He comprado este libro en el supermercado entre ricos productos de pescadería, frutería y latas de conservas. No es de lo más habitual, lo sé, pero es otra opción en un mundo en el que ya no se lee y las bibliotecas son puntos de venta. No hay que dejarse atrapar por los prejuicios, ni por la primera impresión al ver los libros rodeados de ofertas de jabones, ni por el estilo del lugar, y entrar al mundo consumista del supermercado que es uno de los mayores ecosistemas urbanos que podamos encontrar.
¿Y acaso no hay veteranos rastreadores de obras que alardean de comprar gangas al peso, por un euro entre montones de libros repletos de ácaros?
¿De qué trata el libro? Pues es un thriller, por supuesto. Alicia Berenson, una exitosa pintora, dispara a su marido cinco tiros en la cabeza. Naturalmente con tales heridas el marido muere. Su mujer, Alicia, no vuelve a hablar y es encerrada en un psiquiátrico. Entonces entra en escena un psicoterapeuta obsesionado con el caso e intenta investigar qué sucedió realmente esa noche.
La pincelada culta (y digo pincelada porque Alicia es una gran pintora) es el paralelismo que el autor hace de su historia con la tragedia griega Alcestis de Eurípides. En la obra griega, Admeto es condenado a muerte pero podrá salvarse si alguien se sacrifica por él. Intenta convencer a sus padres para que mueran en su lugar, pero no los convence; y es Alcestis, su mujer, quien se ofrece voluntaria para morir por su marido.
Se lee rápido. Aunque los avezados lectores de thriller intuirán el desenlace y quien es el culpable .
La cosa no acaba ahí, sin embargo. Hay un final más o menos feliz, un deus ex machina. Heracles saca a Alcestis del Hades y la devuelve triunfal a la tierra de los vivos. Ella regresa a la vida y Admeto llora conmovido en el reencuentro con su mujer. Las emociones de Alcestis son más difíciles de interpretar; permanece callada, no habla.


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