Carola me dijo el
otro día mientras comíamos con unos amigos que uno pertenece al lugar donde pasaba
el verano de niño. Pues precisamente Ordesa es un valle en los Pirineos al que iba a veranear con sus padres el protagonista
del libro, es decir, el autor y el narrador Manuel Vilas, que todo personaje es
autor.
Ésta es una novela
sobre el paso del tiempo en las personas y en las cosas, con sus creencias, que
no dejan de ser tiempo. Sobre nuestros padres cuando eran jóvenes y eran
nuestros padres jóvenes y fuertes. De su vejez, de la muerte y del recuerdo de
ellos. La novela va de esto. De lo que fueron y de cómo los recordamos ahora
que ya no están. La novela es nostálgica.
La historia de Ordesa, es la historia del protagonista, y más aún la de todos, la nuestra, la tuya, la mía;
así que no puedo evitar emocionarme mientras leo al recordar los familiares que
ya no están.
Pueblo en el Valle de Ordesa
Hay quien dice que este
libro es un bluff, una estafa con una prosa repetitiva que más bien parece
escrito por un niño. Bueno, yo no lo veo así. Yo lo que veo es un recurso
poético—en el sentido de Aristóteles y en el sentido del poeta que es todo novelista,
dice mi maridito—que marca el ritmo de la narración, con una prosa diferente,
bella, reflexiva, y llena de recuerdos.
Son los restos de mi
padre y de mi madre muertos, se agarran a mi soledad, se incrustan en mi pelo,
sus minúsculas moléculas fantasmales siguen el paseo de mis manos y de mis pies
por el cuarto de baño.
Estoy haciendo
cualquier cosa y de repente aparece mi padre a través de un olor, una imagen, a
través de cualquier objeto. Entonces me da un vuelco el corazón y me siento
culpable. Viene a darme la mano como si yo fuese un niño perdido.
Todo se desvanece
menos ese misterio, que es el misterio de la voluntad de ser, de la voluntad de
que haya otro distinto a mí: en ese misterio se basan la maternidad y la
paternidad.
Todo alcohólico llega
al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una
especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves.
No sé adónde van los
muebles viejos. Tampoco sé qué habrá sido de los trajes de mi padre. Mi padre
amaba sus trajes. Eran la obra de su vida.
El hecho de que jamás
pueda volver a hablar con ellos me parece el acontecimiento más espectacular
del universo, un hecho incomprensible, del mismo tamaño que el misterio del
origen de la vida inteligente. Que se hayan ido me tiene en vela. Todo es
irreal o inexacto o escurridizo o vaporoso, desde que se fueron.
¿Cómo no lo pregunté,
mientras pude? No lo pregunté mientras pude porque pensé un día de éstos se lo
pregunto, como si siempre fueran a estar allí.
Pero no es reproche.
La gente es como es, y ya está. Y cuando todos han muerto todo da igual, porque
todos los muertos fueron grandes hombres y mujeres; la muerte les dio un
significado final digno y afortunado.
Porque en cualquier
vida hay un millón de errores que constituyeron la vida misma.
Las fotos de mis
padres, tercamente, afirman que estuvieron vivos alguna vez. Ese remoto
recuerdo de ellos es más importante que el capitalismo presente, que la generación
de riqueza universal.
Que te espere alguien
en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito.
Aunque este verano no hemos hecho (todavía) ningún viaje,
estamos aquí, en casa, sin parar. Vamos de un evento a otro, el festival de jazz de San Javier, el de flamenco en lo Ferro con
el Capullo de Jerez, comidas, amigos, cine de verano y demás. La semana pasada, fuimos a Antas, a Almería, a
la presentación del libro, Dolmen, de Manuel Pimentel, el que fuera ministro de
Aznar. Recordemos que este hombre presentó su baja en el PP por estar en
desacuerdo con la política en la guerra de Irak. También dimitió como ministro.
Una dimisión de un político es algo inaudito en España.
En realidad, quedamos con un amigo allí, al que teníamos muchas
ganas de ver y hablar con él, y ya, de paso, oímos la conferencia y compramos
el libro.
El libro es un thriller ambientado en los dólmenes que
hay en el sur de España. Son, entre otros, los dólmenes de Antequera, o el de Valencina
de la Concepción (Sevilla), que a pesar de ser uno de los más importantes de
Europa, casi nadie conoce y apenas se visitan. Pues bien, estos monumentos
prehistóricos son el escenario de una serie de asesinatos que mantienen en vilo
a la policía de España y Portugal y a la comunidad arqueológica internacional.
Según el autor, en el Neolítico ya estaban levantadas las instituciones
sociales y políticas que han perdurado hasta hoy en día. Y los dólmenes serían como las iglesias o
catedrales.
DOLMEN ANTEQUERA
En principio me gustaba la idea de un thriller fuera del
ambiente claustrofóbico de una comisaría, en plena campiña andaluza, la Andalucía prehistórica, monumental y neolítica. Y lo cierto es que hasta más o menos la mitad
del libro, la lectura iba bien.
Pero luego, a medida que iba leyendo y los crímenes
aumentaban y la sangre también, el interés ha decaído.CRÍMENES LOS JUSTOS.
Sangre, ritos y poder ancestral y energía en los dólmenes
se objetivan en las páginas de este libro con cierta similitud al Código Da
Vinci de Dan Brown.
Pero he de reconocer, que más allá de la novela y la historia que cuenta, el autor realiza una labor divulgativa importante y nos presenta el
patrimonio español de dólmenes, hoy en día prácticamente desconocido.
Porque, como dijo Pimentel en la conferencia, es hablar de dólmenes y pensar en
un país del norte con niebla y lluvia, cuando en España hay tantos o más. La leyenda negra de España, dice ahora mi maridito, no
nos ha dejado ni las piedras sagradas del neolítico.
DOLMEN DE AZUAGA EN BADAJOZ
http://dolmentierraviva.blogspot.com/
Cuarenta mil años atrás, se pintaban puntos rojos en las
cuevas de Europa; a los treinta mil, manos; a los veinte mil, pinturas
naturalistas de ciervos, caballos y bisontes; a los diez mil, pinturas esquemáticas;
a los cinco mil se construían megalitos. Y todas estas expresiones artísticas explotaban
de manera casi sincrónica y con idénticas técnicas, estilos y gustos. Teniendo
en cuenta la dificultad de movilidad de aquellos tiempos remotos… ¿cómo surgían
de manera pareja? ¿Por qué tribus y clanes tan diferentes se expresaban de
forma idéntica? ¿Por imitación de los unos de los otros, por simple contagio
cultural? ¿De manera instintiva, por un inconsciente colectivo impulsado por el
genio de los tiempos? ¿Difusión desde un lugar inicial o explosión simultánea
en todos ellos?
¿Cuántas personas hicieron falta para realizar una obra
de esas medidas? Los fosos eran contemporáneos a los grandes dólmenes, de una
antigüedad superior a los cuatro mil quinientos años. Mil preguntas se me
acumularon en la cabeza en aquellos momentos. ¿Eran esclavos los que excavaron?
¿Por qué junt al mayor de los dólmenes?
Hace poco Mariplatónica vino a casa y me dejó este libro en
depósito, como un objeto multipropiedad por tiempo, que es como la vida misma en el Planeta Tierra. Me dijo que lo leyera, que luego lo leería ella también. Había ido a
una conferencia de la autora y le había parecido bastante interesante, con un
discurso profundo y sencillo, lo que es difícil de encontrar hoy en día.
ARGUMENTO
Joaquín es un niño que abandonan sus padres nada más nacer
porque está maldito. Es un hombre lobo. Su mundo se reduce a su abuela con la
que vive aislado en la montaña, además de un perro y un gato. En el colegio tan
sólo tiene un amigo, Vicente.
Encontramos en Joaquín fundamentalmente a una persona buena. Él
quiere a los suyos y por ellos soporta las humillaciones de la gente, el
aislamiento, la soledad, las burlas. Podría
hacer daño pero no lo hace. Así se lo enseñó la abuela. De mayor, como último
recurso, emigrará a Alemania, a las minas de carbón, y trabajará en el turno de
noche, porque allí no llega el influjo de la luna y así la fiera no saldrá.
Sin embargo desconocemos la historia de la otra parte del
binomio. Nada sabemos del lobo en que se transforma las noches de plenilunio. Y
la verdad es que tampoco nos interesa porque ésta es la historia del lado bueno del lobo.
MI CRÍTICA LITERARIA
En la novela hay un único narrador omnisciente en tercera
persona, que nos cuenta la historia de un hombre lobo muy especial, es decir, no
como los hasta ahora recreados en películas de terror. Pero como yo no soy
aficionada a los temas fantásticos, supersticiosos o de terror, ni a sus
personajes como los Dráculas, zombis u hombres lobo, pensé que no me iba a
gustar, vamos, que me aburriría.
Pues me equivoqué del todo todo. Debí pensarlo pues lo
recomendaba Mariplátonica. Y he
disfrutado mucho leyéndolo, aunque mi maridito me dice que la literatura no se
hace para eso, para disfrutar, sino para la inteligencia de las ideas
objetivadas en ella.
—No estoy de acuerdo—le digo—porque yo disfruto muchísimooo
leyendo.
Sí, pero esa es una satisfacción de la inteligencia, me dice,
y no de los sentidos. No es como tomar cerveza o estar de fiesta. Es una emoción que proviene de la
inteligencia. De cuando resuelves un problema de las ideas que estás
leyendo. Por eso la gente no necesita leer porque para disfrutar ya tiene otras
actividades.
Bueno, no sé.
Mi hermana y yo con el eclipse lunar al fondo
Pese a ser un tema fantástico, la novela ha resultado ser más
realista que otras muchas, pues la autora ha usado lo fabuloso para criticar
aspectos de la realidad más real de la vida de los humanos.
El conflicto entre el bien y el mal es uno de los temas
centrales de la novela. El hombre es un lobo para el hombre. O peor aún, y como decía un alemán del siglo XX seguidor de
Maquiavelo, un tal Carl Schmitt: El
hombre es mucho peor que un lobo para el hombre. El hombre es un hombre para el
hombre.
Un buen libro, muy
bien escrito, humano, entretenido, tierno, muy tierno, etológico, y con un
final sorprendente.
Pues ya lo he leído y muy oportunamente, acompañada de una luna de sangre y un espectacular eclipse lunar que hubo ayer noche, y que muestro en estas fotografías. Mari, ahora faltas tú.
la luna de sangre y el eclipse.
“Hay cosas que es mejor no querer saber” “¿Por qué?” “Porque
las explicaciones siempre se quedarán cortas. Te harán infeliz”.
Cuando conversaban, Joaquín y Vicente solían hablar con mucha
seriedad. Él porque había sido un niño solitario y lo sentía como un acto
importante al que debía prestar toda su atención. Vicente porque, según don
Amadeo, albergaba en su interior un pequeño filósofo, algo que Joaquín, que no
entendía el adjetivo “azoriniano” con el que el maestro completaba la descripción
de su mejor alumno.
El comisario Adamsberg se interesa por la
picadura mortal a tres ancianos de la araña Loxosceles
rufescens, popularmente conocida
como la reclusa. Al policía, obviamente, le parece demasiada
casualidad y empieza a investigar por su cuenta. Según se dice en la novela—y a mi entender la autora insiste demasiado en ello—se necesita gran cantidad de arañas y su correspondiente veneno para que
la dosis sea mortal. Nos queda claro.
Los ancianos que han muerto procedían todos
del mismo reformatorio, y habían sido miembros de una banda que abusaba cruelmente
de otros niños, por lo que el comisario empieza a sospechar que el caso puede deberse a una venganza largamente urdida en el tiempo.
Al contrario que otros lectores a quienes
les ha gustado esta novela negra, a mí se
me ha hecho pesada. Dice mi maridito que
según Espinosa, las causas explicativas de las cosas deben ser recientes para
ser eficientes.
No sé. El caso es que yo me he perdido entre nombres
de policías y personajes. También en la trama, que resulta artificiosa; en ocasiones cogida de alfileres. Para mí tiene
fallos y argumentos que no terminan de estar claros.
Adamsberg
se cruzó con Froissy en el patio.—Me
voy a andar, teniente.—Lo
entiendo, comisario.—Las
sacudidas al andar, al deambular, ponen en movimiento las micro burbujas
gaseosas que se pasean por el cerebro. Se mueven, se cruzan, se entrechocan. Y,
cuando uno busca pensamientos, es una de las cosas que hay que hacer.
Hace tiempo que leí este
poemario de amor— (y desamor) como dice en la portada—que ya no me acuerdo, salvo
que disfrute mucho de su lectura, que me gustó, y que lo leí de corrido.
Gracias a que doblo páginas, subrayo y pongo anotaciones puedo recordar algunas
impresiones.
Karmelo
nos cuenta su vida, la trascendental, la cotidiana, con versos sobrios y
profundos. Nos habla del amor acodado en una barra de bar, andando en la calle
o desde la soledad de los hoteles. De cualquier cosa. Tiene talento y nos
conmueve.
Mi maridito viene a casa con una bolsa de libros, colocándolos encima de la mesa del comedor que ya está de bote en bote, entre ellos 4321 de
Paul Auster. Eso me hace pensar que además de llamar al electricista y
comprarme un nuevo ventilador para el dormitorio he de comprar urgentemente un
par de estanterías.
Hojeo la novela que tiene nada menos que 920 páginas y
observo que lleva un librito adosado de apenas 40 cuyo título me llama la
atención ¿Por qué escribir? Elijo éste
último.
Bueno, pues son cinco mini relatos sobre coincidencias que
han resultado trascendentales en la vida de sus protagonistas. Como una
embarazada vio la película protagonizada por Audrey Hepburn “Historia de una
monja” entre dos partos; el hecho accidental de la rotura de un jarrón permite
que Auster salve la vida a su hija que cae por unas escaleras, un campamento de
verano y una tormenta con trágico final y un prisionero de guerra en un campo
alemán cuyo hijo, muchos años después, se enamora de la hija de unos de sus
guardianes.
Es en el último relato donde explica cómo se inicia el joven
escritor. Auster era un niño de ocho años que lo que más le importaba era el
béisbol y su equipo favorito el NY Giants. Un día fue con sus padres a un partido
y casualmente al salir se tropezaron con uno de sus ídolos Willie Mays, al que
el niño le pidió un autógrafo. Pero nadie alrededor suyo, ni él mismo, llevaban
un lápiz con el que poder firmar.
“– Lo siento, chaval-dijo-. Si no tienes lápiz, no puedo
firmarte un autógrafo.
Y salió del estadio perdiéndose en la noche.”
Así que el niño Auster adquirió
la costumbre de no salir de casa sin asegurarse de que llevaba un lápiz en el
bolsillo, porque lloró y lloró, también en el coche que lo regresaba a
casa, abatido, decepcionado e irritado con él mismo por no ser capaz de
controlar las lágrimas. No había sabido dar la talla.
Y llevar un lápiz implica ser escritor todos los días: “si llevas un lápiz en el bolsillo, hay
bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.”
Así Paul Auster lleva un lápiz (o un iPhone) siempre encima
dispuesto a utilizarlo para un autógrafo o una ficción. Total, que parafraseando un refrán español, mi maridito, que se está intentando leer las casi mil páginas de su última novela, me dice que a Auster le gusta más escribir que a un tonto un lápiz.
Águeda era rubia, de estatura media y cuerpo atlético. A veces miro su Facebook,
pero sólo encuentro la fotografía de una tortuga en su perfil. Supongo que será
la misma que comía las hojas del laurel Chomsky que le regalé para su jardín,
por aquello de que viven tantos años. No se ven eventos. No hay cenas, ni
familia, ni amigos, sólo partidos de bádminton que es el deporte que practica.
Hace diez años que no sé nada de ella. Cosas del azar o del destino, según
se mire.
Es curioso, pero últimamente me pregunto con frecuencia si el azar existe o
si, por el contrario, la existencia es predecible y no responde a
acontecimientos cuyas causas desconocemos. Para mí es cómo aquel mensaje de
Facebook que envié a mi querida amiga Águeda y que quedó suspendido en el
nirvana tecnológico, alojado en un rincón de la memoria, olvidado durante años,
sin responder. Fue un hecho decisivo en mi accidental historia con ella. De
gato a tortuga.
Pero empecemos desde el principio.
Andaba yo sumida el otro día en mis pensamientos del orden de
avituallamiento del frigorífico y sus diversas variantes, como necesidades de
leche desnatada o semidesnatada, fruta, verdura; otras veces pienso en mi
trabajo o en mi familia; aunque, a veces, me permito pensamientos de carácter
más elevado, como la literatura y la música, y otras muchas, pienso en Águeda,
qué estará haciendo en este momento, cómo le irá y si la volveré a ver. ¿Se
acordará ella de mí como yo lo hago de ella? En fin esas cosas. Es un
pensamiento recurrente porque la echo de menos, así que decidí sentarme en una
terraza y tomar un café con un periódico y descansar del mundo y de
mí misma.
Al releer el párrafo anterior, cosa que hago muy a menudo cuando escribo,
me he acordado que a veces también pienso en el problema de Orwell, en la
separación real de poderes, o en la diferencia entre epistemología y ontología,
esto último siempre sin éxito. Me hago el propósito de preguntarle la
diferencia a Mariplatónica, otra amiga, que se explica muy bien a pesar de ser
filósofa. Aquí lo dejo escrito y prosigo con mi narración.
Tenía dos opciones para tomar café en la ciudad de Cartagena, ir a Mr.
Witt, o a la Satisfecha. Las dos cafeterías cumplen mis expectativas por
razones diferentes. El azar quiso que en ese momento estuviera más cerca de la
primera que de la segunda, por lo que allí me dirigí. Mr. Witt, es una
cafetería legendaria en CT, cuenta con un ambiente culto, agradable, buen café
y mejores cervezas, y lo que la hace muy importante es que en ella se celebra
gran parte de eventos culturales de la ciudad: presentaciones de libros,
conciertos de cantautores de moda, algún que otro evento del folclore popular.
Sin embargo no hay menú ni tapas, ni falta que le hace, no es su nicho de
mercado como suele decirse en mercadotecnia, algo pasado de moda, según
mi maridito, defensor del mercado.
Me senté en un rincón que simula ser una biblioteca y le pedí a la camarera
un café con leche y una magdalena y el periódico. Me sorprendió la rapidez con
que la camarera trajo el café; sin embargo, no era del todo de mi agrado, no
era lo que se dice una camarera dispuesta, no se desvivía por servirme, y tuve
que recordarle, a mi pesar porque estas cosas me hacen sentir muy incómoda, que
faltaba el azúcar. Hay que especificar las cosas bien a los camareros, el
personal está en su mundo. Al cabo, vino el azúcar en forma de sobrecitos
blancos y alargados. Cuando lo abrí me di cuenta de que eran de esos que llevan
un mensaje vital por el reverso y en éste se podía leer lo siguiente: El
hombre tiene mil planes para sí mismo.” El azar, sólo uno para cada hombre.
Mencio”
Como nunca me fio de las afirmaciones del sector azucarero, habida cuenta
de los antecedentes sospechosos de esta industria, y menos de sus asesores filosóficos,
si es que los tiene, consulté en el Google si efectivamente la frase anterior
es de Mencio. Y así es. Lo apunto en la carpeta literaria del bloc de notas del
iphone, contenta, por aprender algo tan de mañana. Mi maridito ya me dijo que
era una frase “demencial” “cosas suyas “, me dije, como siempre.
Se me viene a la memoria que Águeda nunca tomaba azúcar sino sacarina.
Te lo servía en una bandeja, porque ella era/es mucho de llevarte el
cafetito al sofá con sacarina y azúcar, a elegir, y las servilletitas de papel
amontonadas y esquinadas. Y luego te preguntaba si estabas cómoda, te animaba a
que alzaras los pies al sofá o a la mesita y te tumbaras y echaras un
sueñecito con toda la confianza. Era difícil estar incómoda en su presencia.
Me tomé el café mientras leía el periódico. Como viene siendo habitual,
abrí primero las páginas culturales, dejando la política para lo último. Esto
sucede después de la última decepción gubernamental, cosa que ocurre cada
cuatro años. Estoy convencida que será el arte y la literatura lo que nos
salvará y no la política. Así que me dispuse a leer un listado de
recomendaciones de libros para el próximo año. Entre libros de literatura,
biografías y algún que otro ensayo, descubrí un libro cuyo título me llamó la
atención: “Las escritoras fragmentarias”.
Venía firmado por las iniciales: A. G. F-H. Tenía que ser Águeda. ¿Quién si
no con ese título y esas iniciales? Yo no creo en las casualidades. Tampoco es
que crea demasiado en la predestinación. Porque creer en la predestinación
significa estar sujeto a unas leyes universales, por otro lado y por qué no
decirlo, también injustas; que violan nuestro libre albedrío. Así que no sabía
cómo denominar aquello. Había un componente que me costaba definir.
¡Pero la gran revelación era Águeda como escritora! Cuando trabajábamos en
Almería, nos hacíamos llamar el comando de las escritoras fragmentarias. Ella
veloz como un felino, yo lenta como una tortuga, pero ambas aficionadas y
fragmentarias. De gato a tortuga. Desde entonces fuimos irremediablemente
amigas. Yo escribía sin interés alguno, cuentos, poesía; sin embargo, ella, en
estos últimos años, se había lanzado al difícil mundo del mercado
literario, lo cual, me producía una mezcla de alegría y extrañeza. Mi amiga era
escritora. De éxito. Pero ¿quién sería su público?- “No importa”, respondió mi
marido cuando se lo conté.
Le pedí la cuenta a la camarera y me fui. Al salir me fijé en
el tablón de anuncios que hay justo en la entrada del café, entonces lo vi,
anunciaban la presentación del libro de Águeda, en Mr. Witt, esa misma noche. A
las 21:00 horas.
Me pasé el resto del día nerviosa, excitada, tan pronto estaba feliz y
segura de que todo iba a ir bien que luego las dudas me ensombrecían la
voluntad. A lo mejor yo creía que era mi amiga pero ella no, y se limitaba a
saludarme como una antigua conocida, sin más. La amistad, como el amor,
requiere dedicación y exclusividad ¿Y si yo le era indiferente? Eso me dolería.
No era de extrañar, habían pasado muchos años y la gente cambia. Sin
embargo tenía que ir. Establecí mi plan: a las seis de la tarde asistiría a
clase de flamenco, en el Pikú, y a las nueve saldría para Mr. Witt. La
distancia entre los dos bares es muy corta, apenas cinco o diez minutos andando
por la calle del Carmen.
Águeda no sabe que ahora canto flamenco. Desconoce esta afición mía. Se lo
diré, se lo diré en cuanto la vea, si es que me habla. Si es que hablamos…
Esa noche en la clase de flamenco, el maestro Rampa me hizo cantar
una seguiriya, cuya letra decía: “Ay, loquita me llaman porque voy riendo,
soy de las pocas que a este mundo embustero yo voy comprendiendo”
Mientras la cantaba pensé que le gustaría esa letra tan rotunda y
sencilla a la vez. Una gran fragmentaria sabe apreciar los momentos intensos y
cortos. En cierta ocasión estando en su casa me invitó a ver el infinito. Otro
momento intenso. Me llevó al cuarto de baño, el que estaba en la planta baja
junto a la cocina, para mostrarme el juego de espejos. Uno tras otro se
mostraba el reflejo de ambas sin fin. Lo cuento aquí porque fue una anécdota
que desvela mucho su carácter.
Me acuerdo también de la hermana de Águeda, de su asombro cuando descubrió
que el pan se podía congelar, de su tía, la italiana, a su madre cuidándola
cuando tuvo pulmonía, una tarde en su coche haciéndome confidencias, una
botella de butano, rapidez, sus cajitas en el lavabo repletas de maquillaje,
peines y cremas...
Yo canto fatal. No sé ni cómo me atrevo a venir a cante flamenco, todavía
no me lo explico. A decir verdad, no canto seguiriyas como dije antes
sino fandangos, de los más sencillos. Aún así, al guitarrista le cuesta
seguirme, salgo de compás, no afino, en fin un desastre, para qué contar,
pero hay que reconocer que tengo alma flamenca, aunque eso no baste y soy
un tanto graciosa. Rampa me ayuda y canta conmigo. Anoche, sorprendentemente,
canté mejor que nunca. Yo siempre digo que los fandangos son menos hondos pero
dicen más. Son más rápidos y más fragmentarios.
A las nueve en punto estaba ya en Mr Witt. El local estaba repleto de
gente. Pude ver al fondo una mesa con micrófonos que habían dispuesto sobre la
tarima, en la que estaban sentados Águeda y su editor Ramón. Yo no pude
sentarme así que me coloqué de pie detrás de una columna. Empezó el acto con la
introducción del editor. Habló fundamentalmente de la calidad de su obra
y de los proyectos de futuro. Era un tipo agradable, hablaba despacio pero sin
pausa, con un discurso elegante y hondo. Como una soleá por bulerías. Acto
seguido le llegó el turno a la escritora, o sea, a mi amiga. Entró
rápida, como es ella; los años le habían dado todavía más rapidez, más
seguridad. Estuvo más que correcta, fue original, culta y nada pretenciosa. La
gente estaba entusiasmada, y yo también, lo confieso. Luego llegó el
turno de las preguntas. Le preguntaron por el título. Y lo explico, lo explicó
muy bien, salvo que en esa explicación no estaba yo. Me fui antes de que
acabara el evento. Compré su libro en un puestecito que pusieron al efecto en
el propio café y no esperé al final de la presentación ni quise que me lo
firmara.
Ya en casa, lo hojee. Constaba de unos veinte cuentos. Me llamó la atención
algunos títulos: “El infinito y el baño” “La tortuga, Zenón y Gladiator”, y
sobre todo el último: “Faralay a la Nivolosa” y su dedicatoria que decía, “con
un beso”. Inmediatamente lo leí. Era yo en mis clases de flamenco. ¿Cómo es
posible que lo supiera? Salíamos retratados todos, el maestro, los
guitarristas, los alumnos, la camarera del bar, yo con mis
indecisiones...
No podía creerlo. De pronto, me parecía que el destino era un dron que me
sobrevolaba. Que hay que creer en el destino. ¿Acaso no constituye un acto de
soberbia por nuestra parte negar el destino, convertirnos, pues, en acérrimos
partidarios del azar? Que el azar, el destino y el carácter son
precisamente las claves que determinan mi historia con Águeda. Pues así lo
afirmaba Dilthey “la vida es una extraña mezcla de azar, destino y carácter”.
Inmediatamente inicié el Facebook. Abrí la imagen de mi gato y le escribí
un mensaje a su tortuga.