LA CONJURA

lunes, 15 de junio de 2026

MADRID, DE CORTE A CHECA

 




En la ciudad de Nastola, al norte de Helsinki, un tipo gordo y alto atraviesa con abrigo de pieles, puro en mano, aire solemne y andares fascistas, el patio de un campo de concentración. Se para ante la celda de un grupo de comunistas españoles capturados en la II Guerra Mundial. Entra, y ante el asombro de los prisioneros les habla en español. En el barracón se hace el silencio hasta que uno de ellos lo reconoce: “Pero si es el conde de Foxá, el que escribió: Madrid, de Corte a Checa”


Así era Agustín de Foxá el autor de este libro, escrito en el año 37, en plena guerra civil española. Un fascista, sí, pero también un hombre inteligente y cínico e imprevisible que haciendo uso de su estatus diplomático no dudó en salvar la vida de un grupo de compatriotas sin importarle su ideología.


La novela está escrita desde el punto de vista del bando sublevado. Es una obra a merced de la propaganda política falangista, un libelo imbuido de la más pura tradición católica que justifica el golpe de Estado previo a la guerra civil.


Pero como una cosa no tiene que ver con la otra, Foxá es también un gran escritor. De una gran capacidad literaria, estilo conciso, audaz en la metáfora y en la ironía. De palabra rápida, ingeniosa, ofensiva.


La obra consta de tres partes: en la primera se relata el final de la Dictadura de Primo de Rivera y el final de la Monarquía; en la segunda, se proclama la II República; y por último, en la tercera parte, la Guerra Civil Española.


El protagonista es José Félix, un joven aristócrata con veleidades revolucionarias, un hombre “tentado por los filmes rusos, la pintura cubista de Picasso, nacido en el siglo de la deshumanización del Arte, abandonando a Dios en la sordidez del Ateneo, a la novia en los libros zoológicos de Freud y a la Patria en los Estatutos de Ginebra”.


Pronto José Félix se desengaña de la República. Todo es decadencia moral y política: Los trabajadores son brutos y resentidos, los intelectuales afines a la izquierda, mediocres y fracasados, y suponen otra decepción para el protagonista; todo va encaminado a una sociedad en la que acecha el comunismo. Por todo esto, y como única forma de volver al orden y evitar el desmoronamiento de la nación, José Félix se afilia a la Falange.


Hoy como ayer, la falange de Foxá.


Hay también una trama sentimental. El protagonista está enamorado de Pilar. Pero ésta, obligada por sus padres, por la necesidad de dinero pues su familia está arruinada, se casa con Miguel Solís, un joven terrateniente con caudales, que tras la boda se nos revela además como juerguista y mujeriego.


El Madrid de las tertulias, de los cafés, es descrito como una gran caricatura. En la segunda parte, durante la vigencia de la II República, el estilo de Foxá es mordaz y grotesco. Recuerda a “las máscaras del héroe”. O más bien al revés. La novela de Juan Manuel de Prada recuerda a la de Foxá en estilo, en personajes, en ese batiburrillo intelectual de la época. Personajes comunes como Pedro Luis de Gálvez salen en ambas novelas. Y otros como, César González Ruano, José Bergamín, y muchos de los intelectuales y políticos de la época.


En las tertulias que describe Foxá encontramos personajes singulares, esperpénticos, como el médico-poeta que trataba de encontrar una lente que devolviera la vista al ojo atrofiado que tenemos en el occipucio. Relata, según él, el esnobismo intelectual simpatizante con los comunistas; uno de ellos Alberti, al que califica de mal poeta, cantando al cemento, las turbinas, el canal de Kiel o el plan quinquenal.


Y llegados a la Guerra Civil, Agustín de Foxá hace un relato descarnado de la contienda, un estado de terror dentro del Madrid sitiado donde cualquiera puede ser perseguido y fusilado a la menor sospecha de pertenecer al bando sublevado. Ello, según Foxá, propició venganzas personales. Olvida Foxá que los militares sublevados fueron los que abrieron la caja de los males.


Hombre, cada uno cuenta la historia según la ha vivido. Está claro que en una guerra se cometen disparates por ambos lados. Pero lo que Foxá cuenta es un horror. Relata, por ejemplo, la historia de los marineros muertos por la república y echados al mar sin ningún reparo. Lo que no cuenta es que la nave en la que iban estaba al mando de la República y que los marineros se amotinaron como terroristas contra la República.


Pero hay un pasaje de la barbarie anticlerical que me ha impresionado. El de los soldados fotografiándose orgullos con los esqueletos de las monjas de un convento. Es cruel, desde luego. Y es real.


Ahora bien, no cuenta Foxá, por ejemplo, las acciones de las tropas moras en Badajoz traídas por Franco de África para defender a los latifundistas españoles.


La vida y la obra de Foxá y la experiencia demuestran que cuando hay guerra lo mejor es escapar, si se puede, a un país neutral.



Era el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Un mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de Correos, de abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación. Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros de los Gutierrez y González anónimos, cargados de hijos y de envidia, paseando con sus mujeres gordas por el Parque del Oeste, de los boticarios que hablan de la Humanidad con h mayúscula, de los cafés lóbregos, de los archivos sin luz, de los opositores sin novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni sport, que olían a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinos.



Todos repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de sus cátedras, las reflexiones de sus críticas, los comentarios de sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero, esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de mundo.





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