“El
loro de Flaubert” podría ser el Espíritu Santo, la tercera
persona de Dios. Pero lo que es seguro es que se trata de un libro de Julian Barnes.
Narra la
historia de un médico apasionado de la obra de Flaubert, que
emprende un viaje a las ciudades de Croisset y
Rouen en Francia,
en busca del verdadero loro
que inspiró el relato de “Un corazón simple”.
Y
digo “verdadero”, porque
aparecen
dos loros (disecados)
que se atribuyen tal mérito. A
pesar de que
el libro tiene apariencia de novela,
en realidad, tiene
más de
ensayo con
elementos metaliterarios y
biográficos de Flaubert.
Se
precisa una gran capacidad y
una técnica virtuosa para
escribir “esto”, irse de un tema a otro, sin que el lector se dé
cuenta de ello o se harte,
escribir sobre un loro disecado, polvoriento, que una vez estuvo en
el escritorio de Flaubert. El
lector tiene que tolerar tanta pedantería del autor
y la presencia obsesiva del loro y,
sin embargo,
sigue
leyendo. La razón es que
está muy bien escrito, con
una gran técnica y destreza,
es culto, irónico… es una
gran lectura.
“El
loro/escritor acepta con pusilanimidad el lenguaje como una cosa
recibida, imitativa e inerte. El propio Sartre reprendió a Flaubert
por su pasividad, por su creencia ( o por su colusión con la
creencia) en que on est parlé: nos hablan”
La
historia del loro aparece en
un relato corto “Un
coeur simple” . Una criada
pobre e inculta llamada “Felicité” sirve
toda su vida a la misma familia. Cuando mueren todos o sencillamente
se van y se olvidan de ella, sólo le queda un loro al que llama
Loulou. El día en que
el animal muere lo manda disecar. La reliquia la guarda en un altar
sustituyendo a la paloma del Espíritu Santo, pues, según
la pobre Felicité, el don de
las lenguas la tiene el loro y no la paloma.
Para
escribir este cuento Flaubert
se basó en una noticia
encontrada en la prensa
en el año 1863 y del
que podríamos decir
uno de los primeros
casos
therians
que se conoce. Un
hombre víctima de un desengaño amoroso se convierte en un
misántropo, viviendo únicamente con su loro. Al
cabo del tiempo, cuando
éste muere, el hombre empezó a creerse un loro.
A
partir
de ahí, el autor (Julian Barnes) hace un estudio sobre los loros en
la obra de Flaubert. Que si en “Salammbô”
los
traductores cartagineses llevaban un loro tatuado en el pecho, que si
en la “L’Éducation
sentimental”
aparece la percha de un loro, o que
en
“Saint Julien
l’hospitalier”
al cazador le resulta imposible matar a un grupo de loros. Y
lo hace con mérito, como
si de ello dependiera el realismo literario.
Vamos, que no es cosa baladí sino principal encontrar al verdadero
loro, disecado y
acaroso.
También
Barnes hace una aproximación al carácter de Flaubert. Vivía solo,
en compañía de sus padres, su hermana, los criados, el perro, y las
visitas regulares de sus amigos. Odiaba los ferrocarriles.
Sexualmente muy activo, nunca se casó, Louise Colet, fue su
confidente y amante, al igual que algunos hombres (le gustaba los
muchachos de las casas de baños). Sufría crisis epilépticas y
contrajo la sífilis. En un viaje a Egipto su amigo Du Camp le colocó
una tarjeta de visita entre las piedras de una pirámide. Pertenecía
a un vecino suyo, encerador de suelos. Flaubert la encontró y cayó
en la broma. Era un escritor al que la ironía y la forma le
apasionaban.
En
resumen, un libro genialmente escrito. Digresivo, interesante y
culto. Volveré a Barnes.
PD:
Las iglesias deberían sustituir el símbolo de la paloma por el del
loro a la hora de representar el Espíritu Santo.
Yo
me río de todo, incluso de lo que más amo.
El
artista, en mi opinión, es una monstruosidad, una cosa que escapa a
la naturaleza.
Pase
lo que pase—escribió Flaubert cuando estalló la guerra
franco-prusiana—seguiremos siendo unos estúpidos.
Flaubert
no creía en el progreso: especialmente en el progreso moral, que es
el único que importa.
El
mayor sueño de la democracia consiste en elevar al proletariado
hasta el nivel de estupidez de la burguesía.
De
acuerdo con mi ideal de Arte, creo que no hay que mostrar ninguna
idea propia. Y que el artista debe aparecer tan poco en su obra como
Dios en la naturaleza. ¡El hombre no es nada, la obra es todo!
Creía
en el estilo más que nadie. El estilo está en función del tema. No
se le puede imponer estilo al asunto, sino que debe surgir de él. El
estilo es la fidelidad al pensamiento.
En
el fondo de mi corazón estoy irremediablemente convencido de que mis
queridos prójimos, con unas pocas excepciones, son unos seres
despreciables.
Su
sistema preferido de gobierno era el chino, el mandarinazgo; pero
estaba perfectamente dispuesto a reconocer que las posibilidades de
que este sistema fuese introducido en Francia eran remotísimas.
La
democracia no es la última palabra de la humanidad, de la misma
manera que tampoco lo fueron la esclavitud, el feudalismo o la
monarquía. La mejor forma de gobierno, aseguraba, es la que ya ha
empezado a agonizar, porque significa que está cediéndole el paso a
otra forma.
Pero
quiero añadir otra consideración, la de esta increible debilidad de
carácter de mi cliente: no era partidario de que las personas se
matasen las unas a las otras. Podrá decir usted que era un
remilgado, pero la cuestión es que no lo aprobaba.
El
mayor acto de patriotismo consiste en decirle a tu patria que está
comportándose de forma deshonrosa, estúpida, malévola. El escritor
debe tener simpatías universales, y ser un proscrito por naturaleza:
sólo entonces puede ver las cosas con claridad.
Es
tan imposible imaginar una Idea sin Forma como una Forma sin Idea. En
arte todo depende de la ejecución: la historia de un piojo puede
ser más bella que la historia de Alejandro Magno.
Cuando
estaba en Croisset soñaba con la arena caliente y el reluciente
Nilo; cuando estaba en el Nilo soñaba en nieblas húmedas y el
reluciente Croisset. En realidad no le gustaba viajar. Le gustaba la
idea de los viajes, y también el recuerdo que dejan los viajes, pero
no el viaje en sí.
Una
vez dijo que para ser feliz había que cumplir tres requisitos
previos—ser estúpido, ser egoísta, y gozar de buena salud—y que
él no estaba seguro de cumplir más que el segundo.
El
desastre le encantó: en cinco minutos la Naturaleza había impuesto
de nuevo a las cosas el verdadero orden, tan diferente del breve y
ficticio orden que el hombre, con su característico engreimiento,
imagina haber creado. La gente está demasiado dispuesta a creer que
la función de sol consiste en ayudar a crecer las coles.
No
se puede cambiar a la humanidad, sólo conocerla.