LA CONJURA

miércoles, 25 de julio de 2018

CUANDO SALE LA RECLUSA





FRED VARGAS



El comisario Adamsberg se interesa por la picadura mortal a tres ancianos de la araña Loxosceles rufescens,  popularmente  conocida como la reclusaAl policía, obviamente, le parece demasiada casualidad y empieza a investigar por su cuenta. Según se dice en la novela—y a mi entender la autora insiste demasiado en ello—se necesita gran cantidad de arañas y su correspondiente veneno para que la dosis sea mortal. Nos queda claro.

Los ancianos que han muerto procedían todos del mismo reformatorio, y habían sido miembros de una banda que abusaba cruelmente de otros niños, por lo que el comisario empieza a sospechar que el caso puede deberse a una venganza largamente urdida en el tiempo.



Al contrario que otros lectores a quienes les ha gustado esta novela negra,  a mí se me ha hecho pesada.  Dice mi maridito que según Espinosa, las causas explicativas de las cosas deben ser recientes para ser eficientes.

No sé. El caso es que yo me he perdido entre nombres de policías y personajes. También en la trama, que resulta artificiosa;  en ocasiones cogida de alfileres. Para mí tiene fallos y argumentos que no terminan de estar claros.  


Adamsberg se cruzó con Froissy en el patio.—Me voy a andar, teniente.—Lo entiendo, comisario.—Las sacudidas al andar, al deambular, ponen en movimiento las micro burbujas gaseosas que se pasean por el cerebro. Se mueven, se cruzan, se entrechocan. Y, cuando uno busca pensamientos, es una de las cosas que hay que hacer.


sábado, 23 de junio de 2018

EL AMOR ESE VIEJO NEÓN





DE KARMELO C. IRIBARREN

Hace tiempo que leí este poemario de amor— (y desamor) como dice en la portada—que ya no me acuerdo, salvo que disfrute mucho de su lectura, que me gustó, y que lo leí de corrido. Gracias a que doblo páginas, subrayo y pongo anotaciones puedo recordar algunas impresiones.

Karmelo nos cuenta su vida, la trascendental, la cotidiana, con versos sobrios y profundos. Nos habla del amor acodado en una barra de bar, andando en la calle o desde la soledad de los hoteles. De cualquier cosa. Tiene talento y nos conmueve.

O perdí el tren de la vida
o me equivoqué de tren,
una de dos.

Pero tuve
que cometer en algún sitio
algún error,
eso está claro.



martes, 1 de mayo de 2018

¿Por qué escribir?


PAUL AUSTER





Mi maridito viene a casa con una bolsa de libros, colocándolos encima de la mesa del comedor que ya está de bote en bote, entre ellos 4321 de Paul Auster. Eso me hace pensar que además de llamar al electricista y comprarme un nuevo ventilador para el dormitorio he de comprar urgentemente un par de estanterías.

Hojeo la novela que tiene nada menos que 920 páginas y observo que lleva un librito adosado de apenas 40 cuyo título me llama la atención ¿Por qué escribir?  Elijo éste último.

Bueno, pues son cinco mini relatos sobre coincidencias que han resultado trascendentales en la vida de sus protagonistas. Como una embarazada vio la película protagonizada por Audrey Hepburn “Historia de una monja” entre dos partos; el hecho accidental de la rotura de un jarrón permite que Auster salve la vida a su hija que cae por unas escaleras, un campamento de verano y una tormenta con trágico final y un prisionero de guerra en un campo alemán cuyo hijo, muchos años después, se enamora de la hija de unos de sus guardianes.

Es en el último relato donde explica cómo se inicia el joven escritor. Auster era un niño de ocho años que lo que más le importaba era el béisbol y su equipo favorito el NY Giants. Un día fue con sus padres a un partido y casualmente al salir se tropezaron con uno de sus ídolos Willie Mays, al que el niño le pidió un autógrafo. Pero nadie alrededor suyo, ni él mismo, llevaban un lápiz con el que poder firmar.



“– Lo siento, chaval-dijo-. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.

   Y salió del estadio perdiéndose en la noche.”

Así que el niño Auster adquirió la costumbre de no salir de casa sin asegurarse de que llevaba un lápiz en el bolsillo, porque lloró y lloró, también en el coche que lo regresaba a casa, abatido, decepcionado e irritado con él mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No había sabido dar la talla.

Y llevar un lápiz implica ser escritor todos los días: “si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.”

Así Paul Auster lleva un lápiz (o un iPhone) siempre encima dispuesto a utilizarlo para un autógrafo o una ficción. 

Total, que parafraseando un refrán español, mi maridito, que se está intentando leer las casi mil páginas de su última novela, me dice que a Auster le gusta más escribir que a un tonto un lápiz.





sábado, 21 de abril de 2018

CUENTO





DE GATO A TORTUGA

Águeda era rubia, de estatura media y cuerpo atlético. A veces miro su Facebook, pero sólo encuentro la fotografía de una tortuga en su perfil. Supongo que será la misma que comía las hojas del laurel Chomsky que le regalé para su jardín, por aquello de que viven tantos años. No se ven eventos. No hay cenas, ni familia, ni amigos, sólo partidos de bádminton que es el deporte que practica.

Hace diez años que no sé nada de ella. Cosas del azar o del destino, según se mire.

Es curioso, pero últimamente me pregunto con frecuencia si el azar existe o si, por el contrario, la existencia es predecible y no responde a acontecimientos cuyas causas desconocemos. Para mí es cómo aquel mensaje de Facebook que envié a mi querida amiga Águeda y que quedó suspendido en el nirvana tecnológico, alojado en un rincón de la memoria, olvidado durante años, sin responder. Fue un hecho decisivo en mi accidental historia con ella. De gato a tortuga.

Pero empecemos desde el principio.

Andaba yo sumida el otro día en mis pensamientos del orden de avituallamiento del frigorífico y sus diversas variantes, como necesidades de leche desnatada o semidesnatada, fruta, verdura; otras veces pienso en mi trabajo o en mi familia; aunque, a veces, me permito pensamientos de carácter más elevado, como la literatura y la música, y otras muchas, pienso en Águeda, qué estará haciendo en este momento, cómo le irá y si la volveré a ver. ¿Se acordará ella de mí como yo lo hago de ella? En fin esas cosas. Es un pensamiento recurrente porque la echo de menos, así que decidí sentarme en una terraza y  tomar un café con un periódico y descansar del mundo y de  mí misma.


Al releer el párrafo anterior, cosa que hago muy a menudo cuando escribo, me he acordado que a veces también pienso en el problema de Orwell, en la separación real de poderes, o en la diferencia entre epistemología y ontología, esto último siempre sin éxito. Me hago el propósito de preguntarle la diferencia a Mariplatónica, otra amiga, que se explica muy bien a pesar de ser filósofa. Aquí lo dejo escrito y prosigo con mi narración.

Tenía dos opciones para tomar café en la ciudad de Cartagena, ir a Mr. Witt, o a la Satisfecha. Las dos cafeterías cumplen mis expectativas por razones diferentes. El azar quiso que en ese momento estuviera más cerca de la primera que de la segunda, por lo que allí me dirigí. Mr. Witt, es una cafetería legendaria en CT, cuenta con un ambiente culto, agradable, buen café y mejores cervezas, y lo que la hace muy importante es que en ella se celebra gran parte de eventos culturales de la ciudad: presentaciones de libros, conciertos de cantautores de moda, algún que otro evento del folclore popular.  Sin embargo no hay menú ni tapas, ni falta que le hace, no es su nicho de mercado como suele decirse en mercadotecnia, algo pasado de  moda, según mi maridito, defensor del mercado.

Me senté en un rincón que simula ser una biblioteca y le pedí a la camarera un café con leche y una magdalena y el periódico. Me sorprendió la rapidez con que la camarera trajo el café; sin embargo, no era del todo de mi agrado, no era lo que se dice una camarera dispuesta, no se desvivía por servirme, y tuve que recordarle, a mi pesar porque estas cosas me hacen sentir muy incómoda, que faltaba el azúcar. Hay que especificar las cosas bien a los camareros, el personal está en su mundo. Al cabo, vino el azúcar en forma de sobrecitos blancos y alargados. Cuando lo abrí me di cuenta de que eran de esos que llevan un mensaje vital por el reverso y en éste se podía leer lo siguiente: El hombre tiene mil planes para sí mismo.” El azar, sólo uno para cada hombre. Mencio”

Como nunca me fio de las afirmaciones del sector azucarero, habida cuenta de los antecedentes sospechosos de esta industria, y menos de sus asesores filosóficos, si es que los tiene, consulté en el Google si efectivamente la frase anterior es de Mencio. Y así es. Lo apunto en la carpeta literaria del bloc de notas del iphone, contenta, por aprender algo tan de mañana. Mi maridito ya me dijo que era una frase “demencial” “cosas suyas “, me dije, como siempre.

Se me viene a la memoria que Águeda nunca tomaba azúcar sino sacarina.  Te lo servía en una bandeja, porque ella era/es mucho de llevarte el cafetito al sofá con sacarina y azúcar, a elegir, y las servilletitas de papel amontonadas y esquinadas. Y luego te preguntaba si estabas cómoda, te animaba a que alzaras los pies al sofá o a la mesita  y te tumbaras y echaras un sueñecito con toda la confianza. Era difícil estar incómoda en su presencia.

Me tomé el café mientras leía el periódico. Como viene siendo habitual, abrí primero las páginas culturales, dejando la política para lo último. Esto sucede después de la última decepción gubernamental, cosa que ocurre cada cuatro años. Estoy convencida que será el arte y la literatura lo que nos salvará y no la política.  Así que me dispuse a leer un listado de recomendaciones de libros para el próximo año. Entre libros de literatura, biografías y algún que otro ensayo, descubrí un libro cuyo título me llamó la atención: “Las escritoras fragmentarias”.

Venía firmado por las iniciales: A. G. F-H. Tenía que ser Águeda. ¿Quién si no con ese título y esas iniciales? Yo no creo en las casualidades. Tampoco es que crea demasiado en la predestinación. Porque creer en la predestinación significa estar sujeto a unas leyes universales, por otro lado y por qué no decirlo, también injustas; que violan nuestro libre albedrío. Así que no sabía cómo denominar aquello. Había un componente que me costaba definir.

¡Pero la gran revelación era Águeda como escritora! Cuando trabajábamos en Almería, nos hacíamos llamar el comando de las escritoras fragmentarias. Ella veloz como un felino, yo lenta como una tortuga, pero ambas aficionadas y fragmentarias. De gato a tortuga. Desde entonces fuimos irremediablemente amigas. Yo escribía sin interés alguno, cuentos, poesía; sin embargo, ella, en estos últimos años, se había lanzado al difícil mundo del  mercado literario, lo cual, me producía una mezcla de alegría y extrañeza. Mi amiga era escritora. De éxito. Pero ¿quién sería su público?- “No importa”, respondió mi marido cuando se lo conté.

Le pedí la cuenta a la camarera y me fui.   Al salir me fijé en el tablón de anuncios que hay justo en la entrada del café, entonces lo vi, anunciaban la presentación del libro de Águeda, en Mr. Witt, esa misma noche. A las 21:00 horas.

Me pasé el resto del día nerviosa, excitada, tan pronto estaba feliz y segura de que todo iba a ir bien que  luego las dudas me ensombrecían la voluntad. A lo mejor yo creía que era mi amiga pero ella no, y se limitaba a saludarme como una antigua conocida, sin más. La amistad, como el amor, requiere dedicación y exclusividad ¿Y si yo le era indiferente? Eso me dolería. No era de extrañar, habían pasado muchos años y la gente cambia.  Sin embargo tenía que ir. Establecí mi plan: a las seis de la tarde asistiría a clase de flamenco, en el Pikú, y a las nueve saldría para Mr. Witt. La distancia entre los dos bares es muy corta, apenas cinco o diez minutos andando por la calle del Carmen.

Águeda no sabe que ahora canto flamenco. Desconoce esta afición mía. Se lo diré, se lo diré en cuanto la vea, si es que me habla. Si es que hablamos…

Esa noche en la clase de flamenco,  el maestro Rampa me hizo cantar una seguiriya, cuya letra decía: “Ay, loquita me llaman porque voy riendo, soy de las pocas que a este mundo embustero yo voy comprendiendo”  Mientras la cantaba pensé que le gustaría esa letra tan rotunda y sencilla a la vez. Una gran fragmentaria sabe apreciar los momentos intensos y cortos. En cierta ocasión estando en su casa me invitó a ver el infinito. Otro momento intenso. Me llevó al cuarto de baño, el que estaba en la planta baja junto a la cocina, para mostrarme el juego de espejos. Uno tras otro se mostraba el reflejo de ambas sin fin. Lo cuento aquí porque fue una anécdota que desvela mucho su carácter.

Me acuerdo también de la hermana de Águeda, de su asombro cuando descubrió que el pan se podía congelar, de su tía, la italiana, a su madre cuidándola cuando tuvo pulmonía, una tarde en su coche haciéndome confidencias, una botella de butano, rapidez, sus cajitas en el lavabo repletas de maquillaje, peines y cremas...

Yo canto fatal. No sé ni cómo me atrevo a venir a cante flamenco, todavía no me lo explico.  A decir verdad, no canto seguiriyas como dije antes sino fandangos, de los más sencillos. Aún así, al guitarrista le cuesta seguirme, salgo de compás, no afino, en fin un desastre, para qué contar,  pero hay que reconocer que tengo alma flamenca, aunque eso no baste y soy un tanto graciosa. Rampa me ayuda y canta conmigo. Anoche, sorprendentemente, canté mejor que nunca. Yo siempre digo que los fandangos son menos hondos pero dicen más. Son más rápidos y más fragmentarios.

A las nueve en punto estaba ya en Mr Witt. El local estaba repleto de gente. Pude ver al fondo una mesa con micrófonos que habían dispuesto sobre la tarima, en la que estaban sentados Águeda y su editor Ramón. Yo no pude sentarme así que me coloqué de pie detrás de una columna. Empezó el acto con la introducción del editor. Habló fundamentalmente  de la calidad de su obra y de los proyectos de futuro. Era un tipo agradable, hablaba despacio pero sin pausa, con un discurso elegante y hondo. Como una soleá por bulerías. Acto seguido  le llegó el turno a la escritora, o sea, a mi amiga. Entró rápida, como es ella; los años le habían dado todavía más rapidez, más seguridad. Estuvo más que correcta, fue original, culta y nada pretenciosa. La gente estaba entusiasmada, y yo también, lo confieso.  Luego llegó el turno de las preguntas. Le preguntaron por el título. Y lo explico, lo explicó muy bien, salvo que en esa explicación no estaba yo. Me fui antes de que acabara el evento. Compré su libro en un puestecito que pusieron al efecto en el propio café y no esperé al final de la presentación  ni quise que me lo firmara.

Ya en casa, lo hojee. Constaba de unos veinte cuentos. Me llamó la atención algunos títulos: “El infinito y el baño” “La tortuga, Zenón y Gladiator”, y sobre todo el último: “Faralay a la Nivolosa” y su dedicatoria que decía, “con un beso”. Inmediatamente lo leí. Era yo en mis clases de flamenco. ¿Cómo es posible que lo supiera? Salíamos retratados todos, el maestro, los guitarristas,  los alumnos, la camarera del bar, yo con mis indecisiones...

No podía creerlo. De pronto, me parecía que el destino era un dron que me sobrevolaba. Que hay que creer en el destino. ¿Acaso no constituye un acto de soberbia por nuestra parte negar el destino, convertirnos, pues, en acérrimos partidarios del azar?  Que el azar, el destino y el carácter son precisamente las claves que determinan mi historia con Águeda. Pues así lo afirmaba Dilthey “la vida es una extraña mezcla de azar, destino y carácter”.

Inmediatamente inicié el Facebook. Abrí la imagen de mi gato y le escribí un mensaje a su tortuga.




lunes, 12 de febrero de 2018

SELFIES




 JUSSI ADLER-OLSEN




Me marido me recomendó este escritor.


Desconocía yo esta saga, la del Departamento Q,  al comisario Carl Morck y a sus peculiares ayudantes Assad, Rose y Gordon. El autor, el danés Jussi Adler-Olsen, es un reconocido autor europeo, de novela negra. Pedí un libro suyo al tuntún en la CASA DEL LIBRO y me dieron éste, que es el último de los siete que tiene publicados.


Ya digo, SELFIES es el séptimo título de la serie. El primero y más famoso era “La mujer que arañaba las paredes”.

Selfies es una novela negra entretenida, bien escrita (no se enrolla) que tiene un “no-se-qué” que me gusta. Es crítico. Su narrativa describe muy bien la psicología y motivación de los personajes y su relación con la sociedad.

El departamento Q se encarga de resolver aquellos casos de asesinatos archivados y no resueltos.  Frente al viejo caso de una maestra asesinada hace ya algunos años y sin resolver, aparece ahora otro crimen que parece estar conectado.

Por otra parte, Anneli, una funcionaria de los servicios sociales, de vida gris y harta de su trabajo, decide vengarse y eliminar a aquellos usuarios de los subsidios sociales que se aprovechan del sistema y a los que ha tenido que soportar en su trabajo y que, además, han hecho mofa de ella.  Que conste que esto NO es un spoiler, sino el inicio de la novela. 

Escribe Jussi:

Rio un poco por aquella ruindad y pensó que en aquel momento no podía haber otra cosa más importante que estar en ese lugar abandonado de la mano de Dios, dentro de un coche robado, con la radio a volumen mínimo y la vista clavada en el primer piso. Porque allí vivían dos de las chicas que Anneli deseaba matar con todas sus fuerzas.


domingo, 28 de enero de 2018

EL REY LEAR



Lo que era un cuento popular inglés del siglo XII, Shakespeare lo amplia presentando una gran tragedia de traición, locura y desamor filial desde el punto de vista del hombre moderno, del bufón. Una historia moderna, de destrucción, donde muere hasta el apuntador.

El viejo REY LEAR desea abdicar en sus tres hijas. Acción moderna: la vida privada se impone a la pública. Las consecuencias serán terribles.
Para ello les pide pruebas de amor, así REGAN y GONERIL  le adulan y se deshacen en elogios mientras que la hija pequeña CORDELIA es sincera y le habla de un amor razonable entre padre e hija; lo que provoca la ira del rey que la deshereda y reparte su feudo entre las dos mayores.


Gustav Pope (1875)
Una vez repartida la herencia, Regan y Goneril se ven poderosas. Le dan la espalda a su padre, le niegan hospitalidad, y le niegan un séquito apropiado a su rango y otros privilegios. Son modernas.

 El viejo rey Lear se da cuenta de su error cuando ya es tarde.

Lo que él pensaba que era un poder político indivisible se convertirá en el desmembramiento de su reinado con la traición de su propia familia. Y se vuelve loco, vaga por los campos bajo una tormenta y con la sola compañía de su bufón y la del fiel conde KENT, al que no reconoce, pues ha de ir disfrazado por haber sido anteriormente desterrado por él mismo.



Las hermanas se enfrentarán más tarde en una guerra fratricida produciendo más caos y destrucción a su alrededor. Cosa muy moderna.
¡Vaya panorama! El panorama actual del mundo después de la Guerra Fría.

Por otro lado se cuenta la historia paralela del conde GLOSTER con su hijo EDGAR y el bastardo EDMUNDEste último utiliza sus artimañas para arrebatar la herencia a Edgar, legítimo heredero, traicionar a su padre y flirtear con las reinas Regan y Goneril que, a pesar de estar casadas, se disputan su favor.

El conde de Gloster es fiel al rey Lear, tienen varios puntos en común. No en vano, los dos han cometido la misma torpeza, se han dejado engañar por sus hijos malévolos y han cometido el error de desterrar al hijo que sí que los amaba. Su apoyo al rey Lear le costará  caro: le sacarán los ojos dejándolo ciego. Así es conducido por su propio hijo Edgar, también disfrazado de mendigo. De ahí la famosa frase de la época moderna:

“La plaga de este tiempo: locos guiando a ciegos”


Una gran tragedia sobre las pasiones del hombre, un clásico, que en verdad, se disfruta leyendo.

William Dyce (1851)


Bufón: Fíjate Tito.
Ten más de lo que aparentas.
Di menos de lo que sepas,
Da menos de lo que debas,
Cabalga siempre que puedas,
Aprende y no todo creas,
Guarda más de lo que juegas,
Deja el frasco y la ramera,
Echa el pestillo a la puerta
Y ganarás mucho más
Que de un golpe de azar.

Bufón: Tito, dame un huevo y te daré dos coronas.
Bufón: Bien, tras haber cortado el huevo por la mitad y habérmelo comido, las dos coronas del huevo. Cuando partiste tu corona por la mitad y regalaste ambas partes, te echaste el burro a la espalda para cruzar el fango. Te quedaba poco seso en la corona calva cuando regalaste la de oro. Si en esto hablo como lo que soy, azota al primero que lo diga.



Bufón: Me maravilla ver cuán parecidos sois tú y tus hijas. Ellas me azotarían por decir la verdad, tú me azotarías por mentir y a veces se me azota por guardar silencio. Preferiría ser cualquier otra cosa que bufón y aun así no quisiera ser tú, Tito: te has partido en dos la cabeza y no has dejado nada en el medio.



Bufón: Ahora eres un cero a la izquierda. Soy más que tú ahora: soy un bufón, tú nada eres.



Kent: ¡Desenvainad hijo de puta de peluquería! ¡Desenvainad!



Bufón: Fortuna, puta acabada, a los pobres da la espalda.


Lear: ¡Oh la necesidad razón no atiende!


Bufón: He aquí una noche que no se apiada de los sabios ni de los locos.


Kent: Aquí está, mi señor, bien, mi señor, entrad. La tiranía de la noche abierta es demasiado cruda para el hombre.

Lear: Muy duro te parece que esta hostil tormenta nos cale hasta los huesos: será para ti, pues allá donde arraiga un mal mayor, los menores apenas se perciben.

Lear: Me basta una mirada para que tiemble el súbdito. Yo perdono la vida de este hombre. ¿Cuál fue tu falta? ¿Adulterio? No morirás. ¿Morir por adulterio? No.  Lo hacen los gorriones y la mosca dorada fornica en mi presencia […] los dioses solo controlan hasta la faja, más abajo todo es del diablo.


Lear: En ropas rotas grandes vicios aparecen; en ropajes y túnicas de piel todo se esconde. Baña el pecado con una capa de oro y la lanza mortal de la justicia se quebrará sin ser notada.


Lear: Cuando nace uno llora la llegada a este gran escenario de idiotas. Es una buena pieza: astuta treta herrar una manada de caballos con fieltro. Voy a probarlo.


Edgar: ¿Qué, tristes pensamientos de nuevo? Los hombres tienen que aguantar tanto el irse como el venir. Madurar lo es todo. Vamos.


Kent: No humilléis a su fantasma; oh, dejadle pasar. Él odiaría a quien le retuviera en este potro de tortura que es el mundo.

Edgar: Nuestro es el peso de estos tristes tiempos, digamos qué sentimos, no lo que debemos. Cuánto han sufrido los más viejos. Nosotros los que ahora somos jóvenes nunca veremos tanto ni tanto viviremos.

sábado, 20 de enero de 2018

Botchan




Natsume Soseki  es un clásico moderno de la literatura japonesa. La época Meiji  (1868-1912) representa un periodo de intensa transformación cultural y social. En esta transformación  entraron en Japón la técnica, las ciencias modernas y también la novela psicológica realista, (y el estado moderno o Leviathan,- me dice mi marido, pero con la costumbre de obediencia ciega del samurái al emperador que “obligó” a EEUU a tener que tirar  dos bombas atómicas en el Japón, así de tozudos eran y son)

Soseki, un japonés de la ciudad de Tokio (pero tozudo como el japonés típico), estudia inglés y literatura inglesa, marchando a Inglaterra, donde vivirá becado para ampliar sus estudios. Soseki no es feliz durante su estancia  en Inglaterra. Los choques culturales son continuos: en cierta ocasión, invita a alguien a contemplar cómo cae la nieve—sin duda una costumbre elegante y delicada en Japón—y sólo logra que se rían de él.  Occidente le enseña a ser individualista y a no seguir las reglas. (Occidente  destruye la delicadeza oriental)

Del prólogo de “Botchan”


“El mundo poético ha cambiado mucho en estos diez años. Hoy se lee la poesía moderna recostándose cómodamente o mientras se espera el tranvía en las estaciones”.

Del libro: “Soy Un gato”




Comienzo la reseña citando el prólogo del libro y, en ella, la irrupción de mi maridito. Es fundamental cierta información de su cultura y época para entender al autor y su obra. Causa extrañeza, por ejemplo, que en su vida real los padres lo entregaran en adopción a uno de sus sirvientes cuando tenía tan sólo dos años. Qué extraña es la cultura japonesa. Qué costumbres más refinadamente bárbaras, perdón, diferentes.


Soseki, el autor, trabajó como profesor en una escuela de secundaria de principios del siglo XX, lo que le valió como experiencia para escribir esta novela, que por cierto, en lo esencial, no difiere EN NADA de la actual situación educativa en España.

Botchan, que da título al librito, es una forma cariñosa de dirigirse a un niño, significa algo así como chiquillo o niño mimado. Así lo llama Kiyo, la vieja y fiel niñera y la única que le muestra realmente afecto al protagonista, aún cuando su niño crece y ya no es siquiera un adolescente sino un joven profesor. Un joven profesor novato e incapaz de hacer frente al cinismo, ignorancia y falta de sensibilidad de sus alumnos y profesores en una remota isla del Japón.

Una historia de antihéroes, divertida y delicada…




Es posible que ya no nos volvamos a ver. Cuídate mucho—me dijo muy triste.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Yo no lloré. Pero a punto estuve. Luego, cuando el tren se alejó lo bastante del andén y me imaginé que ya no podría notar mis lágrimas, saqué la cabeza por la ventanilla para mirar la estación que dejaba atrás. Kiyo todavía seguía allí de pie. Parecía muy pequeña en la distancia.


Hasta ese momento solo había tenido tiempo para pensar en matemáticas y antigüedades, y había olvidado la mera existencia de los tallarines.

Francamente, debo confesar que aunque me sobre el valor, lo que a veces me falta es algo de inteligencia.

Pero si se piensa un poco, se descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con alguien bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a despreciarlo y meterse con él. ¡Sería mejor quitar las clases de ética de la escuela y dejar de decir a los niños que no se debe mentir! Es más, las mismas escuelas deberían enseñarte a mentir mejor, a desconfiar de los demás y a tomarle el pelo a la gente. ¿No sería mejor así?



Pero cuando aceptas una invitación, bien sea de un sorbete, de una taza de té o de lo que sea, lo que haces en realidad es decirle a la otra persona que le tienes respeto y que la aprecias. La gratitud que sientes en el corazón cuando aceptas una invitación, gratitud fácilmente evitable si pagas tú mismo tu parte, es una forma de devolver esa invitación con algo que va más allá del dinero, o de lo que el dinero puede comprar. Quien acepta la invitación puede ser un don nadie, pero eso da igual. Basta con que sea un ser humano libre e independiente. El hecho de que ese hombre independiente te encuentre digno de respeto y aprecio es más valioso que un millón de yenes.