LA CONJURA

sábado, 13 de abril de 2019

El HULE


Mi amiga está enferma. El otro día hablando con ella por teléfono me dijo, que desde hace un tiempo tiene percepciones diferentes, una luz más nítida como cuando era una niña, y colores más vivos e intensos. Me dice riendo a carcajadas, pues siempre está riendo, que debe ser por la medicación. Lo cierto es que no recuerdo ni un solo momento con ella sin que haya reído. Y aunque han pasado más de treinta años, sigue igual, incluso el día que me llamó para decirme que estaba enferma, o cuando relataba la dolorosa punción que le hicieron en la columna.

—Cuando entré en la sala de operaciones oigo a los enfermeros decir:”Con ésta hay que tener cuidado que es más joven”. Yo pensé ¿qué me irán a hacer? Luego, cuando me hincaron aquello, era tan doloroso que lloraba y reía al mismo tiempo. Los pobres enfermeros me tenían que dar la vuelta y yo les decía: Venga, no os preocupéis que yo os ayudo a darme la vuelta. Ja, ja, ja.

Hoy es su santo. Pero nunca lo ha celebrado porque no le gusta llamarse Dolores. Mira por dónde eso no le hace gracia. Sobrevive con 400 euros al mes, tiene un móvil de hace veinte años, no tiene ordenador, ni internet, ni wifi. Por supuesto ni Netflix, ni HBO, ni historias de ese tipo. Este año no verá supervivientes porque sale en la cabecera del programa un bicho que le aterroriza, sin embargo me recomienda un programa  en uno de esos canales marginales que nadie ve en la TV sobre una familia de enanos y sus peripecias.

Necesita ir a los servicios sociales para solicitar una asistenta que le ayude en las tareas diarias. Su hija no puede,  vive lejos, en otra comunidad. Ahora ha venido a verla y  le dice que no se ría tanto, que cuando vaya a pedir ayuda a los servicios sociales no la van a creer.  Entonces ella se ríe aún más con esa risa tan contagiosa de perro pulgoso de dibujos animados. Pero la ayuda no llega. Son muchos papeles, demasiada burocracia.




Contadas veces sale de casa, no puede, tiene las manos y los pies heridos y le duelen. Sin embargo cada acto mínimo en su vida cotidiana lo convierte en una gran aventura.

—Mira Nico, ayer me armé de valor y salí a comprar un mantelito de hule para mi mesa de camilla porque el que tengo está muy desgastado y feo. Así que fui a una tienda que hay en el centro. El hombre de la tienda me enseñó los que tenía, con dibujos y colores muy bonicos. Me gustó uno de margaritas amarillas  y cielo azul y le dije que me cortara un metro. Al rato,  cuando el hombre estaba cortando,  me fijé mejor en los dibujos, y entonces me di cuenta que no eran margaritas sino un dibujo de Bob Esponja. JA JA JA. La verdad es que el vendedor se portó muy bien y me dijo que si no quería que no me lo llevara, pero yo le dije que sí, que ya que lo había cortado me lo llevaba. JA, JA, JA.

Podría contar tantas anécdotas suyas…



La risa es el arma del pueblo contra la superficialidad y lo absurdo de la vida en general. Me imagino cómo se reirá cuando le digan que la luna tiene otra cara oculta que nunca se ve y que el sol no quema pues no es fuego. Gases y Helio con mucha luz.





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