En
la ciudad de Nastola, al norte de Helsinki, un tipo gordo y alto
atraviesa con abrigo de pieles, puro en mano, aire solemne y andares
fascistas, el patio de un campo de concentración. Se para ante la
celda de un grupo de comunistas españoles capturados en la II Guerra
Mundial. Entra, y ante el asombro de los prisioneros les habla en
español. En el barracón se hace el silencio hasta que uno de ellos
lo reconoce: “Pero si es el conde de Foxá, el que escribió:
Madrid, de Corte a Checa”
Así
era Agustín de Foxá
el autor de este libro, escrito en el año 37, en plena guerra civil
española. Un fascista, sí, pero también un hombre inteligente y
cínico e imprevisible que haciendo uso de su estatus diplomático no
dudó en salvar la vida de un grupo de compatriotas sin importarle su
ideología.
La
novela está escrita desde el punto de vista del bando sublevado. Es
una obra a merced de la propaganda política falangista, un libelo
imbuido de la más pura tradición católica que justifica el golpe
de Estado previo a la guerra civil.
Pero
como una cosa no tiene que ver con la otra, Foxá es también un gran
escritor. De una gran capacidad literaria, estilo conciso, audaz en
la metáfora y en la ironía. De palabra rápida, ingeniosa,
ofensiva.
La
obra consta de tres partes: en la primera se relata el final de la
Dictadura de Primo de Rivera y el final de la Monarquía; en la
segunda, se proclama la II República; y por último, en la tercera
parte, la Guerra Civil Española.
El
protagonista es José Félix, un joven aristócrata con veleidades
revolucionarias, un hombre “tentado por los filmes rusos, la
pintura cubista de Picasso, nacido en el siglo de la deshumanización
del Arte, abandonando a Dios en la sordidez del Ateneo, a la novia en
los libros zoológicos de Freud y a la Patria en los Estatutos de
Ginebra”.
Pronto
José Félix se desengaña de la República. Todo es decadencia moral
y política: Los trabajadores son brutos y resentidos, los
intelectuales afines a la izquierda, mediocres y fracasados, y
suponen otra decepción para el protagonista; todo va encaminado a
una sociedad en la que acecha el comunismo. Por todo esto, y como
única forma de volver al orden y evitar el desmoronamiento de la
nación, José Félix se afilia a la Falange.
Hoy
como ayer, la falange de Foxá.
Hay
también una trama sentimental. El protagonista está enamorado de
Pilar. Pero ésta, obligada por sus padres, por la necesidad de
dinero pues su familia está arruinada, se casa con Miguel Solís, un
joven terrateniente con caudales, que tras la boda se nos revela
además como juerguista y mujeriego.
El
Madrid de las tertulias, de los cafés, es descrito como una gran
caricatura. En la segunda parte, durante la vigencia de la II
República, el estilo de Foxá es mordaz y grotesco. Recuerda a “las
máscaras del héroe”. O más bien al revés. La novela de Juan
Manuel de Prada recuerda a la de Foxá en estilo, en personajes, en
ese batiburrillo intelectual de la época. Personajes comunes como
Pedro Luis de Gálvez salen en ambas novelas. Y otros como, César
González Ruano, José Bergamín, y muchos de los intelectuales y
políticos de la época.
En
las tertulias que describe Foxá encontramos personajes singulares,
esperpénticos, como el médico-poeta que trataba de encontrar una
lente que devolviera la vista al ojo atrofiado que tenemos en el
occipucio. Relata, según él, el esnobismo intelectual simpatizante
con los comunistas; uno de ellos Alberti, al que califica de mal
poeta, cantando al cemento, las turbinas, el canal de Kiel o el
plan quinquenal.
Y
llegados a la Guerra Civil, Agustín de Foxá hace un relato
descarnado de la contienda, un estado de terror dentro del Madrid
sitiado donde cualquiera puede ser perseguido y fusilado a la menor
sospecha de pertenecer al bando sublevado. Ello, según Foxá,
propició venganzas personales. Olvida Foxá que los militares
sublevados fueron los que abrieron la caja de los males.
Hombre,
cada uno cuenta la historia según la ha vivido. Está claro que en
una guerra se cometen disparates por ambos lados. Pero lo que Foxá
cuenta es un horror. Relata, por ejemplo, la historia de los
marineros muertos por la república y echados al mar sin ningún
reparo. Lo que no cuenta es que la nave en la que iban estaba al
mando de la República y que los marineros se amotinaron como
terroristas contra la República.
Pero
hay un pasaje de la barbarie anticlerical que me ha impresionado. El
de los soldados fotografiándose orgullos con los esqueletos de las
monjas de un convento. Es cruel, desde luego. Y es real.
Ahora
bien, no cuenta Foxá, por ejemplo, las acciones de las tropas moras
en Badajoz traídas por Franco de África para defender a los
latifundistas españoles.
La
vida y la obra de Foxá y la experiencia demuestran que cuando hay
guerra lo mejor es escapar, si se puede, a un país neutral.
Era
el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Un
mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de Correos, de
abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación.
Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros
de los Gutierrez y González anónimos, cargados de hijos y de
envidia, paseando con sus mujeres gordas por el Parque del Oeste, de
los boticarios que hablan de la Humanidad con h mayúscula, de los
cafés lóbregos, de los archivos sin luz, de los opositores sin
novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en
Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni sport, que olían a
brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinos.
Todos
repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de
sus cátedras, las reflexiones de sus críticas, los comentarios de
sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero,
esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora
sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de
mundo.