El comisario Adamsberg se interesa por la
picadura mortal a tres ancianos de la araña Loxosceles
rufescens, popularmente conocida
como la reclusa. Al policía, obviamente, le parece demasiada
casualidad y empieza a investigar por su cuenta. Según se dice en la novela—y a mi entender la autora insiste demasiado en ello—se necesita gran cantidad de arañas y su correspondiente veneno para que
la dosis sea mortal. Nos queda claro.
Los ancianos que han muerto procedían todos
del mismo reformatorio, y habían sido miembros de una banda que abusaba cruelmente
de otros niños, por lo que el comisario empieza a sospechar que el caso puede deberse a una venganza largamente urdida en el tiempo.
Al contrario que otros lectores a quienes
les ha gustado esta novela negra, a mí se
me ha hecho pesada. Dice mi maridito que
según Espinosa, las causas explicativas de las cosas deben ser recientes para
ser eficientes.
No sé. El caso es que yo me he perdido entre nombres
de policías y personajes. También en la trama, que resulta artificiosa; en ocasiones cogida de alfileres. Para mí tiene
fallos y argumentos que no terminan de estar claros.
Adamsberg
se cruzó con Froissy en el patio.—Me
voy a andar, teniente.—Lo
entiendo, comisario.—Las
sacudidas al andar, al deambular, ponen en movimiento las micro burbujas
gaseosas que se pasean por el cerebro. Se mueven, se cruzan, se entrechocan. Y,
cuando uno busca pensamientos, es una de las cosas que hay que hacer.
Hace tiempo que leí este
poemario de amor— (y desamor) como dice en la portada—que ya no me acuerdo, salvo
que disfrute mucho de su lectura, que me gustó, y que lo leí de corrido.
Gracias a que doblo páginas, subrayo y pongo anotaciones puedo recordar algunas
impresiones.
Karmelo
nos cuenta su vida, la trascendental, la cotidiana, con versos sobrios y
profundos. Nos habla del amor acodado en una barra de bar, andando en la calle
o desde la soledad de los hoteles. De cualquier cosa. Tiene talento y nos
conmueve.
Mi maridito viene a casa con una bolsa de libros, colocándolos encima de la mesa del comedor que ya está de bote en bote, entre ellos 4321 de
Paul Auster. Eso me hace pensar que además de llamar al electricista y
comprarme un nuevo ventilador para el dormitorio he de comprar urgentemente un
par de estanterías.
Hojeo la novela que tiene nada menos que 920 páginas y
observo que lleva un librito adosado de apenas 40 cuyo título me llama la
atención ¿Por qué escribir? Elijo éste
último.
Bueno, pues son cinco mini relatos sobre coincidencias que
han resultado trascendentales en la vida de sus protagonistas. Como una
embarazada vio la película protagonizada por Audrey Hepburn “Historia de una
monja” entre dos partos; el hecho accidental de la rotura de un jarrón permite
que Auster salve la vida a su hija que cae por unas escaleras, un campamento de
verano y una tormenta con trágico final y un prisionero de guerra en un campo
alemán cuyo hijo, muchos años después, se enamora de la hija de unos de sus
guardianes.
Es en el último relato donde explica cómo se inicia el joven
escritor. Auster era un niño de ocho años que lo que más le importaba era el
béisbol y su equipo favorito el NY Giants. Un día fue con sus padres a un partido
y casualmente al salir se tropezaron con uno de sus ídolos Willie Mays, al que
el niño le pidió un autógrafo. Pero nadie alrededor suyo, ni él mismo, llevaban
un lápiz con el que poder firmar.
“– Lo siento, chaval-dijo-. Si no tienes lápiz, no puedo
firmarte un autógrafo.
Y salió del estadio perdiéndose en la noche.”
Así que el niño Auster adquirió
la costumbre de no salir de casa sin asegurarse de que llevaba un lápiz en el
bolsillo, porque lloró y lloró, también en el coche que lo regresaba a
casa, abatido, decepcionado e irritado con él mismo por no ser capaz de
controlar las lágrimas. No había sabido dar la talla.
Y llevar un lápiz implica ser escritor todos los días: “si llevas un lápiz en el bolsillo, hay
bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.”
Así Paul Auster lleva un lápiz (o un iPhone) siempre encima
dispuesto a utilizarlo para un autógrafo o una ficción. Total, que parafraseando un refrán español, mi maridito, que se está intentando leer las casi mil páginas de su última novela, me dice que a Auster le gusta más escribir que a un tonto un lápiz.
Águeda era rubia, de estatura media y cuerpo atlético. A veces miro su Facebook,
pero sólo encuentro la fotografía de una tortuga en su perfil. Supongo que será
la misma que comía las hojas del laurel Chomsky que le regalé para su jardín,
por aquello de que viven tantos años. No se ven eventos. No hay cenas, ni
familia, ni amigos, sólo partidos de bádminton que es el deporte que practica.
Hace diez años que no sé nada de ella. Cosas del azar o del destino, según
se mire.
Es curioso, pero últimamente me pregunto con frecuencia si el azar existe o
si, por el contrario, la existencia es predecible y no responde a
acontecimientos cuyas causas desconocemos. Para mí es cómo aquel mensaje de
Facebook que envié a mi querida amiga Águeda y que quedó suspendido en el
nirvana tecnológico, alojado en un rincón de la memoria, olvidado durante años,
sin responder. Fue un hecho decisivo en mi accidental historia con ella. De
gato a tortuga.
Pero empecemos desde el principio.
Andaba yo sumida el otro día en mis pensamientos del orden de
avituallamiento del frigorífico y sus diversas variantes, como necesidades de
leche desnatada o semidesnatada, fruta, verdura; otras veces pienso en mi
trabajo o en mi familia; aunque, a veces, me permito pensamientos de carácter
más elevado, como la literatura y la música, y otras muchas, pienso en Águeda,
qué estará haciendo en este momento, cómo le irá y si la volveré a ver. ¿Se
acordará ella de mí como yo lo hago de ella? En fin esas cosas. Es un
pensamiento recurrente porque la echo de menos, así que decidí sentarme en una
terraza y tomar un café con un periódico y descansar del mundo y de
mí misma.
Al releer el párrafo anterior, cosa que hago muy a menudo cuando escribo,
me he acordado que a veces también pienso en el problema de Orwell, en la
separación real de poderes, o en la diferencia entre epistemología y ontología,
esto último siempre sin éxito. Me hago el propósito de preguntarle la
diferencia a Mariplatónica, otra amiga, que se explica muy bien a pesar de ser
filósofa. Aquí lo dejo escrito y prosigo con mi narración.
Tenía dos opciones para tomar café en la ciudad de Cartagena, ir a Mr.
Witt, o a la Satisfecha. Las dos cafeterías cumplen mis expectativas por
razones diferentes. El azar quiso que en ese momento estuviera más cerca de la
primera que de la segunda, por lo que allí me dirigí. Mr. Witt, es una
cafetería legendaria en CT, cuenta con un ambiente culto, agradable, buen café
y mejores cervezas, y lo que la hace muy importante es que en ella se celebra
gran parte de eventos culturales de la ciudad: presentaciones de libros,
conciertos de cantautores de moda, algún que otro evento del folclore popular.
Sin embargo no hay menú ni tapas, ni falta que le hace, no es su nicho de
mercado como suele decirse en mercadotecnia, algo pasado de moda, según
mi maridito, defensor del mercado.
Me senté en un rincón que simula ser una biblioteca y le pedí a la camarera
un café con leche y una magdalena y el periódico. Me sorprendió la rapidez con
que la camarera trajo el café; sin embargo, no era del todo de mi agrado, no
era lo que se dice una camarera dispuesta, no se desvivía por servirme, y tuve
que recordarle, a mi pesar porque estas cosas me hacen sentir muy incómoda, que
faltaba el azúcar. Hay que especificar las cosas bien a los camareros, el
personal está en su mundo. Al cabo, vino el azúcar en forma de sobrecitos
blancos y alargados. Cuando lo abrí me di cuenta de que eran de esos que llevan
un mensaje vital por el reverso y en éste se podía leer lo siguiente: El
hombre tiene mil planes para sí mismo.” El azar, sólo uno para cada hombre.
Mencio”
Como nunca me fio de las afirmaciones del sector azucarero, habida cuenta
de los antecedentes sospechosos de esta industria, y menos de sus asesores filosóficos,
si es que los tiene, consulté en el Google si efectivamente la frase anterior
es de Mencio. Y así es. Lo apunto en la carpeta literaria del bloc de notas del
iphone, contenta, por aprender algo tan de mañana. Mi maridito ya me dijo que
era una frase “demencial” “cosas suyas “, me dije, como siempre.
Se me viene a la memoria que Águeda nunca tomaba azúcar sino sacarina.
Te lo servía en una bandeja, porque ella era/es mucho de llevarte el
cafetito al sofá con sacarina y azúcar, a elegir, y las servilletitas de papel
amontonadas y esquinadas. Y luego te preguntaba si estabas cómoda, te animaba a
que alzaras los pies al sofá o a la mesita y te tumbaras y echaras un
sueñecito con toda la confianza. Era difícil estar incómoda en su presencia.
Me tomé el café mientras leía el periódico. Como viene siendo habitual,
abrí primero las páginas culturales, dejando la política para lo último. Esto
sucede después de la última decepción gubernamental, cosa que ocurre cada
cuatro años. Estoy convencida que será el arte y la literatura lo que nos
salvará y no la política. Así que me dispuse a leer un listado de
recomendaciones de libros para el próximo año. Entre libros de literatura,
biografías y algún que otro ensayo, descubrí un libro cuyo título me llamó la
atención: “Las escritoras fragmentarias”.
Venía firmado por las iniciales: A. G. F-H. Tenía que ser Águeda. ¿Quién si
no con ese título y esas iniciales? Yo no creo en las casualidades. Tampoco es
que crea demasiado en la predestinación. Porque creer en la predestinación
significa estar sujeto a unas leyes universales, por otro lado y por qué no
decirlo, también injustas; que violan nuestro libre albedrío. Así que no sabía
cómo denominar aquello. Había un componente que me costaba definir.
¡Pero la gran revelación era Águeda como escritora! Cuando trabajábamos en
Almería, nos hacíamos llamar el comando de las escritoras fragmentarias. Ella
veloz como un felino, yo lenta como una tortuga, pero ambas aficionadas y
fragmentarias. De gato a tortuga. Desde entonces fuimos irremediablemente
amigas. Yo escribía sin interés alguno, cuentos, poesía; sin embargo, ella, en
estos últimos años, se había lanzado al difícil mundo del mercado
literario, lo cual, me producía una mezcla de alegría y extrañeza. Mi amiga era
escritora. De éxito. Pero ¿quién sería su público?- “No importa”, respondió mi
marido cuando se lo conté.
Le pedí la cuenta a la camarera y me fui. Al salir me fijé en
el tablón de anuncios que hay justo en la entrada del café, entonces lo vi,
anunciaban la presentación del libro de Águeda, en Mr. Witt, esa misma noche. A
las 21:00 horas.
Me pasé el resto del día nerviosa, excitada, tan pronto estaba feliz y
segura de que todo iba a ir bien que luego las dudas me ensombrecían la
voluntad. A lo mejor yo creía que era mi amiga pero ella no, y se limitaba a
saludarme como una antigua conocida, sin más. La amistad, como el amor,
requiere dedicación y exclusividad ¿Y si yo le era indiferente? Eso me dolería.
No era de extrañar, habían pasado muchos años y la gente cambia. Sin
embargo tenía que ir. Establecí mi plan: a las seis de la tarde asistiría a
clase de flamenco, en el Pikú, y a las nueve saldría para Mr. Witt. La
distancia entre los dos bares es muy corta, apenas cinco o diez minutos andando
por la calle del Carmen.
Águeda no sabe que ahora canto flamenco. Desconoce esta afición mía. Se lo
diré, se lo diré en cuanto la vea, si es que me habla. Si es que hablamos…
Esa noche en la clase de flamenco, el maestro Rampa me hizo cantar
una seguiriya, cuya letra decía: “Ay, loquita me llaman porque voy riendo,
soy de las pocas que a este mundo embustero yo voy comprendiendo”
Mientras la cantaba pensé que le gustaría esa letra tan rotunda y
sencilla a la vez. Una gran fragmentaria sabe apreciar los momentos intensos y
cortos. En cierta ocasión estando en su casa me invitó a ver el infinito. Otro
momento intenso. Me llevó al cuarto de baño, el que estaba en la planta baja
junto a la cocina, para mostrarme el juego de espejos. Uno tras otro se
mostraba el reflejo de ambas sin fin. Lo cuento aquí porque fue una anécdota
que desvela mucho su carácter.
Me acuerdo también de la hermana de Águeda, de su asombro cuando descubrió
que el pan se podía congelar, de su tía, la italiana, a su madre cuidándola
cuando tuvo pulmonía, una tarde en su coche haciéndome confidencias, una
botella de butano, rapidez, sus cajitas en el lavabo repletas de maquillaje,
peines y cremas...
Yo canto fatal. No sé ni cómo me atrevo a venir a cante flamenco, todavía
no me lo explico. A decir verdad, no canto seguiriyas como dije antes
sino fandangos, de los más sencillos. Aún así, al guitarrista le cuesta
seguirme, salgo de compás, no afino, en fin un desastre, para qué contar,
pero hay que reconocer que tengo alma flamenca, aunque eso no baste y soy
un tanto graciosa. Rampa me ayuda y canta conmigo. Anoche, sorprendentemente,
canté mejor que nunca. Yo siempre digo que los fandangos son menos hondos pero
dicen más. Son más rápidos y más fragmentarios.
A las nueve en punto estaba ya en Mr Witt. El local estaba repleto de
gente. Pude ver al fondo una mesa con micrófonos que habían dispuesto sobre la
tarima, en la que estaban sentados Águeda y su editor Ramón. Yo no pude
sentarme así que me coloqué de pie detrás de una columna. Empezó el acto con la
introducción del editor. Habló fundamentalmente de la calidad de su obra
y de los proyectos de futuro. Era un tipo agradable, hablaba despacio pero sin
pausa, con un discurso elegante y hondo. Como una soleá por bulerías. Acto
seguido le llegó el turno a la escritora, o sea, a mi amiga. Entró
rápida, como es ella; los años le habían dado todavía más rapidez, más
seguridad. Estuvo más que correcta, fue original, culta y nada pretenciosa. La
gente estaba entusiasmada, y yo también, lo confieso. Luego llegó el
turno de las preguntas. Le preguntaron por el título. Y lo explico, lo explicó
muy bien, salvo que en esa explicación no estaba yo. Me fui antes de que
acabara el evento. Compré su libro en un puestecito que pusieron al efecto en
el propio café y no esperé al final de la presentación ni quise que me lo
firmara.
Ya en casa, lo hojee. Constaba de unos veinte cuentos. Me llamó la atención
algunos títulos: “El infinito y el baño” “La tortuga, Zenón y Gladiator”, y
sobre todo el último: “Faralay a la Nivolosa” y su dedicatoria que decía, “con
un beso”. Inmediatamente lo leí. Era yo en mis clases de flamenco. ¿Cómo es
posible que lo supiera? Salíamos retratados todos, el maestro, los
guitarristas, los alumnos, la camarera del bar, yo con mis
indecisiones...
No podía creerlo. De pronto, me parecía que el destino era un dron que me
sobrevolaba. Que hay que creer en el destino. ¿Acaso no constituye un acto de
soberbia por nuestra parte negar el destino, convertirnos, pues, en acérrimos
partidarios del azar? Que el azar, el destino y el carácter son
precisamente las claves que determinan mi historia con Águeda. Pues así lo
afirmaba Dilthey “la vida es una extraña mezcla de azar, destino y carácter”.
Inmediatamente inicié el Facebook. Abrí la imagen de mi gato y le escribí
un mensaje a su tortuga.
Desconocía yo esta saga, la del Departamento Q, al comisario Carl Morck y a sus peculiares ayudantes Assad, Rose y Gordon. El autor,
el danés Jussi Adler-Olsen, es un
reconocido autor europeo, de novela negra. Pedí un libro suyo al tuntún en la CASA DEL LIBRO
y me dieron éste, que es el último de los siete que tiene publicados.
Ya digo, SELFIES es el séptimo título de
la serie. El primero y más famoso era “La mujer que arañaba las paredes”.
Selfies es una novela negra entretenida,
bien escrita (no se enrolla) que tiene un “no-se-qué” que me gusta. Es crítico.
Su narrativa describe muy bien la psicología y motivación de los personajes y
su relación con la sociedad.
El departamento Q se encarga de resolver
aquellos casos de asesinatos archivados y no resueltos. Frente al viejo caso de una maestra asesinada
hace ya algunos años y sin resolver, aparece ahora otro crimen que parece estar
conectado.
Por otra parte, Anneli, una funcionaria
de los servicios sociales, de vida gris y harta de su trabajo, decide vengarse y
eliminar a aquellos usuarios de los subsidios sociales que se aprovechan del
sistema y a los que ha tenido que soportar en su trabajo y que, además, han
hecho mofa de ella. Que conste que esto NO es un spoiler, sino el inicio de la novela.
Escribe Jussi:
Rio
un poco por aquella ruindad y pensó que en aquel momento no podía haber otra
cosa más importante que estar en ese lugar abandonado de la mano de Dios,
dentro de un coche robado, con la radio a volumen mínimo y la vista clavada en el
primer piso. Porque allí vivían dos de las chicas que Anneli deseaba matar con
todas sus fuerzas.
Lo
que era un cuento popular inglés del siglo XII, Shakespeare lo amplia presentando una gran tragedia de traición, locura y desamor filial desde el punto
de vista del hombre moderno, del bufón. Una historia moderna, de destrucción,
donde muere hasta el apuntador.
El
viejo REY LEAR desea abdicar en sus
tres hijas. Acción moderna: la vida privada se impone a la pública. Las
consecuencias serán terribles.
Para
ello les pide pruebas de amor, así REGAN y GONERIL le adulan y se deshacen en elogios mientras
que la hija pequeña CORDELIA es
sincera y le habla de un amor razonable entre padre e hija; lo que provoca la
ira del rey que la deshereda y reparte su feudo entre las dos mayores.
Gustav Pope (1875)
Una
vez repartida la herencia, Regan y Goneril se ven poderosas. Le dan la espalda
a su padre, le niegan hospitalidad, y le niegan un séquito apropiado a su rango
y otros privilegios. Son modernas.
El viejo rey Lear se da cuenta de su error
cuando ya es tarde.
Lo que él pensaba que era un poder político
indivisible se convertirá en el desmembramiento de su reinado con la traición
de su propia familia. Y se vuelve loco,
vaga por los campos bajo una tormenta y con la sola compañía de su bufón y la
del fiel conde KENT, al que no
reconoce, pues ha de ir disfrazado por haber sido anteriormente desterrado por
él mismo.
Las
hermanas se enfrentarán más tarde en una guerra fratricida produciendo más caos
y destrucción a su alrededor. Cosa muy moderna.
¡Vaya
panorama! El panorama actual del mundo después de la Guerra Fría.
Por
otro lado se cuenta la historia paralela del conde GLOSTER con su hijo EDGAR
y el bastardo EDMUND. Este
último utiliza sus artimañas para arrebatar la herencia a Edgar, legítimo
heredero, traicionar a su padre y flirtear con las reinas Regan y Goneril que,
a pesar de estar casadas, se disputan su favor.
El
conde de Gloster es fiel al rey Lear, tienen varios puntos en común. No en vano, los dos han cometido la misma
torpeza, se han dejado engañar por sus hijos malévolos y han cometido el error
de desterrar al hijo que sí que los amaba. Su apoyo al rey Lear le costará caro: le sacarán los ojos dejándolo ciego.
Así es conducido por su propio hijo Edgar, también disfrazado de mendigo. De
ahí la famosa frase de la época moderna:
“La plaga de este tiempo: locos
guiando a ciegos”
Una
gran tragedia sobre las pasiones del hombre, un clásico, que en verdad, se
disfruta leyendo.
William Dyce (1851)
Bufón: Fíjate Tito.
Ten más de lo que aparentas.
Di menos de lo que sepas,
Da menos de lo que debas,
Cabalga siempre que puedas,
Aprende y no todo creas,
Guarda más de lo que juegas,
Deja el frasco y la ramera,
Echa el pestillo a la puerta
Y ganarás mucho más
Que de un golpe de azar.
Bufón: Tito, dame un huevo y te daré dos coronas. Bufón: Bien, tras haber cortado el huevo por la mitad y habérmelo
comido, las dos coronas del huevo. Cuando partiste tu corona por la mitad y
regalaste ambas partes, te echaste el burro a la espalda para cruzar el fango.
Te quedaba poco seso en la corona calva cuando regalaste la de oro. Si en esto
hablo como lo que soy, azota al primero que lo diga.
Bufón: Me maravilla ver cuán parecidos sois tú y tus hijas. Ellas
me azotarían por decir la verdad, tú me azotarías por mentir y a veces se me
azota por guardar silencio. Preferiría ser cualquier otra cosa que bufón y aun
así no quisiera ser tú, Tito: te has partido en dos la cabeza y no has dejado
nada en el medio.
Bufón: Ahora eres un cero a la izquierda. Soy más que tú ahora: soy
un bufón, tú nada eres.
Kent:
¡Desenvainad hijo de puta de peluquería! ¡Desenvainad!
Bufón: Fortuna, puta acabada, a los pobres da la espalda.
Lear:
¡Oh la necesidad razón no atiende!
Bufón: He aquí una noche que no se apiada de los sabios ni de los
locos.
Kent:
Aquí está, mi señor, bien, mi señor, entrad. La tiranía de la noche abierta es
demasiado cruda para el hombre.
Lear:
Muy duro te parece que esta hostil tormenta nos cale hasta los huesos: será
para ti, pues allá donde arraiga un mal
mayor, los menores apenas se perciben.
Lear: Me basta una mirada para que tiemble el súbdito. Yo perdono
la vida de este hombre. ¿Cuál fue tu falta? ¿Adulterio? No morirás. ¿Morir por
adulterio? No. Lo hacen los gorriones y
la mosca dorada fornica en mi presencia […] los dioses solo controlan hasta la
faja, más abajo todo es del diablo.
Lear: En ropas rotas grandes vicios aparecen; en ropajes y túnicas
de piel todo se esconde. Baña el pecado con una capa de oro y la lanza mortal
de la justicia se quebrará sin ser notada.
Lear: Cuando nace uno llora la llegada a este gran escenario de
idiotas. Es una buena pieza: astuta treta herrar una manada de caballos con
fieltro. Voy a probarlo.
Edgar: ¿Qué, tristes pensamientos de nuevo?
Los hombres tienen que aguantar tanto el irse como el venir. Madurar lo es
todo. Vamos.
Kent: No humilléis a su fantasma; oh, dejadle pasar. Él odiaría a
quien le retuviera en este potro de tortura que es el mundo.
Edgar: Nuestro es el peso de estos tristes
tiempos, digamos qué sentimos, no lo que debemos. Cuánto han sufrido los más
viejos. Nosotros los que ahora somos jóvenes nunca veremos tanto ni tanto
viviremos.
Natsume Soseki es un clásico moderno
de la literatura japonesa. La época Meiji (1868-1912) representa un
periodo de intensa transformación cultural y social. En esta transformación
entraron en Japón la técnica, las ciencias modernas y también la novela psicológica
realista, (y el estado
moderno o Leviathan,- me dice mi marido, pero con la costumbre de obediencia
ciega del samurái al emperador que “obligó” a EEUU a tener que tirar dos bombas atómicas en el Japón, así de
tozudos eran y son…)
Soseki, un japonés de la ciudad de Tokio (pero tozudo como el japonés
típico), estudia inglés y literatura inglesa,
marchando a Inglaterra, donde vivirá becado para ampliar sus estudios. Soseki
no es feliz durante su estancia en Inglaterra. Los choques culturales son
continuos: en cierta ocasión, invita a alguien a contemplar cómo cae la nieve—sin
duda una costumbre elegante y delicada en Japón—y sólo logra que se rían de él.
Occidente le enseña a ser individualista
y a no seguir las reglas. (Occidente destruye
la delicadeza oriental)
Del prólogo de “Botchan”
“El mundo
poético ha cambiado mucho en estos diez años. Hoy se lee la poesía moderna
recostándose cómodamente o mientras se espera el tranvía en las estaciones”.
Del libro: “Soy Un gato”
Comienzo la reseña citando el prólogo del libro y, en ella, la irrupción de
mi maridito. Es fundamental cierta información de su cultura y época para
entender al autor y su obra. Causa extrañeza, por ejemplo, que en su vida real
los padres lo entregaran en adopción a uno de sus sirvientes cuando tenía tan
sólo dos años. Qué extraña es la cultura japonesa. Qué costumbres más
refinadamente bárbaras, perdón, diferentes.
Soseki, el autor, trabajó como profesor en una escuela de secundaria de
principios del siglo XX, lo que le valió como experiencia para escribir esta
novela, que por cierto, en lo esencial, no difiere EN NADA de la actual
situación educativa en España.
Botchan, que da título al librito, es una forma
cariñosa de dirigirse a un niño, significa algo así como chiquillo o niño
mimado. Así lo llama Kiyo, la vieja y fiel niñera y la única que le muestra
realmente afecto al protagonista, aún cuando su niño crece y ya no es siquiera
un adolescente sino un joven profesor. Un joven profesor novato e incapaz de
hacer frente al cinismo, ignorancia y falta de sensibilidad de sus alumnos y
profesores en una remota isla del Japón.
Una historia de antihéroes, divertida y delicada…
—Es posible
que ya no nos volvamos a ver. Cuídate mucho—me dijo muy triste. Las lágrimas se agolparon en sus
ojos. Yo no lloré. Pero a punto estuve. Luego, cuando el tren se alejó lo bastante
del andén y me imaginé que ya no podría notar mis lágrimas, saqué la cabeza por
la ventanilla para mirar la estación que dejaba atrás. Kiyo todavía seguía allí
de pie. Parecía muy pequeña en la distancia.
Hasta ese momento solo había tenido
tiempo para pensar en matemáticas y antigüedades, y había olvidado la mera
existencia de los tallarines.
Francamente, debo confesar que
aunque me sobre el valor, lo que a veces me falta es algo de inteligencia.
Pero si se piensa un poco, se
descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te
tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo
haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con alguien
bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a
despreciarlo y meterse con él. ¡Sería mejor quitar las clases de ética de la
escuela y dejar de decir a los niños que no se debe mentir! Es más, las mismas
escuelas deberían enseñarte a mentir mejor, a desconfiar de los demás y a
tomarle el pelo a la gente. ¿No sería mejor así?
Pero cuando aceptas una invitación,
bien sea de un sorbete, de una taza de té o de lo que sea, lo que haces en
realidad es decirle a la otra persona que le tienes respeto y que la aprecias. La
gratitud que sientes en el corazón cuando aceptas una invitación, gratitud fácilmente
evitable si pagas tú mismo tu parte, es una forma de devolver esa invitación con
algo que va más allá del dinero, o de lo que el dinero puede comprar. Quien
acepta la invitación puede ser un don nadie, pero eso da igual. Basta con que
sea un ser humano libre e independiente. El hecho de que ese hombre
independiente te encuentre digno de respeto y aprecio es más valioso que un
millón de yenes.