LA CONJURA
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martes, 11 de agosto de 2020

EL TIEMPO ENTRE ARMARIOS


Después de una mañana entera ordenando PAPELES he encontrado lo siguiente:

 Unos versos de mi maridito.

Si bien suele escribir poesía, éstos, en concreto, eran especiales para mí. Recuerdo perfectamente cuando los escribió. Estábamos en un restaurante, de estos populares de menús. Parecía triste. Mientras esperábamos al camarero, escribió los siguientes versos en el papel del mantel de nuestra mesa.  

 

Estos versos desaparecerán
al limpiar la mesa
¿Por qué continuarlos?

 

Entonces intervine yo, con lo que creí en ese momento ganarle la partida al tiempo y al olvido.  Recorté el poema y lo guardé.

 —Ya no desaparecerán.

Pero sí que desaparecieron perdidos en algún cajón de casa, mezclado entre otros muchos papeles, y eso que llevé ese poema muchos años guardado en mi monedero.

 

Bar Bernardo

 

Un post-it con un número de teléfono. El de un bar en el campo de Almería que hacía las mejoras migas de la comarca. Por aquella época trabajaba con Mari Platónica. Le dije que se viniera a comer pero ella  tenía que corregir cantidad de exámenes. 

 

—Cuando pase el tiempo—le dije—no recordarás ninguno de esos exámenes, sin embargo, si te vienes, quedará en tu memoria este día de migas.

 —Pues tienes razón—me dijo. Y nos fuimos a comer.

No sé si Mari Platónica recordará el bar. Yo apenas me acuerdo de un local sobrio, algo oscuro, que contaba con lo fundamental: una barra y unas cuantas mesas con manteles de plástico. Pero lo que no he olvidado fue esa conversación que mantuvimos  sentadas en un banco que había a la puerta de la sala de profesores.

Las migas estuvieron muy buenas, para mí deliciosas, la dueña del bar y también cocinera nos ofreció muy amablemente tomate y pimientos secos para acompañarlas.

 

Versos para Fosky

 

Mi gata se llamaba Fosca y su hermana Boria, los dos nombres significan lo mismo: niebla. Mi querida Fosky murió en mis brazos. A las dos las llevo en mi corazón.

Duerme Fosky
en tus brazos
duerme
y al verte llorar
lloraba
 


Un laurel

 

La hoja de un laurel que regalé a Águeda para su parterre. Le pusimos de nombre Chomsky por el lingüista y anarquista.  Guardo un recuerdo de aquél arbusto porque fue el primer regalo que le hice a Águeda cuando se compró su casa. Formaba parte de su jardín junto a otros árboles y varias tortugas moras que se escondían entre sus raíces. Hace poco le pregunté por el laurel y ya no lo tiene; por eso cuando vi la hoja olvidada en un cajón y que una vez, hace ya tiempo cogí del árbol,  la rescaté, como parte del pasado diluido en el tiempo. 


 

Una factura

 

Si mi padre hubiese tenido la oportunidad de estudiar habría hecho Geografía con total seguridad. Le encantaba saber de países, continentes, ciudades, provincias o caminos diversos… Por eso le regalé una bola de mundo que repasaba en sus ratos de ocio. Ya era mayor cuando se la compré.  Estaba jubilado. La señora de la papelería me dijo que era un buen regalo para un niño. Sí de ochenta años le contesté. Todos los días me acuerdo de él.

 


Un mechón de pelo

 

De Fox. Nuestro querido perro. Te echamos de menos. Todavía no hace un año.



 

 

 

        

sábado, 15 de febrero de 2020

LA IMPORTANCIA DE LA ASPIRINA





Desde que conozco a mi maridito, y hace ya algunas décadas, nunca lo he visto tomar aspirina; se aleja de este medicamento como alma que lleva el diablo, “vade retro”. Es que ni siquiera permite tocarla y si un paquetito del famoso fármaco de la Bayer osa acercarse, se convierte en un perturbado, loco, agitadísimo, gritando, como un verdadero poseído del Medievo español. HOMBRE DE CARÁCTER FUERTE.


La razón es que era alérgico. Decía que le salían unas manchas moradas en las manos. Una vez me las enseñó y todo, y yo creí  verlas, no sé…


Sin embargo, yo pertenezco al reducido club de la aspirina, del ácido acetilsalicílico, ya quedamos pocos, así que cuando estoy enferma y tengo que tomar un analgésico no recurro al ibuprofeno, ni al paracetamol, me voy directamente a la aspirina. 


Aunque últimamente estoy fallando y empiezo a tomar paracetamol.


Viernes noche en el hospital. Rodeado de aparatos, cables, monitores, enfermeros, enfermeras, médicos, mi maridito acababa de sufrir un infarto grave, gravísimo. Me permitieron verlo unos instantes en la UCI, yo estaba ausente, perpleja, las circunstancias me sobrepasaban y un orfidal bajo la lengua hacía sus efectos. Mientras tanto, una enfermera delgada, bajita y muy joven—los médicos y enfermeros ya no son personas mayores como lo eran antes—me preguntaba por su historial médico, sus operaciones, sus pulmones, cualquier cosa que debieran saber, importante para el tratamiento. La enfermera insistió en su alergia a la aspirina, decía que era fundamental en estos casos..

— ¿Alguna vez se hizo una prueba de alergia?—me preguntó  

—Pues no, la verdad—le respondí haciendo esfuerzos para concentrarme—creo que nunca se hizo pruebas y siempre he tenido mis dudas. 


Al día siguiente, mi maridito continuaba en la UCI inconsciente, pero gracias a Dios evolucionaba favorablemente. Poco a poco se dice en estos casos. Tras hacerle análisis,  los médicos dijeron que no era alérgico a la aspirina. ATENCIÓN, que NO era alérgico. En la UCI son muy eficientes, hacen todo tipo de pruebas, a cualquier hora. Estábamos en el hospital de referencia, motor de la medicina contemporánea de la región.
Cuando mi maridito se despertó del coma, lo primero que hizo fue ejercicios de lógica, a ver si su cerebro funcionaba correctamente o estaba dañado. Hombre noble y aristocrático. Horas después entramos nosotros, sus familiares. Él sólo acertaba a decir con la voz ronca por efecto todavía de la intubación: “Milagro” “HA SIDO UN MILAGRO”. Le llevé una libretita pequeña y un bolígrafo, y el primer libro que encontré—de Vargas Llosa—, “TIEMPOS RECIOS”, en una papelería cercana al hospital, para que se entretuviese mientras estuviese en la UCI. Luego, más tarde, leí que puso:

“Hace quince días murió mi perro Fox, y ahora casi muero yo”
“El corazón tiene razones que sólo los cardiólogos entienden”


No tardé en decírselo. Estaba siendo tratado con Adiro—acido acetilsalicílico— y todavía hoy sigue tomándoselo, entre otros fármacos.  El caso es que se lo dije: “no tienes alergia a la aspira, la puedes tomar sin problemas”, a lo que él me contestó: 


—Otra mentira más de este mundo confundido y repleto de falsedades.










domingo, 18 de agosto de 2019

LISBOA



A Lisboa hay que entrar como Dios o como Pessoa manda. Esto es, por mar, adentrarse, si se puede, por las aguas grises y neblinosas del estuario del Tajo, y si no por el Puente 25 de Abril, a la altura de lo alto del mástil de la nave y gritar:
¡Albricias, señores!, ¡albricias pido y albricias merezco!, ¡Tierra, tierra! Aunque mejor diría: ¡cielo, cielo!, porque sin duda estamos en el paraje de la famosa Lisboa”. Cervantes.





Aunque ahora hay otro puente, dicen que el más largo del mundo con sus diecisiete kilómetros, el PUENTE Vasco de Gama, porque aquí todo gira en torno al navegante real Vasco de Gama ( cantado por el soldado poeta Luis de Camoes) , y cumplidor de los planes portugueses  de Enrique , conocido por el navegante, pero que en realidad no fue a la India. En Portugal todos los niños aprenden los primeros versos de Os lusiadas de Camoes:



As armas e os barões assinalados 
Que, da ocidental praia lusitana,

Por mares nunca de antes navegados 

Passaram ainda além da Taprobana,
Em perigos e guerras esforçados
Mais do que prometia a força humana
E entre gente remota edificaram 
Novo reino, que tanto sublimaram.

— Os Lusíadas, Canto I, estrofe 1






   
Las armas y varones distinguidos, 
Que de Occidente y playa Lusitana
Por mares hasta allí desconocidos,
Pasaron más allá de Taprobana;
Y en peligros y guerra, más sufridos
De lo que prometía fuerza humana,
Entre remota gente, edificaron
Nuevo reino, que tanto sublimaron:


Pessoa, ya en los años `20 del siglo XX.  recomendaba llegar a Lisboa por mar en una guía de viajes que escribió sobre la ciudad. Guía que compré para MP a las doce de la noche en una librería aún abierta a esa hora en el Chiado. Y Del puente, o mejor dicho, de los puentes no dice nada Pessoa, se construyeron después de su muerte y a pesar de saber de estrellas y magia no pudo adivinarlo.

Y es que en esta ciudad y país son tres los nombres de personajes insignes que siempre se oyen: Vasco de Gama, Pessoa, y Luis de Cãmoes. Bueno, y también la gran Amalia Rodriguez. Los tres primeros están enterrados en el Monasterio de los Jerónimos y Amalia Rodriguez en el Panteón nacional—la famosa cúpula blanca de Alfama. En un principio también estaba la tumba del dictador Salazar, pero lo trasladaron de allí para que  Amalia pudiera estar libre de política. En España Franco sigue en el Valle, no de Escombreras, sino en el de los Caídos.
Los lisboetas son tozudos y enamoradizos y puede que en ello tenga algo que ver su idioma tan sonoro lleno de vocales que lo hace idóneo para enamorar. Ya lo comprobé en mi primer viaje , luna de miel.  y ahora lo ratifico. A veces con malas pulgas, pero gente noble el portugués - aquí el añadir  el calificativo "portugués" convierte a cualquier cosa en "divina", así la casa es más que una casa cuando le añades "la casa portuguesa". 

En las inmediaciones del Monasterio de los Jerónimos tuve que enseñarle la wikipedia a un trabajador del Museo del conjunto artístico de Belén que me negaba tajantemente que Pessoa estuviese enterrado allí. Me miraba con cara de asombro, discutiendo, enfadado. Cosa comprensible pues estaba estresado con los turistas y el mal funcionamiento del robot que daba las entradas- se está robotizando todo en el mundo y eso es peligroso-.

Si, por otro lado,  se te ocurre cruzar una calle fuera del paso de peatones por un lugar no habilitado para ello, o con el semáforo en rojo, el taxista de turno te increpa, aunque no entorpezcas el tráfico, ni suponga riesgo, y la calle esté desierta y sólo pases tú en ese momento y el taxista esté a más de cincuenta metros, da igual, te pitan y jalean con las manos. A mí me pasó. Me volví y le pedí perdón con las manos extendidas en señal de oración, bajando humildemente la cabeza. Creo que me perdonó. En fin, que las normas de de buena navegación han de respetarse siempre, de lo contrario, no se puede llegar a buen puerto.
A pesar de que procedemos de pueblos navegantes, hay mucha diferencia con nosotros, los españoles del Mediterráneo. En Sevilla, por ejemplo— días antes de llegar a Lisboa— paseamos en un carruaje de caballos. Ya lo sé, eso es demasiado turista, o de paleto provinciano que va de viaje de novios, pero es lo que soy, una turista monda y lironda o como mucho una viajera pero no una periodista del National Geographic haciendo un documental etnológico.
Pues eso, contratamos un coche de caballos. La yegua se llamaba Juanica—sin duda, uno de los seres más nobles y listos de todo el viaje— y el cochero no lo sé, ni falta que me hacía. Era un mozo alto y entrado en carnes, o sea, gordo, agradable por imperativo laboral, que mientras conducía miraba todo el tiempo el móvil, por lo que la única que sabía por dónde íbamos era Juanica, y sólo de vez en cuando, el cochero nos contaba algo sobre los monumentos que veíamos: “Éste es el Ficus americano del jardín de María Luísa” y cosas por el estilo Eso sí, como controlaba muy bien el móvil, cuando llegamos a la plaza de España nos hizo una estupenda foto panorámica.


El caso es que al volver, un hombre que iba por la acera le increpó a nuestro conductor. Le dijo que no podía conducir e ir con el móvil al mismo tiempo; entonces, éste le gritó sin cortarse un pelo:
  • ¿Y tú quién eres? ¿Acaso eres policía? Anda y vete a tu casa, que tu mujer te estará poniendo los cuernos, gilipollas.
Para mí que, a los portugueses, España les es indiferente, no sé… apenas se les ve por aquí, por el litoral Mediterráneo. Yo creo que para ellos el Mediterráneo y sus aguas transparentes y tranquilas son una mariconada y lo que a ellos les va es la bravura gris del océano. Además de que como país de referencia siempre tienen a su adorada Inglaterra y a sus islas, y a Brasil, a Mozambique …etc.
Y luego están los fados. Esos cantos con saudade, como ellos dicen. Hace veinticinco años estuvimos, siguiendo el consejo del actor portugués Joaquim Almeida, en Mascote de Atalaia. Un local grande y destartalado con largos tablones por mesa, allí se reunían los aficionados al fado para cantar. Después de cada intervención, siempre espontáneas y amateur, discutían sobre esto y lo otro, la calidad, la música de cada fado. Era el único sitio donde poder ver fados fuera del circuito comercial.
Volvimos. El local ahora es más pequeño, transformado para cenar y escuchar música, orientado al turismo pero con la misma calidad de antes. Nos costó trabajo encontrarlo porque ahora todo el barrio Alto está lleno de garitos en los que se puede escuchar fados, pero lo conseguimos después de subir la enésima cuesta, pues Lisboa está entre siete colinas.

No puede evitar el viajero enamorado, español, al escuchar la música portuguesa, establecer un paralelismo con el flamenco. Ambas músicas requieren para disfrutarlas dedicación, pasión, y esfuerzo, las dos nos obligan a pensar desde abajo y no desde arriba (J.M. Hernández), música de parias y desheredados, de marineros, obreros, ¿bohemios?…Al contrario de lo que dice Félix Grande es música que aspira a ser poema y no al revés.
Pero mientras que el fado es sentimiento romántico, estiloso y fino; el flamenco se convierte en arrebato, a veces furia incontenida. Ellos cantan de pie con las manos en los bolsillos, nosotros sentados con el quejío y los puños abiertos y cara desencajada. Pero ambos, como dice José Martínez Hernández, filósofo y flamencólogo, son bienes de primera necesidad para vivir con dignidad.
UNA LÁGRIMA
Llena de penas
Llena de penas me acuesto
Y con más penas
Con más penas me levanto




Si yo supiera
Si yo supiera que muriendo
Tú me habrías
Tú me habrías de llorar
Por una lágrima
Por uma lágrima tuya
De alegría
Me dejaría matar


Dice  mi maridito, también filósofo y flamencólogo,  que la Soleá bien puede venir de la Saudade portuguesa del fado, que son fuente del cante hondo del flamenco y  de forma objetiva y no subjetiva.

El caso es que durante los tres días que estuvimos en Lisboa conocimos a gente diversa y hasta invitamos a nuestra ciudad a tres personas de diferentes nacionalidades. A una por noche, así es Lisboa, cosa que muy pocas ciudades tiene. La primera fue cuando tomábamos una copa de oporto al atardecer, en el mirador ( Miradouro) de San Pedro de Alcántara. Sentada a nuestro lado- ella vino después, dice mi marido- en una hamaca leyendo un libro estaba Elizabeth, una norteamericana que viajaba sola. Muy guapa. Guapísima. Me recordaba a Kathleen Turner en sus mejores tiempos. Hablamos de literatura norteamericana, de Sevilla, de las tesis de las tesis de Nancy… 

La segunda noche, ya para cuando regresábamos al hotel, nos montamos en un tuk tuk, y muy de noche recorrimos Alfama, sus miradores, sus casas, sus iglesias y su historia. Nos guiaba Daniel, un italiano que ha viajado por casi todo el mundo.


La tercera noche coincidimos con unos turistas de Marchena en Mascote de Atalaia. Dos profesores, una ama de casa y un conductor del AVE. Hablamos de flamenco, de Fosforito, del cante de las Minas, de Marchena y Cazalla,  del partido comunista portugués , etc... Y emocionados por el fado mi marido predijo algo sobre la unidad de Portugal y España puede ser la solución ....

Bueno, pues así han sido los tres días y noches de amor en Lisboa. Una ciudad privilegiada, de luz y amor, de saudade y estupenda, romántica, decadente y moderna, pequeña y hermosa, de casitas portuguesas con tejados a dos aguas. El tajo y el mar océano, la Revolución de los Claveles que en España no pudo ser... Una maravilla, y está aquí al lado. Portugal era España desde 1580 a 1640, es decir, durante la vida adulta de Cervantes,  como me recuerda una y otra vez  mi maridito en este viaje, pero eso ya es otra historia... 







sábado, 13 de abril de 2019

El HULE


Mi amiga está enferma. El otro día hablando con ella por teléfono me dijo, que desde hace un tiempo tiene percepciones diferentes, una luz más nítida como cuando era una niña, y colores más vivos e intensos. Me dice riendo a carcajadas, pues siempre está riendo, que debe ser por la medicación. Lo cierto es que no recuerdo ni un solo momento con ella sin que haya reído. Y aunque han pasado más de treinta años, sigue igual, incluso el día que me llamó para decirme que estaba enferma, o cuando relataba la dolorosa punción que le hicieron en la columna.

—Cuando entré en la sala de operaciones oigo a los enfermeros decir:”Con ésta hay que tener cuidado que es más joven”. Yo pensé ¿qué me irán a hacer? Luego, cuando me hincaron aquello, era tan doloroso que lloraba y reía al mismo tiempo. Los pobres enfermeros me tenían que dar la vuelta y yo les decía: Venga, no os preocupéis que yo os ayudo a darme la vuelta. Ja, ja, ja.

Hoy es su santo. Pero nunca lo ha celebrado porque no le gusta llamarse Dolores. Mira por dónde eso no le hace gracia. Sobrevive con 400 euros al mes, tiene un móvil de hace veinte años, no tiene ordenador, ni internet, ni wifi. Por supuesto ni Netflix, ni HBO, ni historias de ese tipo. Este año no verá supervivientes porque sale en la cabecera del programa un bicho que le aterroriza, sin embargo me recomienda un programa  en uno de esos canales marginales que nadie ve en la TV sobre una familia de enanos y sus peripecias.

Necesita ir a los servicios sociales para solicitar una asistenta que le ayude en las tareas diarias. Su hija no puede,  vive lejos, en otra comunidad. Ahora ha venido a verla y  le dice que no se ría tanto, que cuando vaya a pedir ayuda a los servicios sociales no la van a creer.  Entonces ella se ríe aún más con esa risa tan contagiosa de perro pulgoso de dibujos animados. Pero la ayuda no llega. Son muchos papeles, demasiada burocracia.




Contadas veces sale de casa, no puede, tiene las manos y los pies heridos y le duelen. Sin embargo cada acto mínimo en su vida cotidiana lo convierte en una gran aventura.

—Mira Nico, ayer me armé de valor y salí a comprar un mantelito de hule para mi mesa de camilla porque el que tengo está muy desgastado y feo. Así que fui a una tienda que hay en el centro. El hombre de la tienda me enseñó los que tenía, con dibujos y colores muy bonicos. Me gustó uno de margaritas amarillas  y cielo azul y le dije que me cortara un metro. Al rato,  cuando el hombre estaba cortando,  me fijé mejor en los dibujos, y entonces me di cuenta que no eran margaritas sino un dibujo de Bob Esponja. JA JA JA. La verdad es que el vendedor se portó muy bien y me dijo que si no quería que no me lo llevara, pero yo le dije que sí, que ya que lo había cortado me lo llevaba. JA, JA, JA.

Podría contar tantas anécdotas suyas…



La risa es el arma del pueblo contra la superficialidad y lo absurdo de la vida en general. Me imagino cómo se reirá cuando le digan que la luna tiene otra cara oculta que nunca se ve y que el sol no quema pues no es fuego. Gases y Helio con mucha luz.





sábado, 21 de abril de 2018

CUENTO





DE GATO A TORTUGA

Águeda era rubia, de estatura media y cuerpo atlético. A veces miro su Facebook, pero sólo encuentro la fotografía de una tortuga en su perfil. Supongo que será la misma que comía las hojas del laurel Chomsky que le regalé para su jardín, por aquello de que viven tantos años. No se ven eventos. No hay cenas, ni familia, ni amigos, sólo partidos de bádminton que es el deporte que practica.

Hace diez años que no sé nada de ella. Cosas del azar o del destino, según se mire.

Es curioso, pero últimamente me pregunto con frecuencia si el azar existe o si, por el contrario, la existencia es predecible y no responde a acontecimientos cuyas causas desconocemos. Para mí es cómo aquel mensaje de Facebook que envié a mi querida amiga Águeda y que quedó suspendido en el nirvana tecnológico, alojado en un rincón de la memoria, olvidado durante años, sin responder. Fue un hecho decisivo en mi accidental historia con ella. De gato a tortuga.

Pero empecemos desde el principio.

Andaba yo sumida el otro día en mis pensamientos del orden de avituallamiento del frigorífico y sus diversas variantes, como necesidades de leche desnatada o semidesnatada, fruta, verdura; otras veces pienso en mi trabajo o en mi familia; aunque, a veces, me permito pensamientos de carácter más elevado, como la literatura y la música, y otras muchas, pienso en Águeda, qué estará haciendo en este momento, cómo le irá y si la volveré a ver. ¿Se acordará ella de mí como yo lo hago de ella? En fin esas cosas. Es un pensamiento recurrente porque la echo de menos, así que decidí sentarme en una terraza y  tomar un café con un periódico y descansar del mundo y de  mí misma.


Al releer el párrafo anterior, cosa que hago muy a menudo cuando escribo, me he acordado que a veces también pienso en el problema de Orwell, en la separación real de poderes, o en la diferencia entre epistemología y ontología, esto último siempre sin éxito. Me hago el propósito de preguntarle la diferencia a Mariplatónica, otra amiga, que se explica muy bien a pesar de ser filósofa. Aquí lo dejo escrito y prosigo con mi narración.

Tenía dos opciones para tomar café en la ciudad de Cartagena, ir a Mr. Witt, o a la Satisfecha. Las dos cafeterías cumplen mis expectativas por razones diferentes. El azar quiso que en ese momento estuviera más cerca de la primera que de la segunda, por lo que allí me dirigí. Mr. Witt, es una cafetería legendaria en CT, cuenta con un ambiente culto, agradable, buen café y mejores cervezas, y lo que la hace muy importante es que en ella se celebra gran parte de eventos culturales de la ciudad: presentaciones de libros, conciertos de cantautores de moda, algún que otro evento del folclore popular.  Sin embargo no hay menú ni tapas, ni falta que le hace, no es su nicho de mercado como suele decirse en mercadotecnia, algo pasado de  moda, según mi maridito, defensor del mercado.

Me senté en un rincón que simula ser una biblioteca y le pedí a la camarera un café con leche y una magdalena y el periódico. Me sorprendió la rapidez con que la camarera trajo el café; sin embargo, no era del todo de mi agrado, no era lo que se dice una camarera dispuesta, no se desvivía por servirme, y tuve que recordarle, a mi pesar porque estas cosas me hacen sentir muy incómoda, que faltaba el azúcar. Hay que especificar las cosas bien a los camareros, el personal está en su mundo. Al cabo, vino el azúcar en forma de sobrecitos blancos y alargados. Cuando lo abrí me di cuenta de que eran de esos que llevan un mensaje vital por el reverso y en éste se podía leer lo siguiente: El hombre tiene mil planes para sí mismo.” El azar, sólo uno para cada hombre. Mencio”

Como nunca me fio de las afirmaciones del sector azucarero, habida cuenta de los antecedentes sospechosos de esta industria, y menos de sus asesores filosóficos, si es que los tiene, consulté en el Google si efectivamente la frase anterior es de Mencio. Y así es. Lo apunto en la carpeta literaria del bloc de notas del iphone, contenta, por aprender algo tan de mañana. Mi maridito ya me dijo que era una frase “demencial” “cosas suyas “, me dije, como siempre.

Se me viene a la memoria que Águeda nunca tomaba azúcar sino sacarina.  Te lo servía en una bandeja, porque ella era/es mucho de llevarte el cafetito al sofá con sacarina y azúcar, a elegir, y las servilletitas de papel amontonadas y esquinadas. Y luego te preguntaba si estabas cómoda, te animaba a que alzaras los pies al sofá o a la mesita  y te tumbaras y echaras un sueñecito con toda la confianza. Era difícil estar incómoda en su presencia.

Me tomé el café mientras leía el periódico. Como viene siendo habitual, abrí primero las páginas culturales, dejando la política para lo último. Esto sucede después de la última decepción gubernamental, cosa que ocurre cada cuatro años. Estoy convencida que será el arte y la literatura lo que nos salvará y no la política.  Así que me dispuse a leer un listado de recomendaciones de libros para el próximo año. Entre libros de literatura, biografías y algún que otro ensayo, descubrí un libro cuyo título me llamó la atención: “Las escritoras fragmentarias”.

Venía firmado por las iniciales: A. G. F-H. Tenía que ser Águeda. ¿Quién si no con ese título y esas iniciales? Yo no creo en las casualidades. Tampoco es que crea demasiado en la predestinación. Porque creer en la predestinación significa estar sujeto a unas leyes universales, por otro lado y por qué no decirlo, también injustas; que violan nuestro libre albedrío. Así que no sabía cómo denominar aquello. Había un componente que me costaba definir.

¡Pero la gran revelación era Águeda como escritora! Cuando trabajábamos en Almería, nos hacíamos llamar el comando de las escritoras fragmentarias. Ella veloz como un felino, yo lenta como una tortuga, pero ambas aficionadas y fragmentarias. De gato a tortuga. Desde entonces fuimos irremediablemente amigas. Yo escribía sin interés alguno, cuentos, poesía; sin embargo, ella, en estos últimos años, se había lanzado al difícil mundo del  mercado literario, lo cual, me producía una mezcla de alegría y extrañeza. Mi amiga era escritora. De éxito. Pero ¿quién sería su público?- “No importa”, respondió mi marido cuando se lo conté.

Le pedí la cuenta a la camarera y me fui.   Al salir me fijé en el tablón de anuncios que hay justo en la entrada del café, entonces lo vi, anunciaban la presentación del libro de Águeda, en Mr. Witt, esa misma noche. A las 21:00 horas.

Me pasé el resto del día nerviosa, excitada, tan pronto estaba feliz y segura de que todo iba a ir bien que  luego las dudas me ensombrecían la voluntad. A lo mejor yo creía que era mi amiga pero ella no, y se limitaba a saludarme como una antigua conocida, sin más. La amistad, como el amor, requiere dedicación y exclusividad ¿Y si yo le era indiferente? Eso me dolería. No era de extrañar, habían pasado muchos años y la gente cambia.  Sin embargo tenía que ir. Establecí mi plan: a las seis de la tarde asistiría a clase de flamenco, en el Pikú, y a las nueve saldría para Mr. Witt. La distancia entre los dos bares es muy corta, apenas cinco o diez minutos andando por la calle del Carmen.

Águeda no sabe que ahora canto flamenco. Desconoce esta afición mía. Se lo diré, se lo diré en cuanto la vea, si es que me habla. Si es que hablamos…

Esa noche en la clase de flamenco,  el maestro Rampa me hizo cantar una seguiriya, cuya letra decía: “Ay, loquita me llaman porque voy riendo, soy de las pocas que a este mundo embustero yo voy comprendiendo”  Mientras la cantaba pensé que le gustaría esa letra tan rotunda y sencilla a la vez. Una gran fragmentaria sabe apreciar los momentos intensos y cortos. En cierta ocasión estando en su casa me invitó a ver el infinito. Otro momento intenso. Me llevó al cuarto de baño, el que estaba en la planta baja junto a la cocina, para mostrarme el juego de espejos. Uno tras otro se mostraba el reflejo de ambas sin fin. Lo cuento aquí porque fue una anécdota que desvela mucho su carácter.

Me acuerdo también de la hermana de Águeda, de su asombro cuando descubrió que el pan se podía congelar, de su tía, la italiana, a su madre cuidándola cuando tuvo pulmonía, una tarde en su coche haciéndome confidencias, una botella de butano, rapidez, sus cajitas en el lavabo repletas de maquillaje, peines y cremas...

Yo canto fatal. No sé ni cómo me atrevo a venir a cante flamenco, todavía no me lo explico.  A decir verdad, no canto seguiriyas como dije antes sino fandangos, de los más sencillos. Aún así, al guitarrista le cuesta seguirme, salgo de compás, no afino, en fin un desastre, para qué contar,  pero hay que reconocer que tengo alma flamenca, aunque eso no baste y soy un tanto graciosa. Rampa me ayuda y canta conmigo. Anoche, sorprendentemente, canté mejor que nunca. Yo siempre digo que los fandangos son menos hondos pero dicen más. Son más rápidos y más fragmentarios.

A las nueve en punto estaba ya en Mr Witt. El local estaba repleto de gente. Pude ver al fondo una mesa con micrófonos que habían dispuesto sobre la tarima, en la que estaban sentados Águeda y su editor Ramón. Yo no pude sentarme así que me coloqué de pie detrás de una columna. Empezó el acto con la introducción del editor. Habló fundamentalmente  de la calidad de su obra y de los proyectos de futuro. Era un tipo agradable, hablaba despacio pero sin pausa, con un discurso elegante y hondo. Como una soleá por bulerías. Acto seguido  le llegó el turno a la escritora, o sea, a mi amiga. Entró rápida, como es ella; los años le habían dado todavía más rapidez, más seguridad. Estuvo más que correcta, fue original, culta y nada pretenciosa. La gente estaba entusiasmada, y yo también, lo confieso.  Luego llegó el turno de las preguntas. Le preguntaron por el título. Y lo explico, lo explicó muy bien, salvo que en esa explicación no estaba yo. Me fui antes de que acabara el evento. Compré su libro en un puestecito que pusieron al efecto en el propio café y no esperé al final de la presentación  ni quise que me lo firmara.

Ya en casa, lo hojee. Constaba de unos veinte cuentos. Me llamó la atención algunos títulos: “El infinito y el baño” “La tortuga, Zenón y Gladiator”, y sobre todo el último: “Faralay a la Nivolosa” y su dedicatoria que decía, “con un beso”. Inmediatamente lo leí. Era yo en mis clases de flamenco. ¿Cómo es posible que lo supiera? Salíamos retratados todos, el maestro, los guitarristas,  los alumnos, la camarera del bar, yo con mis indecisiones...

No podía creerlo. De pronto, me parecía que el destino era un dron que me sobrevolaba. Que hay que creer en el destino. ¿Acaso no constituye un acto de soberbia por nuestra parte negar el destino, convertirnos, pues, en acérrimos partidarios del azar?  Que el azar, el destino y el carácter son precisamente las claves que determinan mi historia con Águeda. Pues así lo afirmaba Dilthey “la vida es una extraña mezcla de azar, destino y carácter”.

Inmediatamente inicié el Facebook. Abrí la imagen de mi gato y le escribí un mensaje a su tortuga.