LA CONJURA

martes, 11 de agosto de 2020

EL TIEMPO ENTRE ARMARIOS


Después de una mañana entera ordenando PAPELES he encontrado lo siguiente:

 Unos versos de mi maridito.

Si bien suele escribir poesía, éstos, en concreto, eran especiales para mí. Recuerdo perfectamente cuando los escribió. Estábamos en un restaurante, de estos populares de menús. Parecía triste. Mientras esperábamos al camarero, escribió los siguientes versos en el papel del mantel de nuestra mesa.  

 

Estos versos desaparecerán
al limpiar la mesa
¿Por qué continuarlos?

 

Entonces intervine yo, con lo que creí en ese momento ganarle la partida al tiempo y al olvido.  Recorté el poema y lo guardé.

 —Ya no desaparecerán.

Pero sí que desaparecieron perdidos en algún cajón de casa, mezclado entre otros muchos papeles, y eso que llevé ese poema muchos años guardado en mi monedero.

 

Bar Bernardo

 

Un post-it con un número de teléfono. El de un bar en el campo de Almería que hacía las mejoras migas de la comarca. Por aquella época trabajaba con Mari Platónica. Le dije que se viniera a comer pero ella  tenía que corregir cantidad de exámenes. 

 

—Cuando pase el tiempo—le dije—no recordarás ninguno de esos exámenes, sin embargo, si te vienes, quedará en tu memoria este día de migas.

 —Pues tienes razón—me dijo. Y nos fuimos a comer.

No sé si Mari Platónica recordará el bar. Yo apenas me acuerdo de un local sobrio, algo oscuro, que contaba con lo fundamental: una barra y unas cuantas mesas con manteles de plástico. Pero lo que no he olvidado fue esa conversación que mantuvimos  sentadas en un banco que había a la puerta de la sala de profesores.

Las migas estuvieron muy buenas, para mí deliciosas, la dueña del bar y también cocinera nos ofreció muy amablemente tomate y pimientos secos para acompañarlas.

 

Versos para Fosky

 

Mi gata se llamaba Fosca y su hermana Boria, los dos nombres significan lo mismo: niebla. Mi querida Fosky murió en mis brazos. A las dos las llevo en mi corazón.

Duerme Fosky
en tus brazos
duerme
y al verte llorar
lloraba
 


Un laurel

 

La hoja de un laurel que regalé a Águeda para su parterre. Le pusimos de nombre Chomsky por el lingüista y anarquista.  Guardo un recuerdo de aquél arbusto porque fue el primer regalo que le hice a Águeda cuando se compró su casa. Formaba parte de su jardín junto a otros árboles y varias tortugas moras que se escondían entre sus raíces. Hace poco le pregunté por el laurel y ya no lo tiene; por eso cuando vi la hoja olvidada en un cajón y que una vez, hace ya tiempo cogí del árbol,  la rescaté, como parte del pasado diluido en el tiempo. 


 

Una factura

 

Si mi padre hubiese tenido la oportunidad de estudiar habría hecho Geografía con total seguridad. Le encantaba saber de países, continentes, ciudades, provincias o caminos diversos… Por eso le regalé una bola de mundo que repasaba en sus ratos de ocio. Ya era mayor cuando se la compré.  Estaba jubilado. La señora de la papelería me dijo que era un buen regalo para un niño. Sí de ochenta años le contesté. Todos los días me acuerdo de él.

 


Un mechón de pelo

 

De Fox. Nuestro querido perro. Te echamos de menos. Todavía no hace un año.



 

 

 

        

2 comentarios :

  1. Qué cosas y fotos más bonitas y qué bonito es este post, mucho, mucho. Y cuánto amor y cuidado hay en esos recuerdos que en su presente decidiste que tuvieran vida mucho después en tu partida con el tiempo.

    Pues entre tus armarios hay cosas ya como eternas, ¿no?
    De eso hablamos el otro día, del contacto de las cosas físicas con lo sobrenatural, con el más allá. De lo mismo que hablamos, más o menos, en aquella conversación espontánea en el aseo de profesoras de nuestro instituto. Y las evaluaciones o lo que fuera a punto de empezar, y nosotras en el banco que había en la entrada de la sala de profesores agotando el tiempo antes de entrar porque no era cuestión de quedarse a medio de aquello, de aquel momento singular con aquella singular conversación.

    Me acuerdo de que te dije que te iría a visitar, ya te encargaste tú de corregirme cuando utilicé otra expresión una vez que lo rememoramos hace tiempo.¡
    No sé si te lo dije pero la atmósfera de aquella tarde, me refiero concretamente ahora mismo a aquellos pasillos y a aquel aseo, trajo a mi mente en aquel momento la atmósfera también de un libro que comencé a leer en la juventud y que no acabé, me gustaba pero no sé por qué no lo acabé. Era una obra de Salinger, Seymour: una introducción. Recuerdo una plegaria, o algo que me pareció una plegaria. Y eso es lo que sentí en ese momento, una profunda y alegre plegaria compartida. Se nos ensanchó el alma, ¿a qué si?
    En fin, un momento especial e inolvidable de la vida, pisábamos las losas de los pasillos pero estábamos sabe Dios dónde.

    De lo de las migas me acuerdo que sí, que me lo dijiste en el del insti y a mí me apetecía pero estaba agobiada. Recuerdo ir en el coche con la cartera y todo el lío y que llovía, era un día gris que no se decidía y al final comenzó a llover. Tengo la imagen en mi cabeza del coche atravesando los campos y que iba pensando “esto está más lejos de lo esperado, ¿a dónde me llevarán?” y que después mandé a paseo el agobio y me abandoné a lo que quiera que fuéramos hablando, al parabrisas y y a las migas que estaban por llegar.
    De lo que mejor me acuerdo del bar es de la entrada y de los pimientos secos en la mesa que yo no sabía cómo se comían y que os lo pregunté.

    Bueno, menos mal que me convenciste.
    Besos.

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