De nuevo leyendo a Santiago Díaz y a su universo ficcional de policías en una comisaría madrileña que combaten el crimen organizado.
Jotadé, es policía y es gitano y protagonista de esta novela negra que trata de mafias, traficantes y asesinos al más puro estilo hollywoodense. Es Jotadé tan duro y sarcástico como un Clint Eastwood interpretando a Harry el Sucio. El policía patrulla los barrios madrileños con su viejo Cadillac. Muy chulo él, pero leal a sus compañeros. Su familia vende bragas en el mercadillo y su “ex” vive con el hijo de ambos en un modesto piso, y trabaja en un supermercado por el que apenas le llega para pagar la hipoteca.
Empieza la novela con un ajuste de cuentas cuando dos hombres son lanzados con una soga al cuello y destripados desde un puente de la M-30.
Intervienen , claro está, otros policías: Vero Arganza, oficial de confianza de Jotadé; la agente Lucía Navarro, antigua compañera y amiga de Jotadé, que ahora cumple condena por un asesinato; y otros, como Iván Moreno, el viudo de la fallecida inspectora Indira Ramos, que vive en un pueblecito, Villafranca de los Barros, y que forma parte de una subtrama que no interesa mucho, la verdad.
Sigue siendo novela piscinera para amortiguar las olas de calor. Y¿cómo se lee en las piscinas? Se lee y no se lee.
Jotadé habla por el móvil frente a la casa de sus padres, sin quitar ojo al Jonathan, un gitano de su quinta que revisa su Cadillac con una linterna en la boca y una vieja caja de herramientas a sus pies.
—Yo me encargo, tranquila—dice al teléfono—. Pero tú, por si acaso, procura no dejarte ver. Lo digo en serio, Lucía. No salgas de tu celda hasta que te vaya a visitar yo mañana, ¿vale? Intenta descansar.
Cuelga y va hacia el mecánico.
—¿Ya sabes lo que tiene?
—Más años que el hilo negro. ¿Por qué no lo cambias de una vez, primo?
—Porque no. ¿Lo puedes arreglar o no para que me den la pegatina?
—Una de dos: o sueltas cincuenta euros para que lo lleve a una ITV donde curra un colega mío, o le metes cuatrocientos para cambiar el carburador, que falta le hace.
—Hay una tercera: que me lo cambies tú por doscientos o hablo con unos colegas para que vayan a hacer una inspección a tu taller.

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