Era tarde y no podía dormir, así que decidí subir al despacho y ponerme a leer “Castilla” de Azorin, un librito de 130 páginas que me había regalado mi marido y dejado en su estantería, como siempre hace. Según él, Azorín es uno de los tres grandes prosistas españoles en español de la Generación del 98 y de las posteriores—“los otros dos son Ramón J.(José) Sender,“Jota”como él dice, y Rafael García Serrano”.
A eso de las doce de la noche empiezo a leer sobre ferrocarriles. Un medio de transporte que en sus inicios aseguraban venía a revolucionar las relaciones humanas, también a Castilla. Y Azorín nos explica con detalle la construcción de la línea, de los túneles y viaductos y de los caminos de hierro (las vías del tren). Sigo leyendo sobre un tratado escrito en 1846 por el ingeniero escocés Robert Ritchie. Y luego otro, y otro más titulado…(no me acuerdo).
Azorín hace referencia también a periódicos como “La Gaceta”, que en 1845 publica la visita de cinco ingenieros ingleses encargados de trazar el ferrocarril de Bilbao a Madrid.
Continuo leyendo y me pregunto si de verdad ésta es una de las obras más representativas de Azorín. Y sobre todo ¿qué tiene ver con Castilla?
A eso de la una leo que en 1845 vino a España Jorge Stephenson, uno de los ingenieros ingleses más grandes del mundo moderno, para estudiar el terreno y construir un ferrocarril de España a Francia. Pues resulta que el gobierno español iba dándole largas a sus requerimientos, llegando incluso a invitarlos a una corrida de toros. Al final, aburridos y cansados, los ingenieros se marcharon de España y el ferrocarril no se construyó. Tampoco fueron a los toros. Rehusaron cortésmente a tal honor. Un senador español dijo que comunicar Francia con España por ferrocarril sería perjudicar la defensa del territorio, y que lo que había que hacer era subir la altura de los Pirineos.
Luego la cosa mejoró.
Azorín entremezcla en catorce capítulos, textos descriptivos, ensayo, y referencias literarias. Lo que se supone un libro de viajes, es en realidad un juego metaliterario que surge de otras lecturas. “Literatura de la literatura”.
El capítulo “la fragancia del vaso” lo construye a partir de la ilustre fregona de Cervantes, “Lo fatal” lo hace sobre el Lazarillo de Tormes.
Pero el cuento más completo y literario y el que más me ha gustado es el de “las nubes”. En él se contempla las nubes como el eterno retorno de Nietzsche; también con referencias a Campoamor, “las nubes son ideas que el viento ha condensado” “Vivir es ver pasar”; y a la casa solariega de Calixto y Melibea. No conocía la meditación budista, me apunta mi marido, pues lo habría dicho: para meditar se dice desde hace siglos “deja la mente en blanco y deja pasar una nube, otra nube…”.
En el capítulo titulado “En una ciudad y un balcón”, un hombre gris con barba afilada, catalejo en mano, observa desde un balcón la ciudad y los campos que la rodean. Aquí se produce un CAMBIO TEMPORAL, (Nuevo Mundo, Revolución Francesa, hasta la generación del 98) donde el espectador atemporal del balcón personifica el tiempo transcurrido.
Y el tren siempre de fondo en cada uno de los capítulos. Al final, según las estadísticas, España no estaba tan desfasada como podíamos creer. En 1864 nuestro país era el tercero en desarrollo ferroviario, por detrás de Inglaterra y Francia.
Para Azorín existe un arte, una paisaje, una raza a vigorizar, a hacer fuerte. Llama la atención la trayectoria política de Azorín desde una juventud inconformista hasta un firme conservadurismo ligado al político Antonio Maura. Apoyó el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, un pedagogo y liprepensador anarquista cuyo único delito fue crear la Escuela Moderna y al que acusaron de rebelión militar, señalándolo como el autor de la Semana Trágica de Barcelona. Fue un proceso sin garantías. Un chivo expiatorio para calmar a los sectores católicos y oligárquicos.
Sus últimas palabras:
¡Muchachos, apuntad bien! ¡Vosotros no tenéis la culpa! ¡Soy inocente! ¡Viva la Escuela Moderna!
Las de Azorín no me da la gana ponerlas. No era un Zola que digamos.
Azorín en la guerra civil española se exilió en París sin comprometerse con ninguno de los dos bandos. En 1939 regresó a España. Además cobarde.
¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.
La catedral era fina y elegante. Se perfilaban sus torres en el cielo limpio y azul; en los días de lluvia, los canes, dragones, lobos y hombrecillos corcovados de las gárgolas arrojaban por sus fauces un raudal de agua que bajaba formando un arco hasta chocar ruidosamente en el suelo.
A esta olmeda que se abre a la salida de la vieja ciudad no llega el rumor rítmico y ronco del oleaje; llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del mediodia, el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de una herrería. Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no contemplan el mar: ven la llanada de las mieses, miran sin verla la largura monótona de los surcos en los bancales. Estas viejecitas de luto, con sus manos pajizas,sarmentosas, no encienden cuando llega el crepúsculo una luz ante la imagen de una Virgen que vela por los que salen en las barcas; van por las callejas pinas y tortuosas a las novenas, miran al cielo en los días borrascosos y piden, juntando sus manos, no que se aplaquen las olas, sino que las nubes no despidan granizos asoladores.
Si hemos pasado en nuestra mocedad unos días venturosos, en que lo imprevisto y lo pintoresco nos encantaban, será inútil que queramos tornarlos a vivir. Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso.








