El hispanista e irlandés Ian Gibson nos relata en este libro el episodio que se supone el detonante definitivo (o excusa) de la Guerra Civil Española. Ocurrió el 13 de julio de 1936 cuando Calvo Sotelo, político de derechas y opositor importante a la República, fue secuestrado en su domicilio y asesinado de dos tiros en una camioneta policial.
Ian Gibson combina la crónica con el trabajo de archivo, con las intervenciones del Diario de sesiones parlamentarias de la época, entrevistas a los protagonistas supervivientes, en un relato que intenta esclarecer lo ocurrido, consciente de la complejidad del momento histórico.
Por aquel entonces Madrid era un hervidero de tensiones políticas. Tras las últimas elecciones donde había ganado el Frente Popular, los diversos partidos de derechas, (la CEDA, Falange Española, y la propia RENOVACIÓN ESPAÑOLA presidida por Calvo Sotelo y partidaria de una monarquía autoritaria), se enfrentan con el Gobierno en una cadena de atentados y represalias continuas que terminan con un rastro de asesinatos por ambas partes.
La Falange no había conseguido llegar a un acuerdo con Gil Robles, máximo dirigente del Frente Nacional. Jose Antonio Primo de Rivera fue encarcelado, (consideraba que Calvo Sotelo no servía como caudillo de un movimiento salvador pues no sabía montar a caballo).
El fracaso en las últimas elecciones del 36 convirtió a Calvo Sotelo en el nuevo capitán de las derechas. Sus discursos rechazaban la democracia republicana y abogaba por la implantación de un nuevo estado de tipo corportativo fascista.
El relato del asesinato de Calvo Sotelo comienza con otra muerte: la de Anastasio de los Reyes, alférez de la guardia civil, muerto el 14 de abril de 1936 mientras veía el desfile conmemorativo del triunfo de la República.
No está muy claro la intencionalidad del asesinato de Reyes. Mientras algunos piensan que fue un crimen premeditado, otros, creen que fue la mala suerte de una bala perdida en una refriega. Madrid, en aquella época, era como el viejo oeste donde era habitual tiroteos, altercados, venganzas, y ajuste de cuentas. Durante el desfile ciertos grupos reaccionarios soltaron una traca contra la parte posterior de la tribuna presidencial. Después hubo un tiroteo con varios heridos y un muerto que resultó ser un alférez de la Guardia Civil vestido de paisano: Anastasio de los Reyes López.
Nunca se supo quien lo había matado.
El propio hijo de la víctima declaró que su padre, Anastasio de Reyes, no era una persona con ideas políticas, al menos no hablaba notoriamente de política, sin embargo los grupos no afectos a la república aprovecharon su muerte para su propia propaganda, con un entierro que duró tres horas por las calles de Madrid en medio de una batalla campal con ráfagas de metralleta.
Entre los ultraderechistas corrió el rumor que el responsable era el teniente Castillo, a pesar de que no había ningún indicio de que participara en los sucesos.
Y aquella misma noche el teniente Castillo recibió su primera amenaza de muerte.
José del Castillo fue asesinado la noche del 12 de julio de 1936 cuando salía de su casa para dirigirse al Cuartel de Pontejos. Era guardia de asalto, masón, comprometido con la izquierda. Fue famosa su frase en su actuación de la revolución en 1934 donde dijo: “Yo no tiro sobre el pueblo”.
“ Hay que tener en cuenta el ambiente de aquella noche, después del asesinato del teniente Castillo. Nadie tenía confianza en el Gobierno, y los amigos de Castillo, con la indignación que sentían, decidieron actuar por su cuenta deteniendo a los políticos de derechas que se consideraban culpables de aquella situación”.
Tras la muerte del teniente Castillo había ya un ambiente de guerra civil.
Algunos oficiales de Pontejos reaccionaron anticipándose a los fascistas. En la camioneta número 17 un grupo de oficiales fueron primero a por Gil Robles al que no encontraron y después a por Calvo Sotelo.
Entre todos los que iban en la camioneta n.º 17 estaban Fernando Cordés (amigo del teniente Castillo) y Luis Cuenca. Fue este último, Luis Cuenca, un individuo agresivo y exaltado al que llamaban “el cubano” quien disparó contra Calvo Sotelo. El cuerpo lo dejaron en la madrugada del 13 de julio en el cementerio del Este en Madrid.
Aquella noche le tocaba al comandante Ricardo Burillo estar de guardia en la Dirección General de Seguridad, lugar desde donde saldría la camioneta. Y aunque él no tuvo nada que ver en el asesinato y así lo declaró dos días antes de ser fusilado ante su compañero de la cárcel en una declaración sincera y emocionante rogándole que un día la hiciera pública, fue condenado por el régimen franquista.
La historia posterior ya es conocida por todos… ¿o no?
Según el diputado socialista, Condés le dijo que su intención había sido sólo secuestrar al jefe del Bloque Nacional—y con él, a Gil Robles y a Goicoechea—,con la idea de tenerles como rehenes. Insistió en que no había pensado en matarles. El y sus compañeros estimaban, dijo, que al secuestrar a los dirigentes de la conspiración contra la República existía la posibilidad de coartar la sublevación. Pero había surgido lo imprevisto. Condés culpaba de la muerte de Calvo Sotelo únicamente al “cubano”.

No hay comentarios :
Publicar un comentario