se dispone a escribir reaparecen los mismos episodios y no otros.
Es una biografía generacional que puede ser la tuya, la mía y la de aquél, y aunque la vida de cualquier persona tiene su propia y particular novela, hay puntos comunes, experiencias iguales entre individuos de la misma generación que conforman la misma experiencia vital.
Yo, por ejemplo, que soy algo más joven que el autor me sorprendo y me veo igual en mucha de las cosas que cuenta. La primera televisión que llegó al barrio que tenían unos vecinos y que los niños nos colábamos en su casa para verla, la torpeza para subir las escaleras del Corte Inglés, los pimientos despezonados en las lomas del secadero y su olor, el tío de la luz cuando llegaba para cobrar o el tío Saín que se comía a los niños.
.—Debe ser que somos de la misma clase social, es decir, que no somos señoritos de clase alta y por eso hemos estado influidos con las mismas propagandas e historias—dice mi maridito desde su sofá
A menudo me he preguntado cómo se fabrican las cosas más insólitas como las gomillas que sirven para sujetar el dinero o la lotería. Hay un programa de TV sobre esto que yo veo. El caso es que he tenido que leer la autobiografía de un escritor para enterarme. Es muy curioso porque, Patricio Peñalver, que ha tenido multitud de oficios y que también ha trabajado haciendo gomillas (vaya casualidad) nos lo cuenta. Y dice que para entender las teorías de la alienación del hombre y su explotación en la sociedad industrial sólo había que seguir el proceso de fabricación de aquellas gomas, y ver que el hombre es sólo un apéndice de la máquina.
—Es un guiño de Patricio Peñalver a la fabricación del alfiler que escribió Adam Smith en su “La Riqueza de las naciones”—me dice de nuevo mi maridito.
El texto de Peñalver está repleto de referencias literarias, obras, autores, y una banda sonora con canciones y textos. Al autor le gusta el flamenco, el cine, viajar en coche, escribir en las servilletas de los bares, el agua de Espinardo (cerveza), pasar tiempo en la estación del tren, leer el Quijote. Se declara cervantino. (Genial)
Peñalver se pregunta por qué escribe. Sobre esto, Alfredo Bryce Echenique decía que “escribo para que me quieran” . Sin embargo, el francés Michel Houellebecq me dijo una vez a mí que “eso no funcionaba”. Otra reflexión del autor es sobre la inspiración ante la página en blanco. A Juan Rulfo le preguntaron ¿por qué llevaba tantos años sin escribir nada? y contestó que se le murió el tío Celerino, que era el que le contaba las historias. Sin embargo, mi amigo García Soler (poeta) me contó que Rulfo había contestado otra cosa: “Parece que ya me van entrando ganas”.
Una autobiografía que conviene leer por reflejar una época que condicionó a toda una generación y que hay que reconocer que Patricio Peñalver tenía razón al escribirla, y que podría la tuya o la mía.
¿Qué era la vida? Gabriel García Márquez ya había escrito que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”













