Después de una mañana entera ordenando PAPELES he encontrado lo
siguiente:
Unos versos de mi
maridito.
Si bien suele escribir poesía, éstos, en concreto, eran
especiales para mí. Recuerdo perfectamente cuando los escribió. Estábamos en un
restaurante, de estos populares de menús. Parecía triste. Mientras
esperábamos al camarero, escribió los siguientes versos en el
papel del mantel denuestra mesa.
Estos versos desaparecerán al limpiar la mesa ¿Por qué continuarlos?
Entonces intervine yo, con lo que creí en ese momento ganarle la partida al tiempo y al olvido.Recorté el poema y lo guardé.
—Ya no desaparecerán.
Pero sí que desaparecieron perdidos en algún cajón de
casa, mezclado entre otros muchos papeles, y eso que llevé ese poema muchos
años guardado en mi monedero.
Bar Bernardo
Un post-it con un número de teléfono. El de un bar en el
campo de Almería que hacía las mejoras migas de la comarca. Por aquella época
trabajaba con Mari Platónica. Le dije que se viniera a comer pero ella tenía que corregir cantidad de exámenes.
—Cuando pase el tiempo—le dije—no recordarás ninguno de
esos exámenes, sin embargo, si te vienes, quedará en tu memoria este día de migas.
—Pues tienes razón—me dijo. Y nos fuimos a comer.
No sé si Mari Platónica recordará el bar. Yo apenas me acuerdo de un local sobrio, algo oscuro, que contaba con lo fundamental: una barra y unas cuantas mesas con manteles de plástico. Pero lo que no he olvidado fue esa conversación que mantuvimos sentadas en
un banco que había a la puerta de la sala de profesores.
Las migas estuvieron muy buenas, para mí deliciosas, la dueña del bar y también cocinera nos ofreció muy amablemente tomate y
pimientos secos para acompañarlas.
Versos para Fosky
Mi gata se llamaba Fosca y su hermana Boria, los dos nombres
significan lo mismo: niebla. Mi querida Fosky murió en mis brazos. A las dos
las llevo en mi corazón.
Duerme Fosky en tus brazos duerme y al verte llorar lloraba
Un laurel
La hoja de un laurel que regalé a Águeda para su parterre.
Le pusimos de nombre Chomsky por el lingüista y anarquista.Guardo un recuerdo de aquél arbusto porque
fue el primer regalo que le hice a Águeda cuando se compró su casa. Formaba
parte de su jardín junto a otros árboles y varias tortugas moras que se escondían
entre sus raíces. Hace poco le pregunté por el laurel y ya no lo tiene; por eso
cuando vi la hoja olvidada en un cajón y que una vez, hace ya tiempo cogí del árbol, la rescaté, como parte del pasado diluido en el tiempo.
Una factura
Si mi padre hubiese tenido la oportunidad de estudiar
habría hecho Geografía con total seguridad. Le encantaba saber de países,
continentes, ciudades, provincias o caminos diversos… Por eso le regalé una bola de mundo que
repasaba en sus ratos de ocio. Ya era mayor cuando se la compré.Estaba jubilado. La señora de la papelería me
dijo que era un buen regalo para un niño. Sí de ochenta años le contesté. Todos
los días me acuerdo de él.
Un mechón de pelo
De Fox. Nuestro querido perro. Te echamos de menos. Todavía
no hace un año.
Desde que conozco a mi maridito, y hace ya algunas
décadas, nunca lo he visto tomar aspirina;
se aleja de este medicamento como alma que lleva el diablo, “vade retro”. Es
que ni siquiera permite tocarla y si un paquetito del famoso fármaco de la
Bayer osa acercarse, se convierte en un perturbado, loco, agitadísimo, gritando,
como un verdadero poseído del Medievo español. HOMBRE DE CARÁCTER FUERTE.
La razón es que era alérgico. Decía que le salían unas manchas
moradas en las manos. Una vez me las enseñó y todo, y yo creí verlas, no sé…
Sin embargo, yo pertenezco al reducido club de la aspirina, del
ácido acetilsalicílico, ya quedamos
pocos, así que cuando estoy enferma y tengo que tomar un analgésico no recurro
al ibuprofeno, ni al paracetamol, me voy directamente a la aspirina.
Aunque últimamente estoy fallando y empiezo a tomar
paracetamol.
Viernes noche en el hospital. Rodeado de aparatos, cables,
monitores, enfermeros, enfermeras, médicos, mi maridito acababa de sufrir un
infarto grave, gravísimo. Me permitieron verlo unos instantes en la UCI, yo
estaba ausente, perpleja, las circunstancias me sobrepasaban y un orfidal bajo
la lengua hacía sus efectos. Mientras tanto, una enfermera delgada, bajita y
muy joven—los médicos y enfermeros ya no son personas mayores como lo eran antes—me
preguntaba por su historial médico, sus operaciones, sus pulmones, cualquier
cosa que debieran saber, importante para el tratamiento. La enfermera insistió
en su alergia a la aspirina, decía que era fundamental en estos casos..
— ¿Alguna vez se hizo una prueba de alergia?—me preguntó
—Pues no, la verdad—le respondí haciendo esfuerzos para
concentrarme—creo que nunca se hizo pruebas y siempre he tenido mis dudas.
Al día siguiente, mi maridito continuaba en la UCI inconsciente,
pero gracias a Dios evolucionaba favorablemente. Poco a poco se dice en estos
casos. Tras hacerle análisis, los
médicos dijeron que no era alérgico a la aspirina. ATENCIÓN, que NO era alérgico. En la UCI son muy eficientes, hacen
todo tipo de pruebas, a cualquier hora. Estábamos en el hospital de referencia,
motor de la medicina contemporánea de la región.
Cuando mi maridito se despertó del coma, lo primero que hizo
fue ejercicios de lógica, a ver si su cerebro funcionaba correctamente o estaba
dañado. Hombre noble y aristocrático. Horas después entramos nosotros, sus
familiares. Él sólo acertaba a decir con la voz ronca por efecto todavía de la
intubación: “Milagro” “HA SIDO UN MILAGRO”. Le llevé una libretita pequeña y un
bolígrafo, y el primer libro que encontré—de Vargas Llosa—, “TIEMPOS RECIOS”, en
una papelería cercana al hospital, para que se entretuviese mientras estuviese
en la UCI. Luego, más tarde, leí que puso:
“Hace quince días murió
mi perro Fox, y ahora casi muero yo”
“El corazón tiene
razones que sólo los cardiólogos entienden”
No tardé en decírselo. Estaba siendo tratado con Adiro—acido
acetilsalicílico— y todavía hoy sigue tomándoselo, entre otros fármacos. El caso es que se lo dije: “no tienes alergia a la aspira, la puedes
tomar sin problemas”, a lo que él me contestó:
—Otra mentira más de este mundo confundido
y repleto de falsedades.
A
Lisboa hay que entrar como Dios o como Pessoa manda. Esto es, por
mar, adentrarse, si se puede, por las aguas grises y
neblinosas del estuario del Tajo, y si no por el Puente 25 de
Abril, a la altura de lo alto del mástil de la nave y gritar:
“¡Albricias,
señores!, ¡albricias pido y albricias merezco!, ¡Tierra, tierra!
Aunque mejor diría: ¡cielo, cielo!, porque sin duda estamos en el
paraje de la famosa Lisboa”. Cervantes.
Aunque
ahora hay otro puente, dicen que el más largo del mundo con sus
diecisiete kilómetros, el PUENTE Vasco de Gama, porque aquí todo
gira en torno al navegante real Vasco de Gama ( cantado por el soldado poeta Luis de Camoes) , y cumplidor de los planes portugueses de Enrique , conocido por el navegante, pero que en realidad no fue a la India. En Portugal todos los niños aprenden los primeros versos de Os lusiadas de Camoes:
“As armas e os barões assinalados
Que, da ocidental praia lusitana,
Por mares nunca de antes navegados
Passaram ainda além da Taprobana,
Em perigos e guerras esforçados,
Mais do que prometia a força humana,
E entre gente remota edificaram
Novo reino, que tanto sublimaram.”
— Os Lusíadas, Canto I, estrofe 1
Las armas y varones distinguidos,
Que de Occidente y playa Lusitana
Por mares hasta allí desconocidos,
Pasaron más allá de Taprobana;
Y en peligros y guerra, más sufridos
De lo que prometía fuerza humana,
Entre remota gente, edificaron
Nuevo reino, que tanto sublimaron:
Pessoa, ya en los años `20 del siglo XX. recomendaba llegar a Lisboa
por mar en una guía de viajes que escribió sobre la ciudad.
Guía que compré para MP a las doce de la noche en una librería aún
abierta a esa hora en el Chiado. Y Del puente, o mejor dicho, de
los puentes no dice nada Pessoa, se construyeron después de su
muerte y a pesar de saber de estrellas y magia no pudo adivinarlo.
Y
es que en esta ciudad y país son tres los nombres de personajes
insignes que siempre se oyen: Vasco de Gama, Pessoa, y Luis de
Cãmoes. Bueno, y también la gran Amalia Rodriguez. Los tres
primeros están enterrados en el Monasterio de los Jerónimos y
Amalia Rodriguez en el Panteón nacional—la famosa cúpula blanca
de Alfama. En un principio también estaba la tumba del dictador Salazar, pero lo trasladaron de allí para que Amalia pudiera estar libre de política. En España Franco sigue en el Valle, no de Escombreras, sino en el de los Caídos.
Los
lisboetas son tozudos y enamoradizos y puede que en ello tenga algo que ver su idioma tan sonoro lleno de vocales que lo hace idóneo para enamorar. Ya lo comprobé en mi primer viaje , luna de miel. y ahora lo
ratifico. A veces con malas pulgas, pero gente noble el portugués - aquí el añadir el calificativo "portugués" convierte a cualquier cosa en "divina", así la casa es más que una casa cuando le añades "la casa portuguesa". En las
inmediaciones del Monasterio de los Jerónimos tuve que enseñarle la
wikipedia a un trabajador del Museo del conjunto artístico de Belén
que me negaba tajantemente que Pessoa estuviese enterrado allí. Me
miraba con cara de asombro, discutiendo, enfadado. Cosa comprensible pues estaba estresado con los turistas y el mal funcionamiento del robot que daba las entradas- se está robotizando todo en el mundo y eso es peligroso-.
Si, por otro lado, se te ocurre cruzar una calle fuera del paso de peatones por un
lugar no habilitado para ello, o con el semáforo en rojo, el taxista
de turno te increpa, aunque no entorpezcas el tráfico, ni suponga
riesgo, y la calle esté desierta y sólo pases tú en ese momento y
el taxista esté a más de cincuenta metros, da igual, te pitan y
jalean con las manos. A mí me pasó. Me volví y le pedí perdón
con las manos extendidas en señal de oración, bajando humildemente
la cabeza. Creo que me perdonó. En fin, que las normas de de buena
navegación han de respetarse siempre, de lo contrario, no se puede llegar a buen puerto.
A
pesar de que procedemos de pueblos navegantes, hay mucha diferencia
con nosotros, los españoles del Mediterráneo. En Sevilla, por
ejemplo— días antes de llegar a Lisboa— paseamos en un carruaje
de caballos. Ya lo sé, eso es demasiado turista, o de paleto
provinciano que va de viaje de novios, pero es lo que soy, una
turista monda y lironda o como mucho una viajera pero no una
periodista del National Geographic haciendo un documental
etnológico.
Pues
eso, contratamos un coche de caballos. La yegua se llamaba
Juanica—sin duda, uno de los seres más nobles y listos de todo el
viaje— y el cochero no lo sé, ni falta que me hacía. Era un mozo
alto y entrado en carnes, o sea, gordo, agradable por imperativo
laboral, que mientras conducía miraba todo el tiempo el móvil, por
lo que la única que sabía por dónde íbamos era Juanica, y sólo
de vez en cuando, el cochero nos contaba algo sobre los monumentos que veíamos:
“Éste es el Ficus americano del jardín de María Luísa” y
cosas por el estilo Eso sí, como controlaba muy bien el móvil,
cuando llegamos a la plaza de España nos hizo una estupenda foto
panorámica.
El
caso es que al volver, un hombre que iba por la acera le increpó a
nuestro conductor. Le dijo que no podía conducir e ir con el móvil
al mismo tiempo; entonces, éste le gritó sin cortarse un pelo:
¿Y
tú quién eres? ¿Acaso eres policía? Anda y vete a tu casa, que
tu mujer te estará poniendo los cuernos, gilipollas.
Para
mí que, a los portugueses, España les es indiferente, no sé…
apenas se les ve por aquí, por el litoral Mediterráneo. Yo creo
que para ellos el Mediterráneo y sus aguas transparentes y
tranquilas son una mariconada y lo que a ellos les va es la bravura
gris del océano. Además de que como país de referencia siempre
tienen a su adorada Inglaterra y a sus islas, y a Brasil, a
Mozambique …etc.
Y
luego están los fados. Esos cantos con saudade, como ellos dicen.
Hace veinticinco años estuvimos, siguiendo el consejo del actor
portugués Joaquim Almeida, en Mascote de Atalaia. Un local
grande y destartalado con largos tablones por mesa, allí se reunían
los aficionados al fado para cantar. Después de cada intervención,
siempre espontáneas y amateur, discutían sobre esto y lo otro, la
calidad, la música de cada fado. Era el único sitio donde poder
ver fados fuera del circuito comercial.
Volvimos.
El local ahora es más pequeño, transformado para cenar y escuchar
música, orientado al turismo pero con la misma calidad de antes. Nos
costó trabajo encontrarlo porque ahora todo el barrio Alto
está lleno de garitos en los que se puede escuchar fados, pero lo
conseguimos después de subir la enésima cuesta, pues Lisboa está
entre siete colinas.
No
puede evitar el viajero enamorado, español, al escuchar la música
portuguesa, establecer un paralelismo con el flamenco. Ambas músicas
requieren para disfrutarlas dedicación, pasión, y esfuerzo, las dos
nos obligan a pensar desde abajo y no desde arriba (J.M. Hernández),
música de parias y desheredados, de marineros, obreros,
¿bohemios?…Al contrario de lo que dice Félix Grande es música
que aspira a ser poema y no al revés.
Pero mientras que el fado es sentimiento romántico, estiloso y
fino; el flamenco se convierte en arrebato, a veces furia
incontenida. Ellos cantan de pie con las manos en los bolsillos,
nosotros sentados con el quejío y los puños abiertos y cara
desencajada. Pero ambos, como dice José Martínez Hernández,
filósofo y flamencólogo, son bienes de primera necesidad para vivir
con dignidad.
UNA LÁGRIMA
Llena de penas
Llena de penas me acuesto
Y con más penas
Con más penas me levanto
Si yo supiera
Si yo supiera que muriendo
Tú me habrías
Tú me habrías de llorar
Por una lágrima
Por uma lágrima tuya
De alegría
Me dejaría matar
Dice mi maridito, también filósofo y flamencólogo, que la Soleá bien puede venir de la Saudade portuguesa del fado,
que
son fuente del cante hondo del flamenco y de
forma objetiva y no subjetiva.
El
caso es que durante los tres días que estuvimos en Lisboa conocimos a gente diversa y hasta invitamos
a nuestra ciudad a tres personas de diferentes
nacionalidades. A una por noche, así es Lisboa, cosa que muy pocas ciudades tiene. La primera fue cuando tomábamos una copa de oporto al atardecer, en el mirador ( Miradouro) de San Pedro de Alcántara.
Sentada a nuestro lado- ella vino después, dice mi marido- en una hamaca leyendo un libro estaba
Elizabeth, una norteamericana que viajaba sola. Muy guapa. Guapísima.
Me recordaba a Kathleen Turner en sus mejores tiempos. Hablamos de
literatura norteamericana, de Sevilla, de las tesis de las tesis de
Nancy…
La segunda noche, ya para cuando regresábamos al hotel, nos
montamos en un tuk tuk, y muy de noche recorrimos Alfama, sus
miradores, sus casas, sus iglesias y su historia. Nos guiaba Daniel,
un italiano que ha viajado por casi todo el mundo.
La tercera noche
coincidimos con unos turistas de Marchena en Mascote de Atalaia. Dos
profesores, una ama de casa y un conductor del AVE. Hablamos de
flamenco, de Fosforito, del cante de las Minas, de Marchena y Cazalla, del partido comunista
portugués , etc... Y emocionados por el fado mi marido predijo algo sobre la unidad de Portugal y España puede ser la solución ....
Bueno,
pues así han sido los tres días y noches de amor en Lisboa. Una ciudad privilegiada, de luz y amor, de saudade y estupenda,
romántica, decadente y moderna, pequeña y hermosa, de casitas portuguesas con
tejados a dos aguas. El tajo y el mar océano, la Revolución de los Claveles que en España no pudo ser... Una maravilla, y está aquí al lado. Portugal era España desde 1580 a 1640, es decir, durante la vida adulta de Cervantes, como me recuerda una y otra vez mi maridito en este viaje, pero eso ya es otra historia...
Mi amiga está enferma. El otro día hablando con ella por
teléfono me dijo, que desde hace un tiempo tiene percepciones diferentes, una
luz más nítida como cuando era una niña, y colores más vivos e intensos. Me
dice riendo a carcajadas, pues siempre está riendo, que debe ser por la
medicación. Lo cierto es que no recuerdo ni un solo momento con ella sin que haya
reído. Y aunque han pasado más de treinta años, sigue igual, incluso el día que
me llamó para decirme que estaba enferma, o cuando relataba la dolorosa punción
que le hicieron en la columna.
—Cuando entré en la sala de operaciones oigo a los
enfermeros decir:”Con ésta hay que tener cuidado que es más joven”. Yo pensé
¿qué me irán a hacer? Luego, cuando me hincaron aquello, era tan doloroso que
lloraba y reía al mismo tiempo. Los pobres enfermeros me tenían que dar la vuelta
y yo les decía: Venga, no os preocupéis que yo os ayudo a darme la vuelta. Ja, ja, ja.
Hoy es su santo. Pero nunca lo ha celebrado porque no le
gusta llamarse Dolores. Mira por dónde eso no le hace gracia. Sobrevive con 400
euros al mes, tiene un móvil de hace veinte años, no tiene ordenador, ni
internet, ni wifi. Por supuesto ni Netflix, ni HBO, ni historias de ese tipo. Este
año no verá supervivientes porque sale en la cabecera del programa un bicho que
le aterroriza, sin embargo me recomienda un programa en uno de esos canales marginales que nadie ve
en la TV sobre una familia de enanos y sus peripecias.
Necesita ir a los servicios sociales para solicitar una
asistenta que le ayude en las tareas diarias. Su hija no puede, vive lejos, en otra comunidad. Ahora ha venido
a verla y le dice que no se ría tanto,
que cuando vaya a pedir ayuda a los servicios sociales no la van a creer. Entonces ella se ríe aún más con esa risa tan
contagiosa de perro pulgoso de dibujos animados. Pero la ayuda no llega. Son
muchos papeles, demasiada burocracia.
Contadas veces sale de casa, no puede, tiene las manos y los
pies heridos y le duelen. Sin embargo cada
acto mínimo en su vida cotidiana lo convierte en una gran aventura.
—Mira Nico, ayer me armé de valor y salí a comprar un
mantelito de hule para mi mesa de camilla porque el que tengo está muy
desgastado y feo. Así que fui a una tienda que hay en el centro. El hombre de
la tienda me enseñó los que tenía, con dibujos y colores muy bonicos. Me gustó
uno de margaritas amarillasy cielo azul
y le dije que me cortara un metro. Al rato, cuando el hombre estaba cortando, me fijé mejor en los dibujos, y entonces me di
cuenta que no eran margaritas sino un dibujo de Bob Esponja. JA JA JA. La verdad es que el vendedor
se portó muy bien y me dijo que si no quería que no me lo llevara, pero yo le
dije que sí, que ya que lo había cortado me lo llevaba. JA, JA, JA.
Podría contar tantas
anécdotas suyas…
La risa es el arma del pueblo contra la superficialidad y lo
absurdo de la vida en general. Me imagino cómo se reirá cuando le digan que la
luna tiene otra cara oculta que nunca se ve y que el sol no quema pues no es
fuego. Gases y Helio con mucha luz.
Águeda era rubia, de estatura media y cuerpo atlético. A veces miro su Facebook,
pero sólo encuentro la fotografía de una tortuga en su perfil. Supongo que será
la misma que comía las hojas del laurel Chomsky que le regalé para su jardín,
por aquello de que viven tantos años. No se ven eventos. No hay cenas, ni
familia, ni amigos, sólo partidos de bádminton que es el deporte que practica.
Hace diez años que no sé nada de ella. Cosas del azar o del destino, según
se mire.
Es curioso, pero últimamente me pregunto con frecuencia si el azar existe o
si, por el contrario, la existencia es predecible y no responde a
acontecimientos cuyas causas desconocemos. Para mí es cómo aquel mensaje de
Facebook que envié a mi querida amiga Águeda y que quedó suspendido en el
nirvana tecnológico, alojado en un rincón de la memoria, olvidado durante años,
sin responder. Fue un hecho decisivo en mi accidental historia con ella. De
gato a tortuga.
Pero empecemos desde el principio.
Andaba yo sumida el otro día en mis pensamientos del orden de
avituallamiento del frigorífico y sus diversas variantes, como necesidades de
leche desnatada o semidesnatada, fruta, verdura; otras veces pienso en mi
trabajo o en mi familia; aunque, a veces, me permito pensamientos de carácter
más elevado, como la literatura y la música, y otras muchas, pienso en Águeda,
qué estará haciendo en este momento, cómo le irá y si la volveré a ver. ¿Se
acordará ella de mí como yo lo hago de ella? En fin esas cosas. Es un
pensamiento recurrente porque la echo de menos, así que decidí sentarme en una
terraza y tomar un café con un periódico y descansar del mundo y de
mí misma.
Al releer el párrafo anterior, cosa que hago muy a menudo cuando escribo,
me he acordado que a veces también pienso en el problema de Orwell, en la
separación real de poderes, o en la diferencia entre epistemología y ontología,
esto último siempre sin éxito. Me hago el propósito de preguntarle la
diferencia a Mariplatónica, otra amiga, que se explica muy bien a pesar de ser
filósofa. Aquí lo dejo escrito y prosigo con mi narración.
Tenía dos opciones para tomar café en la ciudad de Cartagena, ir a Mr.
Witt, o a la Satisfecha. Las dos cafeterías cumplen mis expectativas por
razones diferentes. El azar quiso que en ese momento estuviera más cerca de la
primera que de la segunda, por lo que allí me dirigí. Mr. Witt, es una
cafetería legendaria en CT, cuenta con un ambiente culto, agradable, buen café
y mejores cervezas, y lo que la hace muy importante es que en ella se celebra
gran parte de eventos culturales de la ciudad: presentaciones de libros,
conciertos de cantautores de moda, algún que otro evento del folclore popular.
Sin embargo no hay menú ni tapas, ni falta que le hace, no es su nicho de
mercado como suele decirse en mercadotecnia, algo pasado de moda, según
mi maridito, defensor del mercado.
Me senté en un rincón que simula ser una biblioteca y le pedí a la camarera
un café con leche y una magdalena y el periódico. Me sorprendió la rapidez con
que la camarera trajo el café; sin embargo, no era del todo de mi agrado, no
era lo que se dice una camarera dispuesta, no se desvivía por servirme, y tuve
que recordarle, a mi pesar porque estas cosas me hacen sentir muy incómoda, que
faltaba el azúcar. Hay que especificar las cosas bien a los camareros, el
personal está en su mundo. Al cabo, vino el azúcar en forma de sobrecitos
blancos y alargados. Cuando lo abrí me di cuenta de que eran de esos que llevan
un mensaje vital por el reverso y en éste se podía leer lo siguiente: El
hombre tiene mil planes para sí mismo.” El azar, sólo uno para cada hombre.
Mencio”
Como nunca me fio de las afirmaciones del sector azucarero, habida cuenta
de los antecedentes sospechosos de esta industria, y menos de sus asesores filosóficos,
si es que los tiene, consulté en el Google si efectivamente la frase anterior
es de Mencio. Y así es. Lo apunto en la carpeta literaria del bloc de notas del
iphone, contenta, por aprender algo tan de mañana. Mi maridito ya me dijo que
era una frase “demencial” “cosas suyas “, me dije, como siempre.
Se me viene a la memoria que Águeda nunca tomaba azúcar sino sacarina.
Te lo servía en una bandeja, porque ella era/es mucho de llevarte el
cafetito al sofá con sacarina y azúcar, a elegir, y las servilletitas de papel
amontonadas y esquinadas. Y luego te preguntaba si estabas cómoda, te animaba a
que alzaras los pies al sofá o a la mesita y te tumbaras y echaras un
sueñecito con toda la confianza. Era difícil estar incómoda en su presencia.
Me tomé el café mientras leía el periódico. Como viene siendo habitual,
abrí primero las páginas culturales, dejando la política para lo último. Esto
sucede después de la última decepción gubernamental, cosa que ocurre cada
cuatro años. Estoy convencida que será el arte y la literatura lo que nos
salvará y no la política. Así que me dispuse a leer un listado de
recomendaciones de libros para el próximo año. Entre libros de literatura,
biografías y algún que otro ensayo, descubrí un libro cuyo título me llamó la
atención: “Las escritoras fragmentarias”.
Venía firmado por las iniciales: A. G. F-H. Tenía que ser Águeda. ¿Quién si
no con ese título y esas iniciales? Yo no creo en las casualidades. Tampoco es
que crea demasiado en la predestinación. Porque creer en la predestinación
significa estar sujeto a unas leyes universales, por otro lado y por qué no
decirlo, también injustas; que violan nuestro libre albedrío. Así que no sabía
cómo denominar aquello. Había un componente que me costaba definir.
¡Pero la gran revelación era Águeda como escritora! Cuando trabajábamos en
Almería, nos hacíamos llamar el comando de las escritoras fragmentarias. Ella
veloz como un felino, yo lenta como una tortuga, pero ambas aficionadas y
fragmentarias. De gato a tortuga. Desde entonces fuimos irremediablemente
amigas. Yo escribía sin interés alguno, cuentos, poesía; sin embargo, ella, en
estos últimos años, se había lanzado al difícil mundo del mercado
literario, lo cual, me producía una mezcla de alegría y extrañeza. Mi amiga era
escritora. De éxito. Pero ¿quién sería su público?- “No importa”, respondió mi
marido cuando se lo conté.
Le pedí la cuenta a la camarera y me fui. Al salir me fijé en
el tablón de anuncios que hay justo en la entrada del café, entonces lo vi,
anunciaban la presentación del libro de Águeda, en Mr. Witt, esa misma noche. A
las 21:00 horas.
Me pasé el resto del día nerviosa, excitada, tan pronto estaba feliz y
segura de que todo iba a ir bien que luego las dudas me ensombrecían la
voluntad. A lo mejor yo creía que era mi amiga pero ella no, y se limitaba a
saludarme como una antigua conocida, sin más. La amistad, como el amor,
requiere dedicación y exclusividad ¿Y si yo le era indiferente? Eso me dolería.
No era de extrañar, habían pasado muchos años y la gente cambia. Sin
embargo tenía que ir. Establecí mi plan: a las seis de la tarde asistiría a
clase de flamenco, en el Pikú, y a las nueve saldría para Mr. Witt. La
distancia entre los dos bares es muy corta, apenas cinco o diez minutos andando
por la calle del Carmen.
Águeda no sabe que ahora canto flamenco. Desconoce esta afición mía. Se lo
diré, se lo diré en cuanto la vea, si es que me habla. Si es que hablamos…
Esa noche en la clase de flamenco, el maestro Rampa me hizo cantar
una seguiriya, cuya letra decía: “Ay, loquita me llaman porque voy riendo,
soy de las pocas que a este mundo embustero yo voy comprendiendo”
Mientras la cantaba pensé que le gustaría esa letra tan rotunda y
sencilla a la vez. Una gran fragmentaria sabe apreciar los momentos intensos y
cortos. En cierta ocasión estando en su casa me invitó a ver el infinito. Otro
momento intenso. Me llevó al cuarto de baño, el que estaba en la planta baja
junto a la cocina, para mostrarme el juego de espejos. Uno tras otro se
mostraba el reflejo de ambas sin fin. Lo cuento aquí porque fue una anécdota
que desvela mucho su carácter.
Me acuerdo también de la hermana de Águeda, de su asombro cuando descubrió
que el pan se podía congelar, de su tía, la italiana, a su madre cuidándola
cuando tuvo pulmonía, una tarde en su coche haciéndome confidencias, una
botella de butano, rapidez, sus cajitas en el lavabo repletas de maquillaje,
peines y cremas...
Yo canto fatal. No sé ni cómo me atrevo a venir a cante flamenco, todavía
no me lo explico. A decir verdad, no canto seguiriyas como dije antes
sino fandangos, de los más sencillos. Aún así, al guitarrista le cuesta
seguirme, salgo de compás, no afino, en fin un desastre, para qué contar,
pero hay que reconocer que tengo alma flamenca, aunque eso no baste y soy
un tanto graciosa. Rampa me ayuda y canta conmigo. Anoche, sorprendentemente,
canté mejor que nunca. Yo siempre digo que los fandangos son menos hondos pero
dicen más. Son más rápidos y más fragmentarios.
A las nueve en punto estaba ya en Mr Witt. El local estaba repleto de
gente. Pude ver al fondo una mesa con micrófonos que habían dispuesto sobre la
tarima, en la que estaban sentados Águeda y su editor Ramón. Yo no pude
sentarme así que me coloqué de pie detrás de una columna. Empezó el acto con la
introducción del editor. Habló fundamentalmente de la calidad de su obra
y de los proyectos de futuro. Era un tipo agradable, hablaba despacio pero sin
pausa, con un discurso elegante y hondo. Como una soleá por bulerías. Acto
seguido le llegó el turno a la escritora, o sea, a mi amiga. Entró
rápida, como es ella; los años le habían dado todavía más rapidez, más
seguridad. Estuvo más que correcta, fue original, culta y nada pretenciosa. La
gente estaba entusiasmada, y yo también, lo confieso. Luego llegó el
turno de las preguntas. Le preguntaron por el título. Y lo explico, lo explicó
muy bien, salvo que en esa explicación no estaba yo. Me fui antes de que
acabara el evento. Compré su libro en un puestecito que pusieron al efecto en
el propio café y no esperé al final de la presentación ni quise que me lo
firmara.
Ya en casa, lo hojee. Constaba de unos veinte cuentos. Me llamó la atención
algunos títulos: “El infinito y el baño” “La tortuga, Zenón y Gladiator”, y
sobre todo el último: “Faralay a la Nivolosa” y su dedicatoria que decía, “con
un beso”. Inmediatamente lo leí. Era yo en mis clases de flamenco. ¿Cómo es
posible que lo supiera? Salíamos retratados todos, el maestro, los
guitarristas, los alumnos, la camarera del bar, yo con mis
indecisiones...
No podía creerlo. De pronto, me parecía que el destino era un dron que me
sobrevolaba. Que hay que creer en el destino. ¿Acaso no constituye un acto de
soberbia por nuestra parte negar el destino, convertirnos, pues, en acérrimos
partidarios del azar? Que el azar, el destino y el carácter son
precisamente las claves que determinan mi historia con Águeda. Pues así lo
afirmaba Dilthey “la vida es una extraña mezcla de azar, destino y carácter”.
Inmediatamente inicié el Facebook. Abrí la imagen de mi gato y le escribí
un mensaje a su tortuga.