LA CONJURA
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sábado, 28 de octubre de 2017

IMPOSIBLE PARA UNA SOLTERONA







Novela romántica de posguerra española. Tengo que reconocer que el título se las trae, que echa pa trás, como si una solterona fuese poco menos que un bicho raro, (era la época, supongo). A todo esto la solterona protagonista del libro tiene treinta y dos años. Y es que la palabra “solterona” es fea de narices, despectiva, hasta cruel.


Sin embargo, hoy en día se llenan los escaparates de las librerías con novelas de mujeres románticas sobre lo absurdo de la existencia romántica. No sé lo que es peor.




¡Una solterona de 32 años! ¡Virgen Santa! Ja ja... (Mi maridito confirma desde su sofá  que hasta hace cuarenta años superar poco más de los 18 años en una joven y no estar casada era una tragedia sólo remediable con el convento).


¿Y qué hago yo leyendo semejante novela ahora? Pues porque me gusta. Así, como lo oyen. Yo, de muy niña , leía estas novelitas. ¡Qué se le va a hacer!


El caso es que hace poco visitamos a unos amigos en Salamanca y me llevaron a una de esas librerías de lance, muy organizada, con las estanterías perfectamente informatizadas por materias, muy limpito todo (nada de montoneras de libros con ácaros),  de las mejores que he visto, y donde te puedes encontrar alguna que otra joyita que la gente desecha sin ningún miramiento. Antonio, por ejemplo, compró un libro desclasificado de Salvador de Madariaga, que coincidía con el que había llevado para regalárselo a Eduardo, amigo, gran liberal  español también. Pueden verla aquí, se llama Re-Read.




No digo yo que “Imposible para una solterona” sea un canónico, no no..., pero sí que es verdad que ya no se edita a La Linares. Y allí estaba, esperándome. Así que le dije a mi maridito que me lo comprara. Bueno, la verdad es que se ofreció él a comprarmelo antes de que yo le dijera nada, pues es muy romántico.


No es el mejor libro que he leído de ella, pero la Linares posee todavía la capacidad de envolver y mantener la ilusión en la historia que nos cuenta. Lo que más me gusta de sus libros no es su faceta amorosa  sino el sentido de aventura que tienen cada una de sus heroínas, y que se ha mantenido fresco e intacto a través del tiempo, y todo ello, aunque el relato sea rancio, tradicional en exceso. Me lo he leído en un plis plas, a la vez que  paseaba, entre prados y vacas, por los alrededores bucólicos de la casa de mis amigos, en Salamanca. He aquí unas fotos que hice.





Bueno, pues la Linares nos cuenta la historia de Gina (Regina) que trabaja como secretaria en una empresa, algo gordita, blanco de las burlas de sus compañeros de trabajo y cuya vida anodina la hace comer, comer y engordar, sin amigos, sin novio ni perspectivas. Se enamora de un joven médico nutricionista al que saluda todas las mañanas por la ventana de la oficina con la esperanza de que se fije en ella y, además, tiene un jefe, soltero y sin compromiso, aunque algo serio e inaccesible. ¿Con quién se quedará? ahhhhhh…….No diré el final.


De la vida de Luisa María Linares conozco poca cosa, tan sólo que se casó muy jovencita con un oficial de la marina que, poco tiempo después, fue ejecutado a bordo de un destructor. Para poder sacar a sus hijas adelante tuvo que dedicarse a la literatura, escribiendo más de treinta novelas.


Intuyo que la vida de Luisa María Linares sí que daría para un novelón.


Quisiera saber  por qué los seres humanos tenemos ese estúpido interés en contemplarnos, de exigir al cuerpo unos cánones imposibles.
En los instantes de pesimismo pienso que, como nos encontramos tan horribles por dentro, necesitamos convencernos de que al menos por fuera no se nos nota.


— ¿Píldoras contra la angustia…? — Parece que hoy día todo el mundo siente angustia vital. Temor a la vida. Terrores nocturnos. Emotividad excesiva. Indecisión de espíritu. Todo esto se puede curar si uno se lo propone. Ansiolíticos.


lunes, 25 de abril de 2016

ESTA SEMANA ME LLAMO CLEOPATRA

DE LUISA MARIA LINARES



Este es un libro rosa, cuando “rosa” no significaba algo cutre como hoy en día,  y  que leí hace mucho tiempo. Recuerdo de entonces aquellos libros de Luisa Mª Linares, y Enid Blyton, los comics de Zzipi y Zzape, Mortadelo y Filemón, el capitán Trueno, y sobre todo Rompetechos. ¡Qué se le va a hacer! No tenía yo los tutores de la familia Wittgenstein que me guiaran en otras lecturas…

Me acuerdo también de la caja de cartón de mi hermano donde guardaba sus novelas gráficas del Oeste y que yo le cogía para leerlas a escondidas. Novelas del oeste que son los únicos libros que, por cierto, terminó leyendo Ludwig Wittgenstein.  Con ellas aprendí a leer. Me gustaba mucho la sueca Pippi Langstrump, sin embargo la  austriaca Heidi, la veía demasiado “pavica” y “lacrimógena” y al italiano Marco un cansino insoportable buscando a su madre.



Hace unos días, coincidencia cósmica, mientras curioseábamos en una feria del libro viejo, encontré “Esta semana me llamo Cleopatra”. No quería comprarlo pues temía decepcionarme, como me pasó con las historias de Enid Blyton, que cuando volví a leerlas, ya de mayor, me parecieron demasiado clasistas.  Ni siquiera las merendolas a base de limonada y mermeladas me parecieron tan deliciosas como antes. La fantasía y la imaginación con que las recordaba se había esfumado.



Pero maridín insistió en que lo comprara.

Así que lo he vuelto a leer, aunque con cierta aprensión a los ácaros por ser un libro de Maricastaña. ¡Es lo que tiene el libro viejo! Y la verdad es que no me ha decepcionado; tampoco es que lo encuentre maravilloso, pero es aceptable, con ciertas ñoñeces (no muchas) y correctamente escrito.

Sus historias parten siempre del mismo patrón: heroínas jóvenes y guapas, ciertamente atractivas e inteligentes, que tras diversos avatares y malentendidos encuentran a ese ser maravilloso, que es un hombre inteligente, adinerado y sobre todo atractivo. La vieja historia de la mujer y el cuento del príncipe azul. Flaubert debidamente condimentado para la plebe.

Cleopatra, que así se llama la protagonista,  es en realidad, Anita Ocampo de Alvear, más conocida en su pueblo como “Anita la Revoltosa”. Al morir sus únicos parientes, marcha a Madrid con una echadora de cartas. La misma noche de su llegada a la capital es confundida con la adivina y es arrastrada por un joven al teatro donde conocerá a Jaime Oliver, el galán y actor de moda; que también se confunde y piensa que Anita es una malévola mujer-depredadora de hombres en busca del dinero de su hermano…

En resumidas cuentas, la chica se hace artista y dentro de la compañía de teatro viaja a Portugal:

Debajo de las alas de fieltro lucían los ojos más oscuros y penetrantes que me fuera dado ver nunca. No eran los ojos desafiantes y alegres de los andaluces. Éstos eran sombríos, dramáticos e implorantes. La palabra justa era ésta: implorantes.

El acento me resultaba grato, susurrante y me hizo sentir la impresión de que él y yo estábamos solos en aquel Chiado de las novelas de Eça de Queiroz.

Pero Anita, lectora de los poemas de Paul Geraldy, es en el fondo una chica tímida y muy romántica a la que, todavía,  nadie ha besado. Escondida en “la guarida del solterón” por el propio Oliver con el fin de que no coincida con su hermano, conoce allí a un torero, a un millonario y a un marqués, y, como ha de ser, todos ellos caen rendidos a sus pies.

Si tu m’aimais
Et je t’aimais,
Comme je t’aimerais…!

Miré el cielo azul, el rio y la tierra, con sus peñascos grises unidos por el musgo y los helechos, sus setos tachonados de flores silvestres y sus innumerables hojas tiernas que brotaban por todas partes.

Estaba segura de que quedarían grabadas en mi memoria algunas imágenes que formarían desordenado conglomerado paquetes de recuerdos como instantáneas tomadas al sol y mezcladas sin orden ni concierto…La camisa azul…, las rocas…, las truchas…, el olor a café…, el cigarrillo que él me había dado…, las cañas…, la rama de sauce mordisqueada…, el calor, el perfume acre de la hierba y el rumor del agua batiendo en los peñascos.

El Normandie se había refugiado en el puerto de sus pensamientos. Hubiera querido hacer un abordaje para descubrir lo que pasaba por su imaginación. Oliver era una persona “terriblemente hacia adentro”. De vez en cuando permitía que alguien se asomase a mirar un poco…, pero sólo un poco. Luego se envolvía en el silencio, como una tortuga en su caparazón. Debía de ser su sistema de autodefensa ante las exigencias del público.
Seguimos callados.

Pero el silencio también puede ser conversación.