Manual de
literatura para caníbales es, además de un compendio de dos siglos de literatura
española (s. XIX y s. XX), un atípico manual, sobre literatos y sus obras, escrito con una intención
desmitificadora e irreverente, que pareciera, en principio, una simple
recolección de anécdotas y rumores pero que
sorprende porque resulta ser una obra con erudición
y buenas dosis de humor, y a veces, con
muy mala leche.
Rafael Reig se sirve de un protagonista generacional, una saga familiar inventada, los
Belinchón, todos ellos con ínfulas literarias, para hacer un recorrido desde el
romanticismo español y demás movimientos literarios hasta nuestros días.
Románticos, Realistas,
Modernistas, Naturalistas, La Generación del 98 y la del 27, todos como en una cadena trófica, alimentándose los unos de los
otros, enfrentados entre sí por razones generacionales (Idealistas); es decir, jóvenes contra viejos, en lugar de enfrentarse entre sí por razones Materialistas, como la Lucha de clases.
Rafael Reig es capaz, cualidad perdida en la omniabarcadora crónica periodística ínter
náutica actual, de narrar con rigurosidad y descaro a la vez.
Es maestro en el difícil equilibrio entre el fervor
y la insolencia, sin llegar nunca al improperio gratuito. Así tiene gracia cuando habla de Pepe Ortega o de Federico García, como él los llama, o de Camilo José Cela, premio Nobel, del que cuenta sus
intrigas para alcanzar el éxito y ser el escritor de referencia en el régimen y
también en la posterior restauración monárquica.
—Menos mal que la Academia del Nobel supo premiar
antes al más grande de los poetas españoles contemporáneos: Vicente Aleixandre,—exclama
mi marido,—de lo contrario el Nobel de Literatura sería como el de la Paz—
añade.
La idea del autor—muy gramsciana en cuanto tiene de lucha para lograr la hegemonía
cultural en un país que intentaba salir del erial intelectual en el que se
encontraba—es que la Historia de la Literatura (Española Moderna) no es más que un bestiario, un recuento de
animales feroces que se devoran unos a otros en luchas antropófagas con el fin
de hacerse con el poder cultural y situarse en el centro del canon.
Ahora bien, hasta aquí hemos hablado de la primera
parte del título, que justifica su contenido, pero ¿por qué los grandes
escritores españoles iban a ser “caníbales” unos de otros y no simples plagiadores?
La razón es la sinrazón: porque la lucha es a
muerte y personal y no sólo literaria. No sólo devoran textos como caníbales (textófagos)
unos de otros, sino que se devoran las
vidas y cargos de los que están en lo alto de la fama y el poder para arrebatárselo
y adquirir ellos, como caníbales, su espíritu poderoso, el espíritu de los que
habían alcanzado la fama y el poder.
Es una historia tribal, salvaje y Rafael Reig lo relata
en su novela antropológica, como si de un Marvin
Harris se tratara.
Una pregunta fundamental que se hace el autor en
medio de tal salvajismo literario es la
que se hiciera Horacio en su Epístola a los Pisones, sobre las tres
disyuntivas básicas por las que todo escritor tiene que tomar partido y que
son:
Ars versus ingenium: (EL ARTE CONTRA EL GENIO
NATURAL) o bien la literatura es un arte que se aprende como cualquier otro
oficio o bien, todo lo contrario, la literatura es fruto del genio innato e
individual del artista creador. ¿nace o se hace?
Res versus verba: EL FONDO CONTRA LA FORMA
Docere versus delectare: ENSEÑAR CONTRA DIVERTIR
Cualquiera respondería:
— Oiga usted, ¿por qué
narices tengo que elegir? ¿Es que acaso no pueden ser las dos cosas a la vez?
— Pues mire, don Cualquiera,
no. No puede ser—habría que decirle—. Le veo venir. Usted me dirá: el artista
es el resultado de un talento natural (su ingenium),
al que se añade el estudio y el aprendizaje de un ars. ¿A que sí? ¿A que le veo venir de lejos? ¿A que van por ahí
los tiros?
— ¡Nos ha merengao!—dirá don
Cualquiera—. Y la forma y el fondo, en realidad, son inseparables…
— Ya, ya…¡que le veo venir!
Ahora añadirá usted que la literatura cumple una función social, o sea, su
poquito docere; pero que al mismo
tiempo persigue un placer estético, su ración de delectare. ¿A que sí?
— Corriente. Es que salta a
la vista.
— Pues mire usted, ¡ni
hablar! No se puede andar por ahí templando gaitas, don Cualquiera. Usted es
socialdemócrata y eso lo explica todo: ni chicha ni limoná.