Itziar
lleva en coche a su marido para ingresar en la cárcel. Ha sido
condenado a diez años de prisión por acoso y violación. Así comienza la
novela de Manuel Avilés.
A partir de esa primera escena, continua la narración mostrando una serie de dudas sobre el sistema judicial español. El final nos lleva a una larga reflexión. ¿Es posible encarcelar a alguien sin pruebas? ¿De qué manera la justicia está politizada
e influida por las corrientes culturales y grupos de presión? ¿Cómo
es posible que un inocente sea tan fácilmente acusado, enjuiciado
sin las debidas garantías y condenado y, sin embargo, sigamos
creyendo ingenuamente que vivimos en un estado de
derecho y en democracia?
Alberto,
que así se llama el personaje principal, es denunciado por
dos trabajadoras del colegio, en el que precisamente su
mujer es la directora. Tras ser despedidas, las trabajadoras deciden poner una denuncia por acoso y posteriormente también por violación.
Uno
comienza leyendo la novela con la convicción de que Itziar es una
enamorada de su marido, un cubano negro, guapo y atlético, que la ha engañado y vete tú a saber de qué ha sido capaz. ¡Vamos!
Una española que fue a Cuba a hacer turismo sexual (aunque ella
lo niega) y que volvió con un cubano meloso y bailón al que le
solucionó la vida; pero a medida que avanzamos en la lectura nos
posicionamos cada vez más con la protagonista y se va percibiendo
que ha habido muchos errores en el proceso.
Así,
por ejemplo, el abogado defensor pidió un perito psiquiatra, que se
le negó porque eso sería maltratar y afligir un daño más a la
víctima, una falta de respeto y un atentado a su dignidad. Se
pidieron las pruebas de los whatsapps y esos supuestos mensajes donde
la acosaban, pero no se aportaron. Incongruencias como que el acusado le pedía
constantemente el teléfono y ella no se lo daba, mientras dice
recibir mensajes. Pero difícil es mandar un mensaje si no se tiene
el teléfono. Nunca se presentaron tampoco los audios que dicen les
enviaba. Y la cuestión de la violación, una cuestión tan
importante y vital y que la declaró un año después. En fin, una
serie de incongruencias, como quedarse a solas en una fiesta con tu
acosador, salir a pasear con él, o llevarlo en tu propio coche.
No
duda la protagonista que su marido es un jeta, y que le ha sido
infiel. Pero niega rotundamente que haya violado a nadie. No hay
pruebas de ello. No hay pruebas físicas. Sólo la declaración de
alguna amiga de la víctima que habla de oídas e influida por el
abogado de la acusación. Sin embargo su marido ha sido condenado. Ha
sido vulnerado el principio in dubio pro reo.
Porque, dice el autor, la lucha
contra toda violencia no se realiza vulnerando los derechos
constitucionales…, criminalizando a todos los hombres y
victimizando a todas las mujeres que pueden declararse víctimas sin
garantías ni cautela alguna con
el acusado.
Todo
político (principio que pretendo establecer desde hoy), más cuanto
más efímero es su paso por el poder, como muchos que vemos pulular,
tiene una pulsión megalómana de quedar en la memoria para los
siglos venideros.
Tengo
que poner sobre el tapete más cosas, Miriam, pero el resumen rápido
es ese. Se han cargado las garantías de que tanto presumen los
estados modernos, democráticos y justicieros, y Alberto cumple diez
años de condena y está encerrado con un gitano que no se lava, que
se come tres cabezas de ajo cada día y se la pela por las noches
incansablemente en la litera de arriba. Es triste, ¿no?