Esta novela de aventuras de más de 500 páginas y dividida en tres actos se me ha hecho excesivamente larga, con la mitad de texto hubiese estado mejor: una sonata mejor que una sinfonía. Y es que cuando llegué al final había olvidado el principio. Será cosa mía y del momento del cosmos en que lo leí…porque leer es como entonar la melodía respetando la escala y el compás.
Toda la novela consiste en una historia que cuenta el director de la Ópera Garnier de Paris a Michael Steiner, un músico, compositor y director que se siente incapacitado para interpretar cierta melodía tras la muerte de su mujer.
Y entonces nos trasportamos a la Francia del siglo XVII, con Luis XIV, el rey Sol, y a la corte de Versalles, con sus intrigas palaciegas y fiestas en París. Aparecen viajes, historias de piratas y negreros, paisajes idílicos en la isla de Madagascar, y el amor. Matthieu es un joven músico que se ve implicado en un asesinato y por el que tiene que embarcarse rumbo a la isla de Madagascar en busca de la música primigenia que conecta todos los elementos del cosmos, en la búsqueda de una armonía global.
Se presentan personajes históricos como Newton, el ministro Louvois, el jardinero real André Le Nôtre y que diseñó los jardines de Versalles, el artista Le Brun, pintor barroco, y el enfrentamiento real, (a la manera de Mozart y Salieri pero esta vez de verdad) entre los músicos Marc-Antoine Charpentier y Lully.
Y como el lenguaje de la Naturaleza también puede ser transcrito en notas musicales en un pentagrama, “El compositor de tormentas” así lo hace una noche de tormenta en la cubierta de un barco. Los truenos eran timbales, las gotas de lluvia que tintineaban como campanillas de percusión, el viento como el silbido cortante de un violín en máxima tensión o como una densa sección de violonchelos.
—Los griegos sabían que, al igual que las escalas mixolidias entristecen, otras afiebran la mente—añadió Matthieu—. Es como los ritmos: unos desprenden calma; otros, nobleza, pasión…
—¡Sí! —exclamó Misson golpeando con furia la mesa, derramando el cacao líquido.
—Como escribió Marc-Antoine Charpentier—se le ocurrió citar, recordando las enseñanzas de su tío—cada modo tiene su espíritu: do mayor es duro y guerrero; do menor, oscuro y triste; re mayor, alegre y muy belicoso; re menor, grave y devoto, y así hasta terminar las tonalidades.

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