En un pequeño pueblo español se va a celebrar una misa réquiem por un joven fusilado durante la guerra civil. A la espera de los feligreses, el párroco repasa la vida del difunto a quien bautizó, casó y dio la extremaunción. Pero parece ser que nadie acude a la iglesia, ni siquiera la familia del difunto, ni los vecinos; a pesar de que Paco del Molino fue una persona querida en el pueblo. Murió joven, recién casado, una mujer embarazada, unos padres envejecidos. Un hombre justo y generoso, víctima de los caciques del pueblo que lo utilizaron como chivo expiatorio.
Al final, los mismos oligarcas y caciques que condenaron a Paco del Molino (don Gumersindo, don Valeriano, y el señor Cástulo Pérez) son los únicos que acuden a la iglesia demostrando su más absoluta hipocresía al sufragar los gastos de la misa de aquél que mandaron fusilar.
Una gran obra de Ramón J. Sender. Una novela corta, sencilla, que despierta conciencias sobre la sociedad rural y movimientos sociales de inicios de la guerra civil española. Sobrecogedora.
Aquella misma tarde los señoritos forasteros obligaron a la gente a acudir a la plaza e hicieron discursos que nadie entendió, hablando del imperio u del destino inmortal y del orden y de la santa fe. Luego cantaron un himno con el brazo levantado y la mano extendida, y mandaron a todos retirarse a sus casas y no volver a salir hasta el día siguiente bajo amenazas graves.
Era ya de noche, y en lo alto se veían las estrellas. Paco preguntó:
—¿Esa gente es pobre, Mosén Millán?
—Sí, hijo.
—¿Muy pobre?
—Mucho.
—¿La más pobre del pueblo?
—Quién sabe, pero hay cosas peores que la pobreza. Son desgraciados por otras razones.
El monaguillo veía que el sacerdote contestaba con desgana.
—¿Por qué?—preguntó.
—Tienen un hijo que podría ayudarles, pero he oído decir que está en la cárcel.
—¿Ha matado a alguno?
—Yo no sé, pero no me extrañaría.
Paco no podía estar callado. Caminaba a oscuras por terreno desigual. Recordando al enfermo el monaguillo dijo:

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