LA CONJURA

domingo, 22 de agosto de 2021

El laberinto de los espíritus

 




Novela de Carlos Ruiz Zafón – el escritor que defendía al dragón frente a San Jorge.


Cuatro novelas...


Última novela de las cuatro que forman parte de la famosa saga de “El cementerio de los libros olvidados”, la gran obra del escritor barcelonés Carlos Ruiz Zafón, con la que, por fin, logra zafarse de la serie. De todos los libros que la conforman, el primero de ellos “La sombra del viento” lo leí hace ya mucho tiempo y la verdad es que recuerdo bastante poco, pero da igual porque cada obra entra al laberinto por una puerta diferente, por lo que tienen autonomía. Esta última novela (de más de 900 páginas) se puede leer, como digo, de forma independiente y sin necesidad de haber leído las anteriores. Aunque si se leen las anteriores, claro está, mejor que mejor.


Alicia y Fermin...


Alicia Gris es la protagonista de "El laberinto de los espíritus". En la guerra civil española una niña de cinco años aprieta la mano de su salvador, el hombre que la ha rescatado tras un bombardeo de entre las ruinas. Un nuevo proyectil impacta separándola del hombre a la que va cogida; otra vez se encuentra perdida. Fermín, que así se llama el hombre, la busca incansablemente sin éxito. Se encontrarán veinte años más tarde, ella reconvertida en una detective con aires de mujer fatal, y él, Fermín, que nunca la ha olvidado, sigue siendo un gran hombre y ahora buen padre de familia.


Alicia es la encargada de investigar el intrincado caso del ministro Mauricio Valls, hombre poderoso de la oligarquía franquista que ha desparecido. El caso comienza en Madrid y termina en Barcelona, destapando un importante caso de corrupción de tráfico de niños.



La Barcelona de los años cincuenta...




La trama cuenta con los elementos típicos del suspense, mucha intriga, misterio, asesinatos, revelaciones que van dando un giro a la historia, en una Barcelona de finales de los cincuenta, una ciudad de postguerra triste y gris, como sus personajes, a los que parece les haya trasladado esa infelicidad que les incapacita para vivir con plenitud. Todos tienen un pasado oscuro y secreto.

En general, es una novela enrevesada, con personajes malvados y crueles frente a otros entrañables en una Barcelona de atmósfera gris, plomiza y retorcida, con una narrativa bien construida, un argumento bien elaborado que les gustará a los amantes del género.



Leandro, fino observador de estos lances, solía decir que, solucionados el tema de la alimentación y la vivienda, la primera necesidad que se plantea el ser humano es la búsqueda de motivos y recursos con los que sentirse diferente y superior a sus semejantes.


Al llegar, Susana le abrazó y se echó a llorar, temblando. “No nos dejes—le imploró—.Tu patria somos Ariadna y yo.”


Fernandito, hemos sembrado la duda, que es lo importante. A la hora de mentir lo que hay que tener en cuenta no es la plausibilidad del embuste, sino la codicia, vanidad y estupidez del destinatario. Uno nunca miente a la gente; se mienten a ellos mismos. Un buen mentiroso les da a los bobos lo que quieren oír. Ese es el secreto.

Eso que insinúa usted es terrible—objeto Fernandito.

Fermín se encogió de hombros.

Según se mire. En este sainete de monas vestidas de seda que es el mundo, la falsedad es la argamasa que mantiene unidas todas las piezas del pesebre. La gente, ya sea por miedo, interés o papanatería, se acostumbra tanto a mentir y a repetir las mentiras de los demás que acaba mintiendo hasta cuando cree que dice la verdad. Es el mal de nuestro tiempo. La persona sincera y honesta es una especie en vías de extinción, como el plesiosauro o la cupletera, si es que existió alguna vez y no fue como el unicornio.


Tan pronto como uno empezaba a colocar las primeras palabras comprobaba que en la escritura, como en la vida, la distancia entre intenciones y resultados iba pareja con la inocencia con que se acometían unas y se aceptaban los otros.


A veces la vida, no los días quemados, es solo un instante, un día, una semana o un mes. Uno sabe que está vivo porque duele.


Cada día estaba más convencido de que la buena literatura tenía poco o nada que ver con quimeras triviales como “la inspiración” o “el tener algo que contar” y más con la ingeniería del lenguaje, con la arquitectura de la narración, con la pintura de las texturas, los timbres y los colores de la construcción, con la fotografía de las imágenes y con la música que podía producir una orquesta de palabras.


Todo en la vida lo ha hecho alguien antes, al menos lo que vale la pena hacer—dije—. El truco está en tratar de hacerlo un poco mejor.


Nadie triunfa sin fracasar antes—me aseguró.








 

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